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¿Rumbo a lo desconocido?

¿Rumbo a lo desconocido?

Nadie visualiza cómo será el mundo pospandemia y posguerra Rusia-Ucrania en seis meses o diez años.

Era imposible imaginar que de la crisis de la pandemia de covid-19 el mundo transitaría a otra, muy peligrosa, cuando aún no termina de recuperarse de la primera.

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Escribo esta columna al cumplirse dos semanas de la guerra en Ucrania. Los bombardeos rusos continúan, y ya llega a dos millones el número de ucranianos que han salido de su país. Las sanciones económicas continúan aislando a Rusia y su economía está en implosión. Pero Occidente también sufre sus efectos. El precio internacional del petróleo supera hoy 110 dólares –pero se ha acercado a 150 dólares por barril–, y los del maíz, el trigo y la cebada alcanzan nuevos picos. La inflación mundial, que se preveía transitoria, dependerá de la evolución de esta nueva crisis.

Si hace dos años se decía que la pandemia traería grandes cambios sociales y económicos, es claro que las acciones de Rusia socavaron un orden internacional que, no exento de tensiones, suponíamos estable y ahora irradia sus efectos económicos por todos los rincones del planeta. La incertidumbre con respecto al futuro inmediato, el cercano y el lejano es indescifrable. Nadie visualiza cómo será el mundo pospandemia y posguerra Rusia-Ucrania en seis meses, uno, cinco o diez años. El riesgo de una guerra nuclear existe. Estamos en camino hacia lo desconocido, que ojalá no sea un infierno.

Es el costo que debe pagar el mundo por defender la libertad, la autodeterminación de los pueblos, el orden y la paz. Por la lucha entre una “tiranía irredenta” y la democracia liberal.

Este conflicto ocurre tras treinta años en los cuales la globalización, la tecnología y las comunicaciones no solo nos expulsaron de las parroquias nacionales, sino que crearon una interdependencia económica imposible de reversar. El mundo necesita la energía y los cereales de Ucrania y de Rusia. Colombia incluida. Importamos, además, fertilizantes indispensables para nuestra propia producción agrícola. Claro, exportamos petróleo y estamos ya registrando una minibonanza, pero muchas economías no son viables cuando el petróleo supera los 100 dólares el barril y menos aún si llega, como lo proyectan algunos, a cotizarse por encima de 150 dólares. El estancamiento con inflación estaría a la vuelta de la esquina.

La disrupción en el abastecimiento de los productos básicos –la energía, los alimentos y las materias primas– y la elevación de sus precios, en el ambiente de alta inflación de la actualidad, van a empobrecer a la mayoría de los habitantes del planeta. Con mayor intensidad a quienes más sufrieron el rigor de la pandemia. Los inversionistas en las bolsas han visto descender su riqueza. El comercio y el turismo mundial van a resentirse. Además del choque de los precios, habrá el de la elevación de las tasas de interés internacionales.

Es el costo que debe pagar el mundo por defender la libertad, la autodeterminación de los pueblos, el orden y la paz. Por la lucha entre una “tiranía irredenta” y la democracia liberal. Europa y los Estados Unidos recuerdan el horror causado por un autócrata desquiciado durante la Segunda Guerra Mundial. De ahí que, como escribe Martin Wolf en el Financial Times, aunque todas las opciones para encarar a Rusia sean costosas, hay que seguir adelante.

La bonanza petrolera

La nueva crisis llega en un mal momento a Colombia. Con inflación de 8 por ciento anual y una campaña electoral por la presidencia en la cual los candidatos abundan en populismo, no faltarán los cantos de sirena para dilapidar los ingresos no esperados de la exportación de petróleo y rechazar la necesidad de una reforma tributaria. Se impone, sin embargo, la sensatez.

La junta del Banco de la República va a ser atacada por elevar las tasas de interés, como tiene que hacerlo. El desequilibrio macroeconómico es gigantesco y los recursos de la bonanza deben ahorrarse o destinarse al pago de la deuda externa. Nos esperan días muy difíciles.

CARLOS CABALLERO ARGÁEZ

(Lea todas las columnas de Carlos Caballero Argáez en EL TIEMPO, aquí)

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