Llamadme Melville

Llamadme Melville

Agosto será testigo del bicentenario del nacimiento de un maestro de las letras norteamericanas.

31 de julio 2019 , 07:00 p.m.

El 1.o de agosto de 1819, la ciudad de Nueva York era escenario del nacimiento de Herman Melville, el norteamericano por excelencia. No solo descendía de insignes bostonianos que lucharían por la independencia de las Trece Colonias sino que también se convertiría en el mejor conocedor de la idiosincrasia y la naturaleza del espíritu estadounidense. Dicha idiosincrasia, tan marcada por el ‘destino manifiesto’ y la expansión del territorio norteamericano, no ha encontrado un mejor expositor que la obra literaria de Melville. No es extraño, entonces, el revuelo que causa la celebración de su bicentenario.

No estamos ante un autor de academia, pero sí ante un escritor de raza. Aunque tuvo que abandonar su educación, en pro del bienestar económico de su familia, nunca pudo alejarse de sus pretensiones literarias. Dicho afán por su estabilidad monetaria lo impulsó a aventurarse en varios barcos mercantes y balleneros, formando parte incluso de un motín a bordo, en los que recorrería las islas y los mares del Pacífico sur. En estas experiencias encontraría la inspiración para sus dos primeras grandes obras literarias: ‘Typee’ (1846) y ‘Omoo’ (1847). Aunque en estas dos novelas aún encontramos a un autor inexperto, ambas gozaron de acogedora recepción que le reportaría una significativa fama al joven Melville, quien descubrió en el mar su lugar en el mundo y en la literatura su forma de eternidad.

Lejos de poder dedicarse plenamente a la escritura, gracias al éxito de ventas de sus dos novelas de turismo exótico, la suerte (o más bien los lectores) no tardaron en darle la espalda al genio literario. Aunque cosechó cierto éxito con sus siguientes novelas (‘Mardi’, ‘Chaqueta blanca’ y ‘Redburn’), nunca consiguió despertar el mismo interés del público estadounidense, más interesado en los edénicos paisajes polinesios que en la ardua supervivencia de los rudos marineros en altamar.

Herman Melville moriría en 1891 como los grandes genios incomprendidos: sin ver nunca reconocida y valorada su obra literaria. Tampoco su obra cumbre, una novela total

Nunca más volvería a saborear el triunfo literario. Aunque colaboraba en diversas publicaciones, Melville debía aceptar diversos trabajos como maestro, al tiempo que mantenía una extensa correspondencia con su vecino, nada más y nada menos que el mismísimo Nathaniel Hawthorne, maestro del romanticismo gótico y uno de los grandes nombres de la cultura literaria norteamericana. Precisamente durante esta etapa, Melville empieza a gestar su gran obra maestra: el inagotable ‘Moby Dick’. Al igual que Ahab, capitán de su novela, la gran ballena blanca se convertiría en la obsesión del autor. Aunque redactó en un tiempo récord el manuscrito de su obra magna, el perfeccionista Melville llevaba años documentándose sobre la ciencia cetácea hasta tal punto que su novela, de ficción, se presenta ante los ojos del lector descuidado como un verdadero manual sobre la complejidad de las ballenas.

La primera edición de ‘Moby Dick’ vio la luz en 1851, el mismo año en el que Hawthorne publicó ‘La casa de los siete tejados’. Melville estaba profundamente orgulloso de la que consideraba una de sus mejores obras y también estaba convencido que esta novela le devolvería el prestigio que había perdido. Había invertido demasiado esfuerzo y dedicación en la composición de su ballena blanca (a tal punto que su esposa temía por su salud) como para imaginar el fracaso que significó su publicación, algo que Melville jamás le perdonó a su público. Aunque siguió publicando diversos relatos cortos y novelas (como ‘Israel Potter’, ‘Pierre o las ambigüedades’ o su inmejorable ‘Bartleby’), Melville jamás gozó nuevamente de reconocimiento como escritor, y mucho menos como emblema cultural de unos Estados Unidos aún muy jóvenes. Herman Melville moriría en 1891 como los grandes genios incomprendidos: sin ver nunca reconocida y valorada su obra literaria. Tampoco su obra cumbre, una novela total.

‘Moby Dick’ solo sería redescubierta casi 30 años después, en los años 20 del siglo pasado, por una cultura norteamericana que hasta ese momento no había sido capaz de ver su propia individualidad reflejada en la incansable búsqueda del Pequod por el blanquecino cachalote. La crítica literaria del siglo XX no tardó en convertir la obra maestra de Melville en el monumento literario de la nación y de la cultura estadounidense, todo un honor para un autor paralelo a muchos otros nombres significativos de la literatura norteamericana, como Emerson, Poe, Dickinson, Whitman, Thoreau, Twain o Hawthorne.

¡Que la ballena blanca siga nadando!

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