Máscara contra virus

Máscara contra virus

La hipócrita moda ha hecho que las mascarillas sean la expresión de la superficialidad de la gente.

21 de julio 2020 , 09:25 p. m.

La ingenuidad nos hacía pensar que todos nos veríamos iguales si teníamos que usar el tapabocas que ayuda a evitar el coronavirus. La ventaja de la mascarilla o tapabocas es su utilidad para ocultar o disimular las diferencias. Escondidos, todos iguales. Era la oportunidad para que los seres humanos pasaran anónimamente por la vida, con discreción y modestia. Nada de eso. Hay seres humanos que buscan la diferencia, la segregación, la discriminación y la individualidad, solo para sentirse mejores, superiores e inigualables.

En los primeros días de la pandemia y el aislamiento, esos días que ya nos parecen tan lejanos, era muy difícil conseguir un tapabocas. En las droguerías, si se encontraban, las mascarillas normales valían una fortuna. Desesperaba pensar que unos cuantos vivos las estaban acaparando para especular con ella sin pensar en el riesgo que otros podríamos correr.

En ese caso, como tantos en Colombia, había obstáculos para que nos pudiéramos cubrir la nariz y la boca y parecernos iguales todos los seres humanos. Pero, rápidamente, guiados por la consabida voracidad económica, el espejismo de la ganancia, empezaron a aparecer productores industriales, semiindustriales y caseros de toda clase de tapabocas. Se multiplicaron los diseños para responder a la debilidad humana de tratar de ser distintos. La mal entendida individualidad. Otros, buscando el escondite, con o sin máscara, asaltan gentes en las calles y las esquinas. O contratando dolosamente.

Las mascarillas dejan destapados los ojos, las puertas del alma. Al mirar profundamente al interior de la gente, se hace evidente la ignorancia o la sabiduría, la corrupción o la honestidad.

Más original es la lucha libre de la máscara contra el pelo. Visibles o rapados.

La hipócrita moda ha hecho que las mascarillas no solo atiendan el problema de salud, también son la expresión de la superficialidad de la gente. Ya hemos visto el despliegue de fotografías de personajes y famosos que lucen la variedad de lo que les tapa nariz y boca, para pretender su vana distinción, exclusividad y superioridad. También está el esfuerzo por exacerbar valores plásticos a la plástica. Habrá exposiciones de ellas, diligenciadas por una promotora de arte comercial, hija de un expresidente que, como buen padre, se preocupa por conseguirles puestos a los hijos.

Con todo eso, se llega a ignorar o retroceder en lo que la humanidad ha logrado. La mascarilla reduce y envilece las máscaras indígenas americanas, asiáticas y africanas. Quienes las usan buscan representar a los dioses, seres y espíritus antiguos que incorporaban la sabiduría de los ancianos en la práctica de la medicina tradicional, de las normas éticas y del comportamiento solidario. Las mascarillas de moda, las diseñadas para destacar la individualidad, tampoco cubren la superficialidad de las personas que las usan. Las mascarillas dejan destapados los ojos, las puertas del alma. Al mirar profundamente al interior de la gente, se hace evidente la ignorancia o la sabiduría, la inteligencia o la tontería, la bordad o la maldad, la corrupción o la honestidad. Cuídense los políticos corruptos de no mostrar, si las tienen, las puertas de sus conciencias.

Que dijera: Pero en estos asuntos y medidas para protegernos del virus, también está el frecuente lavado de manos. El Gobierno debería pensar que, para que la norma sea aplicable, hay mucho que hacer e invertir. Eso de lavarse las manos tiene sus bemoles. Si estamos en la calle, va a ser difícil cumplir la norma. Todos sabemos que no hay baños públicos en el país. Hay que rogar para que nos presten un lavabo en un restaurante o en una tienda. Y si nos dan acceso, es muy probable que no haya jabón ni agua. Luego, a depender del gel.

Sobre la distancia social, no hay problema. Es mejor estar a mucha distancia de cierta gente. Dos y más metros no bastan.

Carlos Castillo Cardona

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