Reflexión crítica

Reflexión crítica

Los dirigentes, públicos y privados, no pueden continuar ajenos a los problemas del territorio.

02 de agosto 2019 , 07:44 p.m.

Mi única hija es bióloga y profesora universitaria. Su especialidad es la genética molecular en mamíferos acuáticos. Estudia poblaciones de delfines, ballenas y manatíes. Está en contacto con una Colombia que poco conocemos en Bogotá y en las principales ciudades del país. Obviamente, es una ambientalista un tanto extrema, muy crítica del Gobierno central y de la clase política por su desidia frente al territorio.

Aprovechando el periodo intersemestral, la hija hizo un recorrido por tierra, con dos de sus estudiantes, para efectuar un monitoreo de poblaciones de manatíes en ríos, ciénagas y bahías marítimas de los departamentos de Santander, Bolívar y Córdoba. La idea era tomar muestras de agua para detectar trazas del material genético de estos animales, que están en vías de extinción. Estuvieron en Bocas del Carare, cerca de Puerto Berrío; posteriormente, en la ciénaga de Paredes, en Sabana de Torres, y siguieron a Cruz del Viso –en la ciénaga de Gambote, a dos horas de Cartagena–, a la bahía de Cispatá y a las ciénagas de Lorica y de Ayapel, en Córdoba. Para regresar a Bogotá atravesando el bajo Cauca y pernoctando en Medellín.

No puede ser que en Bogotá sigamos ignorando los pueblos y la biodiversidad

Un recorrido de 2.500 kilómetros a lo largo de los cuales, por fortuna, no tuvieron ningún contratiempo. Ni siquiera el pinchazo de una llanta. Eso a pesar del lamentable estado general de las vías y de la inconclusa Ruta del Sol. Un recorrido en el que contaron, en cada sitio, con la colaboración de las comunidades locales y de ONG ambientales que trabajan en estos lugares. Sus padres –que no dejamos de preocuparnos– pensamos que hace tres años, ese viaje no hubiera sido autorizado por la universidad por peligroso e inseguro.

Las impresiones dominantes de los viajeros fueron la belleza del paisaje, la maravilla de la biodiversidad y la enorme calidad humana de las personas con quienes trataron. Pero también se impactaron con la pobreza y la desigualdad que observaron a todo lo largo del recorrido. Si bien durante buena parte del camino atravesaron por fincas en donde se cultiva y se procesa palma de aceite, lo mismo que por zonas de explotación petrolera y carbonífera, se sorprendieron con el abandono de los pueblos y las extensiones enormes de tierra con ganadería extensiva de muy baja productividad. La inversión de las regalías no la vieron por ninguna parte. Los pueblos tienden a desaparecer por la falta de oportunidades educativas y de empleo para los jóvenes, quienes prefieren migrar antes de quedarse o de volver a sus lugares de origen.

* * * *

Es la radiografía de la Colombia rural, en donde no hay presencia del Estado. De ahí la dureza de la profesora universitaria bogotana en contra de las políticas y los políticos. En contra de los gobernantes y los funcionarios públicos en Bogotá y en las capitales de los departamentos. En contra de un modelo de desarrollo que no aprovecha la riqueza regional reflejada en su biodiversidad, sus recursos naturales y sus gentes. En contra de la falta de educación, de vías terciarias y de oportunidades de trabajo.
Aterrada por la ausencia de producción agrícola y la concentración de la propiedad de la tierra. Convencida de que la corrupción y el clientelismo imperan para mantener a los políticos en el poder. Y con la sensación de que los dineros públicos jamás se utilizan para mejorar el bienestar de las poblaciones.

Los dirigentes, públicos y privados, no pueden continuar ajenos a los problemas del territorio. No puede ser que en Bogotá sigamos ignorando los pueblos y la biodiversidad. En fin, no puede ser que dentro de tres meses se elijan nuevos alcaldes, gobernadores, concejales y diputados para que ‘todo cambie y todo siga igual’.

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