Peregrinaje con sello de autor

Peregrinaje con sello de autor

Colombia cuenta también con varios centros de peregrinaje literario.

12 de noviembre 2019 , 07:00 p.m.

La historia de la literatura está llena de lugares que han determinado el devenir de este arte. Ya sean el escenario de las mejores novelas o ciudades y parajes que marcaron la inspiración de nuestro autor favorito, estos lugares se fijan en el imaginario del lector. Pero existen espacios aún un más especiales.

Los amantes de las letras somos gente extraña o, mejor, singular. La pasión por los libros puede llegar a determinar y a invadir cada aspecto de nuestras vidas. Y no son únicamente los miles de tomos que se apoderan de nuestra casa (un verdadero castigo para quienes no comparten este amor irracional), sino también las actitudes de nuestra vida cotidiana, como el turismo.

Sin duda somos diferentes a los demás. Nuestros viajes están determinados por el amor a la literatura. Librerías, bibliotecas e incluso tumbas de escritores se convierten en nuestros destinos turísticos. Pero son los lugares de residencia de aquellos autores los puntos de peregrinaje obligado para cualquiera que comparta esta pasión. El simple hecho de imaginarnos pisando el mismo suelo que en su día pisó Antonio Machado durante su estadía en la ciudad de Segovia nos parece un privilegio que pocos saben disfrutar. Aquella humilde residencia en la que se alojó el poeta durante sus años en esta ciudad española ahora funciona como casa museo y conserva, para delirio del bibliófilo, el mobiliario que usó el poeta, incluso su cama, y un amplio catálogo libros y documentos que fueron propiedad del mismo Machado.

No debería ser motivo de celebración que los lugares de residencia de los escritores se conserven como referentes intelectuales. Esto debería ser una obligación institucional

Lo mismo ocurre en Florencia, ciudad en la que abundan museos y monumentos. Alejada de la gran masa de turistas, el viajero literario encontrará la casa de Dante Alighieri, todo un privilegio para los amantes de la literatura medieval. Esta casa, que funciona como museo de historia y cultura toscana, cuenta con un espacio de exposición reservado a Dante y su obra, en especial a su Divina Comedia. Cerca de La Habana se encuentra un lugar especial para cualquier bibliófilo. La finca La Vigía fue la casa de Hemingway durante años, e incluso allí gestó ¿Por quién doblan las campanas? Debido a que el escritor hubo de abandonar la isla de manera repentina con intención de regresar en el menor tiempo posible, la casa se encuentra en las mismas condiciones en las que la abandonó el nobel. Al visitante no le costará imaginar a Hemingway aparecer de repente ante sus ojos.

En el pequeño pueblo manchego de La Torre de Juan Abad se encuentra la casa museo de Francisco de Quevedo. En esta localidad vivió el poeta cuando fue exiliado de la corte madrileña en condiciones aún sin aclarar. La casa donde pasó días de destierro es ahora una amplia exposición a la figura y la obra del poeta, además de contar con un amplio fondo editorial dedicado a Quevedo (muchos documentos autógrafos) de difícil acceso debido a la dificultad de llegar hasta dicha localidad.

Colombia cuenta también con varios centros de peregrinaje literario. Sin duda, Aracataca es el principal destino de turismo nacional para los bibliófilos. La casa natal del García Márquez es ahora una casa museo en su honor. Aparte de una amplia exposición dedicada a nuestro nobel de literatura, la casa también cuenta con un amplio catálogo bibliográfico de gran ayuda para los investigadores en la obra del autor. En Bogotá, la casa de Rufino José Cuervo, padre de la filología colombiana, es ahora la sede del Instituto Caro y Cuervo, dedicado a los estudios lingüísticos y literarios. Por otra parte, la hacienda donde pasó sus últimos días el poeta José Asunción Silva hubo de recorrer un largo camino hasta convertirse en la Casa de Poesía Silva, un centro de referencia nacional e internacional en estudios y publicaciones poéticas.

Lastimosamente, no todas las residencias de escritores comparten esta suerte. La casa de Quevedo en Madrid es ahora un bar. La morada de Kafka en el castillo de Praga funciona como tienda de recuerdos para turistas. El hogar natal de Miguel de Unamuno en Bilbao se encuentra en un estado lamentable, en contraposición a la casa museo del vasco en Salamanca. La morada de Vicente Aleixandre en la calle Velintonia de la capital española, lugar de encuentro de buena parte de la intelectualidad madrileña del siglo XX, sufre con estoicismo la desidia y el olvido de las instituciones, más preocupadas por arribismo pecuniario que por el devenir cultural de la ciudad.

No debería ser motivo de celebración que los lugares de residencia de los escritores se conserven como referentes intelectuales. Esto debería ser una obligación institucional y una preocupación real de una sociedad alarmada por la pérdida de su historia cultural.

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