El consumidor político colombiano hoy

El consumidor político colombiano hoy

Está en un momento de sensibilidad en el cual le importa más tener la razón que entender la verdad.

01 de febrero 2019 , 07:31 p.m.

Es difícil encontrar hoy en día a alguien que se declare conservador o liberal, y más aún si tiene menos de 40 años, pero es curiosamente fácil encontrar a los que señalan a otros de ser de derecha o de izquierda, sin tener ningún fundamento en lo que se dice, reduciendo el debate de las ideologías políticas a que se es de derecha si se apoya la lucha armada contra el terrorismo y la insurgencia, y se es de izquierda si se quiere el fin del conflicto por medio de negociaciones, entre otras cosas.

La gente consume, por lo menos, bienes, servicios, creencias y política; nuestro consumidor de productos hoy es más dado a las promociones y los precios bajos, bajo la premisa de que lo que le venden es de una calidad suficiente y que como consumidor es más conocedor; la autodeclaración de fe por muchas de las religiones se ha reducido continuamente, causando una sociedad sin religión, pero no atea; en lo político, buscamos quien represente nuestras causas y propósitos, sin importar mucho su trayectoria, sino su capacidad de defender con fuerza estas creencias, así sepamos que es un lobo vestido de oveja.

En los tres ‘mercados’, las condiciones son las mismas: buscamos lo más barato, lo más sencillo, lo que menos nos comprometa, y nos indignamos continuamente porque ya estamos saturados del incumplimiento de lo que se nos ofrece.

En los datos sobre ideologías políticas, la confusión es clara. Históricamente, al preguntarles a los colombianos si son de izquierda o derecha, el resultado siempre es un centroderecha moderado, porque los que se dicen de ‘izquierda’ no se declaran tan extremos, y los que se autoproclaman de ‘derecha’ son moderados. En una escala de 1 a 10, el resultado casi siempre es cercano al 6,5, demostrando que nuestro centro está desviado porque la gente se aleja de la ‘izquierda’ guerrillera.

En cualquiera de los bandos, se clama por la condena de la otra parte, por sus errores del pasado, por sus posiciones contrarias y usando sofismas para confundir a los demás y argumentarse cómodamente. Las redes sociales son el espacio de debate donde cualquier persona puede opinar, llevando el debate político a una guerra sobre creencias y opiniones, y no de realidades y hechos, lo cual causa que, incluso, personas muy inteligentes se vean realmente idiotas en sus afirmaciones.

Hoy, los imaginarios políticos son tan ambiguos y las definiciones tan ausentes que cualquier cosa es de izquierda o de derecha según quien lo afirme primero, llevando al pensamiento político a ser un círculo y no una simple línea. Obviamente, de esto se aprovechan los malos políticos, que, al igual que los malos empresarios, saben sacar rédito de la manipulación del mercado usando la libertad del consumidor como su mejor arma de defensa: “Tú lo escogiste libremente”, dicen al final.

La ausencia de partidos políticos sólidos nos ha llevado al mismo problema que tiene la SIC, que, si bien puede condenar a quien le ha incumplido al consumidor, no tiene a quién hacerlo porque la anarquía de las comunicaciones y la anemia de los partidos hacen que sea casi imposible sancionar.

Así, el consumidor político colombiano está en un momento de alta sensibilidad en el cual le importa más tener la razón que entender la verdad, porque no está dispuesto a renunciar a su estatus ‘moral’, desde donde proclama su punto de vista de las cosas y condena a los demás; porque al demostrarle que está equivocado, se afectan su identidad misma, sus creencias y sus tuits, causando una ruptura tan grande en su vanidad que prefiere no aceptar argumentos e inmediatamente los considera una conspiración en su contra; el consumidor político ya actúa tan parecido a sus líderes que ellos mismos ya no tienen cómo controlarlo. Este es el origen de la polarización, y su propia condena.

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