El nuevo ideal de la delgadez: la salud

El nuevo ideal de la delgadez: la salud

Existen innumerables casos de personas que pelean una guerra "subclínica" con la comida.

13 de agosto 2020 , 04:15 p. m.

Ana María, una de las participantes del taller de mujeres, habló sobre su búsqueda de la salud perfecta. “Es la nueva manera de crear otra versión idealizada de uno mismo”, me dijo mientras reflexionaba sobre su previo régimen alimenticio. A ella le prohibieron el gluten, los lácteos, la carne de cerdo, los carbohidratos simples (papas, yuca, maíz), el azúcar. Aplicadamente, restringió comidas que adoraba porque la meta valía la pena: la salud absoluta, la energía rebosante que permite todo. Sin embargo, de su proyecto de la salud salió cansada y con la sensación de no saber cómo acercarse en son de paz a su plato; ella generó un miedo a la comida y una constante lucha entre lo que quería comer, lo que “debía” comer y lo que terminaba comiendo.

Como investigadora y coach de mujeres que pelean con la comida, mi trabajo ha sido aprender en qué consiste una relación verdaderamente sana con el alimento, una que comprenda los dos pilares de la competencia al comer: la capacidad de disfrutarlo y la confianza básica en nosotros mismos frente a la comida, es decir, contar con suficiente autorregulación para enfrentar en calma las fluctuantes situaciones relacionadas al alimento. (Ellyn Satter, 'Eating Competence Model')

Las mujeres con las que trabajo no se sienten competentes o adecuadas comiendo, aun cuando recitan al detalle una lista de comidas “saludables” y “no saludables”. Ellas tienen expectativas rígidas de como “deberían” comer, lo cual las aleja de una sensación de competencia o de regulación con la comida. Se agarran con las uñas de una mal entendida fuerza de voluntad que inevitablemente cede ante la compulsión, ante la dura realidad de no saber cómo parar de comer. Su compulsión no radica en el alimento en sí, en el azúcar, en el postre, sino en una cultura que enseña la desconfianza en el cuerpo, que cataloga alimentos como “buenos” y “malos”, que corta el vínculo innato e intuitivo que nos ayuda a navegar el universo de la comida.

Los desórdenes alimenticios se han duplicado del periodo del año 2000 al 2018. Inclusive, Linda Bacon, Ph. D., fundadora del movimiento Salud en todas las tallas, compara la incidencia de diabetes tipo 2 en niños, que es prácticamente inexistente en menores de diez años, y los desórdenes alimenticios. Según la investigación de Bacon y estudios publicados por el 'Jornal de la Academia Americana de Siquiatría Infantil y Adolescente en el 2010', un niño tiene 242 más probabilidades de desarrollar un desorden alimenticio que diabetes tipo 2.

Y existen innumerables casos de personas que pelean una guerra “subclínica” y sin diagnostico con la comida, que luchan diariamente porque comer es un calvario, porque no saben cómo no vigilarse, cómo no monitorearse a cada bocado. De la investigación sobre factores de riesgo para el desarrollo de desórdenes alimenticios sabemos que una principal causa es el deseo de alcanzar un ideal de delgadez. De este ideal surge un deseo por manipular la comida, pero ahora el ideal se transforma, ya no perseguimos la delgadez; ahora trabajamos duramente por otro molde: uno de la salud.

¿Quién podría juzgar a alguien por querer sentirse bien, lo mejor posible, por activamente procurarse esa rebosante energía y vitalidad, esa sensación de que todo está bien? Sin embargo, para mucha gente esta búsqueda de la salud es la nueva cumbre, tal vez más empinada, y del esfuerzo de alcanzarla solo queda un distanciamiento del cuerpo y una sensación de fracaso que no cede. De hecho, en un desorden como la ortorexia, en el cual la persona busca perfección y salud completa en cada bocado, hay todavía un anhelo de delgadez en el trasfondo. No es fácil saber qué es qué cuando se persigue un ideal.

