La muerte viene bailando

La muerte viene bailando

No hay nada mejor que volver los ojos al arte del pasado y encontrar la fuerza para avanzar.

28 de abril 2020 , 07:40 p.m.

La pandemia azotaba el mundo conocido. Los confinamientos y las medidas sociales parecían no surtir efecto y mientras muchas ciudades quedaban desgastadas, tras el paso de la muerte, los sobrevivientes huían, vaciando pueblos y propagando la enfermedad. Las medidas gubernamentales fueron insuficientes y las insurrecciones sociales no se hicieron esperar. Era difícil volver a confiar en guías políticos. Aproximadamente un tercio de la población murió por aquella epidemia. No hablamos de la actualidad, sino de la peste negra que azotó al planeta en el siglo XIV. Parece que las cosas no han cambiado en casi seis siglos.

Aquella sociedad medieval, aunque desgastada por los constantes ataques de la peste e invadida por el temor religioso del juicio final y el pesimismo por la profunda crisis social y económica causada por la epidemia, encontró una delicada fascinación en la figura constante de la muerte, igualadora y democrática, convirtiéndola en un tópico literario del medioevo. En una sociedad de difícil movilidad social, la muerte era un ente equiparador, algo impensable en la mentalidad de la época. Esta fascinación caló hondo en el imaginario social y no tardaron en aparecer la primeras representaciones artísticas del tema, entre ellas las danzas de la muerte, un género literario poético en el que la Muerte convida con su baile a que varios personajes la sigan en su camino.

Desde el humilde labriego hasta el soberbio papa o el regio emperador, todos los personajes invitados a la danza macabra se resisten a acompañar a la Muerte, a quien finalmente terminan siguiendo entre lamentos y sollozos. Estas quejas reflejaban un cambio de paradigma medieval, donde la muerte ya no era una liberación de “este valle de lágrimas”, sino el fin de una existencia amena y deleitable.

Estas ‘danzas’ fueron un género cultivado en toda la geografía europea, aunque sin duda la versión española, recogida en un único manuscrito conservado en la biblioteca del monasterio del Escorial, es superior a sus hermanas francesas, alemanas y británicas debido a sus influencias cultas y por su particular realismo. Aunque de fecha imprecisa, esta versión española de la danza de la muerte suele datarse a mediados del siglo XV, lo que demuestra que se trata de un género de largo recorrido y gran aceptación popular, sin duda por el carácter democrático de la figura Muerte. La fascinación por estas danzas es también consecuencia de una nueva actitud ante la vida y el fallecimiento; un cambio de paradigma espiritual y social causado por la peste y que sacudiría los estamentos sociales que inexorablemente consolidarían finalmente el Renacimiento.

La danza de la muerte nos alerta, aun hoy, sobre la fugacidad de la vida y lo efímero de los placeres terrenales, algo que parece haber sido olvidado con el paso de los años. La humanidad medieval superó los efectos de la pandemia y de las crisis religiosas, sociales y políticas causadas por la peste negra y salió de ella reforzada. Aunque vivamos en una época profundamente ególatra y creamos que no tenemos nada que aprender del pasado, siempre es bueno volver los ojos atrás para sacar fuerzas y comprender que la Muerte, así como llegó, también se alejará bailando. En tiempos de coronavirus se hace aún más necesario volver al pasado para encontrar el camino hacia el futuro.

Parece que no todo terminará con el control de la pandemia. Se avecinan tiempos convulsos y la crisis social y económica no será fácil. También allí debemos recordar la ‘danza’ y su carácter igualitario, como lo afirma Sabas Martín en su Ensayo general que acompaña la magnífica edición de 'La danza general de la muerte' editada por Miraguano: “Quiero incidir en ese sentido igualitario, en esa concepción gozosa de la vida, precisamente ahora, en nuestro tiempo, cuando, como todos sabemos, hay quienes hacen de la vida un gesto de brutal intolerancia, un acto excluyente por el que niegan su derecho a la dignidad a quienes tachan de diferentes, ajenos, extraños, extranjeros...Y reniegan de ellos, los apartan, escudándose en no sé qué prerrogativas de superioridad económica, cultural, de raza y tonterías parecidas”. Ahora también es útil aprender del pasado para salir de esta pandemia nuevamente reforzados.

Camilo Goelkel

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