Entre el populismo y la responsabilidad

Entre el populismo y la responsabilidad

El Congreso está en su capacidad de ejercer sin responder a incentivos clientelistas, o ‘mermelada’.

22 de junio 2019 , 11:15 p.m.

Este es el principal dilema que enfrentan algunos congresistas frente a un gobierno que ha decidido romper las prácticas que toda la sociedad ha criticado durante los últimos años. Si alguna promesa de campaña tuvo acogida entre los colombianos, fue la del candidato Iván Duque cuando prometió cambiar la relación del Ejecutivo con el Congreso, basándose en discusiones sobre los temas relevantes para el país, en forma transparente, en la búsqueda del bienestar general y la independencia de poderes.

¿Estará el Congreso a la altura de este desafío? ¿O buscará demostrar que tiene la fuerza para tomar decisiones que le sirvan en lo electoral, sin importar sus consecuencias, al tiempo que se afecten el país y la capacidad del Gobierno de hacer nuevas propuestas y reformas estructurales necesarias en estos tiempos?

Somos una democracia representativa, y como ciudadanos tenemos la responsabilidad y la oportunidad de aportar y exigir cambios trascendentales. Sin embargo, no ejercemos nuestra ciudadanía con responsabilidad: ¿elegimos con conciencia? ¿Exigimos transparencia? ¿Castigamos en las urnas cuando actúan mal?

El Congreso está a prueba en muchos sentidos, especialmente en su capacidad de dar debates con responsabilidad y, por supuesto, en su capacidad de ejercer sin responder a incentivos clientelistas, o ‘mermelada’. Los ciudadanos también estamos a prueba: nosotros los elegimos.

Por ejemplo, debemos exigir respeto con el país en sus debates. Hacerles entender que ninguno de ellos es por derecho propio congresista y que, por lo tanto, está allí solo para atender los intereses comunes.

El Congreso no tiene la obligación de convertirse en una corte de elogios para el Gobierno, ni siquiera el partido de gobierno la tiene. En cambio, sí debe estudiar todas las propuestas que le sean presentadas para el beneficio del país, con juicio, profundidad y responsabilidad. Obligación, incluso, de los partidos que se declaren en la oposición.

Ya lo decía James Robinson, autor de ‘¿Por qué fracasan las naciones?’, en un foro de la Andi el año pasado: son muchos los retos que tiene Colombia, pero, sin duda, el más importante y complejo es superar el clientelismo como regla general del funcionamiento de la política. ¿Pero la ausencia de clientelismo nos condenará al caos?

La forma como se dio el trámite del Plan Nacional de Desarrollo (PND), que casi se hunde en primer debate; el de la llamada ‘prima para canasta familiar’, cuyos efectos en desempleo, informalidad y competitividad son imposibles de ignorar, o el de la ley anticorrupción nos dejan un muy mal sabor: vimos un Congreso que tramitaba intereses particulares, ignorando la constitucionalidad o la sostenibilidad de sus decisiones, o el clamor de un país que no soporta más corrupción. Lo vimos tomando decisiones que sustituyen claramente las competencias del Poder Ejecutivo, ampliamente advertidas, y vimos también a congresistas que retaban al Gobierno a tomar decisiones administrativas “o de lo contrario serían incluidas en el PND”.

El populismo parlamentario, entendido como la promulgación de leyes que dan votos, sin importar las consecuencias o la sostenibilidad de las decisiones, es una gran amenaza para cualquier sociedad. No solo engaña a quienes pretenden favorecer, por ser decisiones insostenibles y con información parcial o manipulada, sino que, por lo mismo, es irresponsable.

Esta última legislatura levanta muchas alertas. ¿Será esta la regla hacia el futuro? ¿Estamos ‘ad portas’ de un periodo de populismo como estrategia generalizada? Si es así, llevaríamos la democracia y la sociedad por un camino muy peligroso y de difícil retorno. ¿Podrá un alto en el camino alrededor de un pacto político nacional salvarnos de ello?

BRUCE MAC MASTER
En Twitter: @BruceMacMaster

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