La belleza de la palabra impresa

La belleza de la palabra impresa

Una celebración al vuelo de un papel.

30 de abril 2019 , 07:00 p.m.

El pasado 23 de abril, el mundo conmemoró el Día Internacional del Libro, una fecha especial para cualquier amante de las letras. Este día no solo se recuerda por el nacimiento y muerte de Shakespeare, el deceso del inca Garcilaso de la Vega y del poeta inglés Wordsworth, sino también el fallecimiento del gran ingenio de las letras hispánicas: Miguel de Cervantes, en 1616.

Sin duda, no existe ninguna otra fecha más especial para los amantes del mundo impreso, quienes dedican este día a homenajear tanto el placer de la lectura como al libro. Este fetiche singular, conductor de conocimiento y entretenimiento, no siempre fue un objeto de culto para sabios y eruditos. El propio Sócrates, padre de la filosofía de Occidente, renegaba de la escritura acusándola de ser la causante de olvidos y alegando que la lectura se trata de una actividad solitaria que no fomenta el conocimiento colectivo. Gracias a su discípulo, Platón, podemos conocer el pensamiento del gran sabio griego.

La cultura escrita ha sido siempre un método de cohesión social para los diferentes pueblos, los cuales han encontrado en ella la manera más eficiente de plasmar su propia identidad cultural y fijarla para la posteridad. En busca de esta eternidad de lo escrito, los primeros grupos humanos que hicieron uso de la escritura encontraron en la fortaleza de la piedra el soporte ideal que les garantizara la ilusión de lo imperecedero. No es casualidad que en piedra o tablas de arcilla encontremos algunos de los primeros testimonios escritos de la humanidad, en busca de fijar los preceptos sociales y religiosos, como el Himno a Ninkasi (1800 a. C.), el Código de Hammurabi (1750 a. C.) o las bíblicas tablillas de los Diez Mandamientos.

Conscientes de que en la palabra escrita se hallaba el poder del conocimiento, estas sociedades buscaron materiales menos firmes, más maleables y de mayor capacidad para la escritura, algo que encontraron en la madera, hojas de diversos árboles o los rollos de papiro, soporte por excelencia de la escritura del antiguo Egipto, en donde hallamos, por fin, una unidad integral de contenido y no un simple popurrí de escritos de diversa índole en un mismo espacio. Los rollos de papiro se fijaron también en la cultura europea como sostén de la escritura hasta la llegada del pergamino, un material más perdurable que el papiro.

El pergamino, obtenido de la piel de animales como corderos u ovejas, era un elemento costoso y de elaboración lenta, por lo cual su uso como material por excelencia para la escritura se debió a los avances bibliográficos que este permitía. Se trataba de un soporte voluble que permitía su elaboración en formas hegemónicas, lo cual dio paso al códice o el formato del libro tal como lo conocemos actualmente. La escritura en este material resultaba muchos más cómoda, segura y, así mismo, permitía borrar el texto ya escrito, una característica única que ayudó a su prevalencia durante gran parte de la Edad Media y que nos ha dejado gran número de palimpsestos: pergaminos reutilizados en los cuales puede leerse varios textos sobrepuestos, sin duda una de las grandes extrañezas de la bibliografía universal.

El traslado a un material más barato, como el papel, influyó en un mayor número de libros; pero sería la llegada de la imprenta de tipos móviles el avance tecnológico definitivo que permitiría la impresión rápida y abundante de textos, masificando así la lectura y haciendo accesible el libro material a un nuevo público ansioso por explorar los placeres de la lectura. Esos mismos encantos que ahora, en la Feria del Libro de Bogotá, el mundo de la cultura se une para homenajear. La historia no ha terminado, aún queda libro para rato.

*Doctor en Literatura Española y máster en Estudios Medievales de la Universidad Complutense de Madrid.

Sal de la rutina

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