Prefiero el 2 a 8

Necesitamos un cambio de ética y estructura social, de redistribución de poder y de privilegios.

18 de agosto 2020 , 09:25 p. m.

No se recuerda una derrota tan vergonzosa del Fútbol Club Barcelona como la que acaba de sufrir ante el Bayern de Múnich. No crean que soy partidario del Real Madrid. Cuando nací ya habían pasado los éxitos de mi papá desde que el Barça lo descubrió a los 16 años como un excelente centro medio y lo fichó. Tuvo que combinar los estudios con el fútbol. Con el Barça fue el primer campeón de la primera división, en 1928, cuando tenía 21 años, al lado del gran Samitier y el portero Platko, a quien Rafael Alberti le dedicó la famosa oda.

Así, de muy pequeño, yo jugaba poniéndome las camisetas del Barça y de la selección española, que mi papá había guardado. Pocos días antes de venir a Colombia, en 1949, mi papá me llevó al estadio de Les Corts, donde presencié con emoción el gol de cabeza de César, el centro delantero. El equipo salió campeón ese año.

Después, aquí en Bogotá, me tuve que limitar a seguir a la distancia, informado por periódicos, los resultados del Barça, sus subidas, sus caídas y sus resurgimientos. Esperamos años hasta que llegó el milagro de las transmisiones directas de los partidos. Pasamos del blanco y negro al ver su juego a todo color, los colores azulgrana. Emoción henchida.

Por esos hechos, y por muchos recuerdos más, no me puedo alegrar con la derrota del Barça. Sin embargo, prefiero ese resultado estrepitoso que no el de haber perdido con un resultadito mediocre, de esos que no crean alarmas ni conmueven el mundo.

Parece que ningún 2 a 8 nos conmueve, nos agita ni nos da conciencia.

La última derrota, de tales proporciones, demanda, tal como todo el mundo lo dice, una revisión absoluta de lo que el Barcelona ha hecho últimamente. Requiere una búsqueda de responsables y un revolcón dramático, total. Hoy no valen excusas. Esas solo traen pequeñas reformas. No es suficiente cambiar solamente la junta directiva del club; tampoco, cambiar únicamente al director técnico; de nada sirve que solo Messi deje su actitud egocéntrica, y menos aún remplazar a todos los jugadores. El espíritu del Barça reside en sus culés, sus seguidores. Esa esencia intangible es la que le permitirá resurgir de las cenizas.

Eso debe de funcionar para un club. Pero, no obstante las similitudes, no funciona para una sociedad. Cada cual, a lo suyo. No ha servido el principio anarquista de que para construir un mundo nuevo hay que arrasar el existente. Tampoco ha operado en nosotros aquel de que es necesario que se aceleren las contradicciones sociales para poder llegar a una revolución. Aquí no podemos caer en peor situación, y nada pasa.

Muchos colombianos no recuerdan nada peor. La lista de desastres puede ser larga y siempre será incompleta: tenemos una pandemia que no parece ceder ante la palabrería presidencial, las invocaciones al Señor Caído y a la Virgen de Chiquinquirá; tenemos un presidente que no respeta la separación de poderes, acude a EE. UU. para que influya en los jueces; hay masacres de líderes sociales y defensores de derechos humanos; el cuerpo político no puede haber caído en peores niveles de eficiencia; la corrupción se ha extendido como mancha de aceite, llega a todos los niveles, todos los sectores y todas las regiones; los contratos corruptos; gobierno mediocre; clases bajas y medias pasan por afugias; hay holgura e indiferencia en las clases altas; se perdieron lo ético, la solidaridad humana y el respeto a la vida; la cultura está desvalorizada; la educación es un desastre, no se enseña historia; el sistema de salud falla; siguen ‘paras’ y disidentes... etc.

Necesitamos un cambio de ética, normas y estructura social, de redistribución de poder, de privilegios y de bienestar. Pero parece que ningún 2 a 8 nos conmueve, nos agita ni nos da conciencia.

Carlos Castillo Cardona

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