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El miedo a la inflación

El miedo a la inflación

La memoria de la hiperinflación estaba fresca. No estaría mal recordarla en estos días.

Mis primeros recuerdos de una inflación alta son de 1974, cuando en los meses iniciales del año en campaña por la Presidencia de la República, la variación de los precios al consumidor superó el 30 por ciento anual y se convirtió en tema de oposición al gobierno que terminaba su período y, obviamente, del debate electoral.

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Lo grave fue que tres años más tarde una extraordinaria bonanza cafetera, acompañada de una sequía, elevó el ritmo de la inflación en el segundo trimestre de 1977 a 43,5 por ciento anual (Coyuntura Económica, Fedesarrollo, noviembre de 1977). Por esos días le escuché a un viejo conocedor de los asuntos de la economía decir que Colombia le tenía pánico a la inflación y que cuando la cifra pasaba del 30 por ciento había que intervenir por todos los medios posibles para atajarla. Así se hizo: encaje marginal del 100 por ciento, revaluación real del peso, control de los arrendamientos, crédito a los agricultores, entre otras medidas. Y la inflación regresó a su rango de entre 20 y 25 por ciento, que habría de prolongarse hasta los años noventa.

La hiperinflación de la guerra de los Mil Días –112 por ciento anual entre 1898 y 1903– había generado en la memoria colectiva ese miedo, razón que explica en buen grado la ausencia de episodios de inflación desbordada en Colombia, como sí ocurrió en muchos países de América Latina durante el siglo XX.

Ahora deberíamos tenerle pánico a una inflación que no solamente se salga del rango fijado por el Banco de la República, sino que llegara a superar el 10 por ciento anual.

Haber mantenido la inflación en el rango entre 2 y 4 por ciento anual en las primeras dos décadas del nuevo siglo, con incrementos pasajeros por las inclemencias del clima –sequías e inundaciones– y los movimientos de la tasa de cambio –como el de 2015, cuando colapsó el precio internacional del petróleo– fue muy benéfico para todos los colombianos. Para los pobres, para las clases medias, para los ricos. Y para la democracia. Nos acostumbramos, además, a la inflación baja y estable.

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El miedo ahora, en la pospandemia y en medio de la inesperada y absurda guerra en Europa, que está generando una disrupción enorme en la oferta y el comercio de productos agrícolas, de fertilizantes y de energía en general, es perder la estabilidad en los precios que tanto esfuerzo costó lograr en Colombia. Casi que, como los viejos de hace 50 años, ahora deberíamos tenerle pánico a una inflación que no solamente se salga del rango fijado por el Banco de la República, sino que llegara a superar el 10 por ciento anual. Es algo que debería transmitirse a las generaciones más jóvenes, que no han sufrido los males de una inflación desbordada.

Las cifras de la inflación en marzo y su ritmo en los meses anteriores refuerzan la sensación de miedo. La perspectiva para el resto del año no es la mejor, puesto que se espera un pico en este mes y que solamente hacia finales del año el ritmo inflacionario comience a ceder. La política antiinflacionaria adquiere prioridad absoluta. El Banco de la República debe continuar ajustando la tasa de interés, y el Gobierno –el saliente y el entrante–, volcar su atención a la producción agrícola, descuidada desde hace muchos años. Es el momento de la emergencia para adoptar las medidas que reclama la agricultura; entre otras, la inversión en bienes públicos –distritos de riego y vías–, la seguridad jurídica, la reforma rural y la reducción permanente de los costos de las importaciones de insumos y alimentos.

Es que uno de esos problemas sin resolver, de los muchos que nos aquejan, es la falta de respuesta de la oferta de alimentos cuando la demanda agregada en la economía aumenta por una u otra razón. En 1926 fue necesario expedir una ley de emergencia para importar alimentos cuando los precios de la comida se dispararon por el alto crecimiento de la economía. La memoria de la hiperinflación estaba fresca. No estaría mal recordarla en estos días.

CARLOS CABALLERO ARGÁEZ

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