¿Dónde está Raskólnikov?

¿Dónde está Raskólnikov?

Esa ausencia de conciencia, de arrepentimiento y de entrega no solo es aplicable a los que matan.

29 de septiembre 2020 , 09:25 p. m.

¿Qué pasa con la conciencia, el remordimiento, la entrega y el castigo en nuestro país? A Dostoievski le hubiera quedado más difícil escribir su Crimen y castigo de haber vivido en Colombia. Famosa obra cuyo argumento es bien conocido. Su personaje central, Raskólnikov, asesina a una anciana prestamista. Está guiado por su situación de pobreza, pero sobre todo por creerse uno de los seres superiores que pueden disponer de la vida de los otros en beneficio de la sociedad. Los que no pertenecen a esa categoría son seres inferiores que deben cumplir las leyes. La anciana es una de ellos. Él la considera ruin y despreciable. Raskólnikov la asesina con un hacha. En el desarrollo de la novela, que se explaya en importantes reflexiones psicológicas, el personaje se atormenta con la culpa del acto que ha cometido. Termina dándose cuenta de que no es un ser superior y termina entregándose a la justicia, aunque no existan pruebas fehacientes de su delito.

Las obras maestras nos abren la mente. ¿Qué nos ha pasado? Al igual que el asesinato de Raskólnikov, las masacres, matanzas de jóvenes, líderes sociales, defensores de derechos humanos y trabajadores para la paz deben de ser sistemáticas, pensadas y planeadas. En cada una de ellas se esconde el principio de la superioridad del que siente tener el derecho de matar o mandar matar, porque cree que debe organizar o mantener a la sociedad de la manera que quiere o le conviene.

Es probable que, al contrario de Raskólnikov, no exista la conciencia en aquellos que plantean la estrategia de la muerte recurrente, los que la financian, los que la ordenan y ejecutan.

Es probable que, al contrario de Raskólnikov, no exista la conciencia, el sentimiento de culpa, en aquellos que plantean la estrategia de la muerte recurrente, los que la financian, los que la ordenan y los que la ejecutan. Claro que también existe el asesinato espontáneo, producto de la cultura de muerte y de la impunidad que se ha generado. La subcultura de la muerte, planeada o espontánea, ha venido a reforzarse, a consolidarse cuando las autoridades incumplen las sentencias, se niegan a reconocer los asesinatos que cometen miembros de sus propias instituciones. Esto refuerza tácitamente la subcultura del autoritarismo. Con la última burla hecha a la Corte, el ministro de Defensa parece dar patente de corso a los miembros de las Fuerzas Armadas para que cometan abusos y arbitrariedades.

Esa actitud de falsa superioridad, que arrasa vidas, está acompañada de la ausencia total de arrepentimiento. No existe la mala conciencia. No hay tormento interior por haber cometido el crimen. Mucho menos se hará confesión pública ni se mostrará arrepentimiento. No hay en el país quién se entregue a las autoridades de forma voluntaria sin que existan pruebas. Tampoco lo hacen con pruebas.

Pero esa ausencia de conciencia, de arrepentimiento, de expiación pública y de entrega no solo es aplicable a los que matan. Se aplica a delitos de todo tipo. La conciencia del bien y el mal ha desaparecido. No hay muestras de ella en los corruptos. No hay contratista doloso con el Estado que lo reconozca. No tiene conciencia el que destruyen el medio ambiente.

¿Qué conciencia tienen los publicistas, los que venden gato por liebre, los prestadores de caros y deficientes servicios públicos, comunicaciones y finanzas? El ánimo de lucro excede sus conciencias. Como los que dicen ser intermediarios de Dios y los ignorantes que dicen ser educadores de colegio o de universidades de garaje. Los que maltratan niños y mujeres. Todos ellos se sienten seres superiores. Los leguleyos protegen sus acciones. El irrespeto del Estado de derecho les da un salvoconducto.

Raskólnikov existe entre nosotros para hacer daño, pero nunca para preguntarse si hizo mal, nunca para arrepentirse y mucho menos para entregarse.

Nota: Esta es la última columna mía que aparece en este espacio. Me retiro para dedicar más tiempo a la literatura. Mil gracias a todos mis lectores por su constancia.

Carlos Castillo Cardona

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