Empresas invasoras

Empresas invasoras

La invasión de esas empresas no es solo con mensajes que alteran nuestra vida privada.

28 de mayo 2019 , 07:00 p.m.

Hace pocos días, la Superintendencia de Industria y Comercio impuso multas por varios millones de pesos al Banco Falabella y la empresa de servicios Rappi por irrespetar los derechos de las personas, respecto a su información personal y al envío inadecuado de mensajes publicitarios.

No me extraña. Desde hace varios meses, como les debe de pasar a muchos conciudadanos, soy víctima del abuso de los mensajes publicitarios, no pedidos, de estas compañías, sus asociados y de otras más, que llegan a mi teléfono. No he podido bloquear esa invasión. Los mensajes no tienen gracia, son impositivos, ocurren a diario y varias veces al día.

Pero la invasión de esas empresas no es solo en los mensajes que alteran nuestra vida privada. Por ejemplo, Rappi, ha invadido la calle con ‘rappitenderos’ en bicicleta, es decir, mensajeros que atienden pedidos de una aplicación telefónica. Según una nota periodística de Caracol, en ese momento había más de 150.000 afiliados y 50.000 que permanecían activos en Bogotá. No lo dudo. Es una forma de explotación del trabajo de esos jóvenes, que no tienen una adecuada protección social. En Barcelona, hace pocos días, se produjo una huelga masiva de este tipo de trabajadores de una compañía similar a Rappi, llamada Glovo (sic), porque al morir uno de ellos, arrollado por un bus, quedó en evidencia la falta de protección de la empresa.

Los ‘rappitenderos’, oficio por el cual se conocen, presentan situaciones lamentables. Se reúnen en varios puntos de la ciudad para esperar las llamadas de pedido. Allí se los ve echados en el suelo, en condiciones poco higiénicas para alguien relacionado con alimentos, y tampoco es pulcra su presentación personal. Las cajas color naranja no son ejemplo de limpieza. En una ocasión pude ver a un ‘rappitendero’ que acomodaba dentro de la caja unos zapatos tenis al lado de la pizza. En otra oportunidad, la operación era la misma, pero con un suéter sucio. Es lamentable la ausencia de control de la Secretaría de Salud en estas operaciones que tienen que ver con el transporte de alimentos, así como de los que procesan arepas y otras comidas en las calles contaminadas.

Rappi, ha invadido la calle con ‘rappitenderos’ en bicicleta, es decir, mensajeros que atienden pedidos de una aplicación telefónica.

Pero el abuso e intromisión en nuestras vidas no termina ahí. Los ‘rappiciclistas’ se lanzan a toda velocidad, pues finalmente trabajan a destajo, para cumplir sus pedidos. Eso sería normal si tomaran calzadas y ciclovías, pero resulta aberrante el uso de los andenes, por donde asustan y apartan a todo peatón. A veces atropellan a alguno. No hay policía. Los mendigos venezolanos, los otros abandonados, los ven pasar. Estos locos de la cicla no llevan ninguna placa o número, ni en sus cajas ni en su indumentaria, lo que hace imposible poner una queja. Los administradores del negocio declararon que dan una instrucción al contratar a esos jóvenes. ¿Sí? Dicen tener seguro.

El Banco Falabella, específicamente sus empresas comerciales, me invade con mensajes. No sé de dónde sacarían mis datos. No creo que haya sido el día que me robaron el celular en un Home Center, cuando registré la queja en el formulario que decía: “El servicio, nuestra razón de ser”. No obstante todas las cámaras que vigilan sus mercancías, la respuesta fue decepcionante: “Los objetos personales son de control y responsabilidad de cada persona...”. Dos amigos me contaron que les robaron el celular en el mismo sitio.

Hoy hubiera podido escribir sobre cualquiera de los múltiples escándalos que conmueven este país. Pero decidí hacer mención de estos otros abusos que soportamos calladamente cada día. Es el tipo de capitalismo que tenemos. Los mensajes, después de la multa que recibieron, me siguen llegando. ¿Qué hacer?

Sal de la rutina

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