Miguel Hernández o la hoguera de las vanidades

Miguel Hernández o la hoguera de las vanidades

Se busca adulterar la historia ocultando a quienes condenaron al poeta.

28 de junio 2019 , 07:17 p.m.

La Universidad de Alicante (España) ha accedido a modificar algunos de sus artículos sobre el poeta Miguel Hernández para satisfacer una denuncia personal que, de concretarse, sentaría un funesto precedente para la investigación histórica, literaria y periodística.

En una decisión sin precedentes, la Universidad de Alicante ha procedido a eliminar de varios artículos académicos el nombre de Antonio Luis Baena Tocón, alférez franquista que ejerció como secretario en el consejo de guerra celebrado contra el poeta republicano Miguel Hernández y que finalmente lo condenaría a muerte. Esta medida viene impulsada por la demanda instaurada por el hijo de dicho alférez, quien arguye el derecho de su padre al olvido digital alegando que no se trataba de una figura pública y que los estudios del profesor Juan Antonio Ríos Carratalá, catedrático de dicha universidad, falsean la imagen de su padre.

Los artículos en cuestión no tergiversan la imagen del alférez, ya que se limitan a reseñar su presencia en dicho tribunal, tampoco se aborda la vida privada del implicado, ya que se ciñe únicamente a documentar su papel de funcionario militar en el juicio, lo cual desacredita los argumentos del demandante. Aunque la universidad manifiesta que se trata de una medida temporal a la espera de una sentencia en firme, lo cierto es que dicha disposición resulta preocupante debido al nefasto precedente que establece.

Dicha decisión también influye en el panorama académico, ya que cuestiona los métodos y el rigor científico imperioso en los artículos universitarios, estableciendo una censura previa al estudioso

En primer lugar, se vulnera no solo el derecho a la libertad de expresión, sino también el derecho a la libertad de investigación y el acceso general al conocimiento y a la información, al tiempo que se busca adulterar la historia ocultando a quienes condenaron al poeta. Dicha decisión también influye en el panorama académico, ya que cuestiona los métodos y el rigor científico imperioso en los artículos universitarios, estableciendo una censura previa al estudioso y facilitando la impostura y la inexactitud al resultar imposible la cita de los responsables históricos, castigando así la tenacidad y la rigurosa labor divulgativa de quienes, como el profesor Ríos Carratalá, buscan investigar e informar. ¿Dónde quedan, entonces, los límites de la divulgación científica académica?

Parece ser que en esta nueva realidad distópica los descendientes de Savonarola ya no prefieren quemar libros, emulando la hoguera de las vanidades, algo que les parecerá anticuado (como la quema de manuscritos de Diego de Landa), propio de regímenes totalitarios (la quema de libros en Bebelplatz del nazismo) o, incluso, exclusivo de la ficción. Ya no se busca la quema pública, ahora se busca desestimar y frivolizar tanto a los libros como a la lectura y a la búsqueda del conocimiento.

“No hace falta quemar libros si el mundo empieza a llenarse de gente que no lee, que no aprende, que no sabe. [...] ¿quién, después de un tiempo, lo sabrá?, ¿o a quién le importará?”. De esta forma Ray Bradbury, maestro de la ciencia ficción, hablaba sobre el futuro, aunque se mostraba optimista, ya que no todo estaba perdido y “todavía estamos a tiempo si evaluamos adecuadamente y por igual a profesores, alumnos y padres, si hacemos de la calidad una responsabilidad compartida”. Esa calidad y esa responsabilidad investigativa y divulgativa, como también el compromiso con la verdad histórica, que está en riesgo por los intereses de unos pocos seducidos por el blanqueamiento del pasado y por un ente universitario que ha traicionado sus valores académicos cediendo a coerciones de terceros.

Aunque la pena de muerte de Miguel Hernández, firmada en 1940, fue finalmente conmutada por 30 años de prisión, el poeta moriría encarcelado en el año 1942, con tan solo 31 años, a consecuencia de la tuberculosis que se le había acrecentado por las malas condiciones del penal de Alicante donde estuvo encerrado. Quienes lo sentenciaron tienen nombre propio y este ha sido grabado a fuego en la memoria colectiva e histórica de la humanidad. De allí no puede borrarse. “Que mi voz suba a los montes / y baje a la tierra y truene, / eso pide mi garganta / desde ahora y desde siempre”.

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