Ahora bien, el lenguaje ya no incluye calorías o alimentos light o bajos en grasa. Ahora dicen: vamos a comer limpio, puro, virtuoso, funcional. Así habla la cultura y llega a nuevas audiencias. Por ejemplo, hombres que jamás habían restringido empiezan a hacerlo. El lenguaje importa: lo funcional, el alto rendimiento, la productividad del cuerpo son promesas que atraen porque han sabido adaptarse a los tiempos. Ya no es suficiente hablar de delgadez. Consecuentemente, hay mares de información sobre ayunos y dietas restrictivas que prometen salud perfecta.

Pero el nuevo lenguaje de la salud es más de lo otro. Es un 'salutismo' que medicaliza el vínculo con el alimento, al cual transforma en una sustancia nutritiva conducente (o no conducente) a la salud. Es el mismo acercamiento binario y absoluto que divide la comida en alimentos “saludables” y “no saludables” (antes comidas que engordan y no engordan). El discurso genera la falsa expectativa de que “deberíamos” poder racionalizar nuestra manera de comer, que “deberíamos” poder elegir cómo comer según las instrucciones de algún gurú o influenciador de paso.

Pero elegir cómo comer se llama autorregulación, viene instalada en el cuerpo, y se
pierde cuando empezamos a restringir (con ayunos o dietas o dietas que se llaman
“estilo de vida”), cuando empezamos a comer menos de lo que necesitamos comer o nos llenamos de juicios y tensiones frente a la comida. Muy adecuadamente, el cuerpo con hambre reaccionará con alarmas de hambruna y la compulsión tomará el mando. Estos procesos están fuera de nuestro control consciente y no hay fuerza de voluntad que aguante la potencia a millones de años de evolución que diseñaron cuerpos humanos que no cooperan con la pérdida de peso.

Un vínculo sano con el alimento incluye nuestra capacidad de confiar en la comida, como dice la periodista del 'New York Times' Virginia Soles-Smith. Incluye darles neutralidad a todos los alimentos (sí, a las papas fritas y al helado). Encontrar la neutralidad es el trabajo profundo de cada persona que ha pasado (como yo) por un desorden alimenticio; nosotros sabemos el precio de las etiquetas, el caos que generan frente al plato.

Un vínculo sereno incluye el hecho de que la comida se diseñó biológicamente para ser disfrutada, sentida; el placer reafirma la vida, y poder acceder en calma al deleite de la comida hace parte de los procesos de autorregulación. Será imposible entregarse al placer o quedar verdaderamente satisfechos con nuestro plato, si estamos vigilando no quebrar alguna de las 30 reglas con la comida o si generamos episodios de culpa y vergüenza con cada presunta “transgresión” alimentaria.

Comer saludablemente no es un ideal. No hay perfección en la manera de comer. No hay perfección en la salud. Cada persona buscará su camino, pero posiblemente no sea un trayecto lineal o ideal, sino más bien el revoltijo de paradojas, sensaciones y emociones que es la vida misma. Además, creer que la ensalada o el ayuno o la dieta cetogénica son la respuesta final al acertijo de la salud no tiene en cuenta el profundo impacto de los determinantes sociales de la salud, los cuales tienen más injerencia en cómo nos sentimos que cualquier otra variable.

Hace poco hablaba en un pódcast sobre lo funcional como la meta. Discutía con mi amiga Juliana, que es Ph. D. en antropología de la comida, que los mensajes que hoy nos venden sobre el comer “correcto” parecen abstracciones desprovistas de toda sustancia. Esta conversación me acuerda del filósofo Byung-Chul Han, autor de la 'Sociedad del cansancio', que habla sobre la presunta libertad del individuo en el modelo neoliberal. El individuo se cree libre, pero no es; es un esclavo de su propio rendimiento y productividad, del proyecto de eterno automejoramiento que lo coacciona y agota al límite.

Así mismo, lo funcional no se para solo. El cuerpo-máquina no existe. Esa lógica cartesiana solo genera más de los mismos problemas. No perdamos el vínculo con la comida, tan sutil y emocional, lleno de paradojas y de aprendizajes, que siendo así es sabio y sano, sin la necesidad de meterlo en moldes y expectativas rígidas porque no existe la más mínima evidencia de que tanta funcionalidad funcione.

Camila Serna@francamaravilla

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