Tocarnos...

Ahora por cada ciudadano hay un fantasma que me persigue. Yo debo correr para que no me toque.

12 de junio 2020 , 09:25 p. m.

La gente se está rebelando en las ciudades; quieren salir, abrazarse, tocarse. En Europa, el fin de cuarentenas ha correspondido con la llegada de la primavera, y el sol saca a la calle. En París, la torre Eiffel se vistió de colores y de música francesa; en Italia, aviones de combate salieron con chorros de colores de su bandera y pasaron por cada ciudad saludándola; en España se hizo viral un video de una jovencita que, hastiada del “encierro con 70 días sin follar”, anuncia al novio su visita: ¡Salud!

Durante el encierro, el sentido que más ha extrañado la gente es el tacto: han oído, visto, mirado y saboreado quizá mucho, pero no han tocado ni los han tocado, a no ser en familia. Se considera que los sentidos a distancia, oído y vista, son los más propios y poderosos para crear el gran arte, la pintura o la música; en cambio, los olores o el tacto serían inferiores, son de contacto de cuerpo. Pero al no poder ejercerlos se desean con locura; se abre el agujero de la desprotección. El cuerpo acariciado del bebé, al carecer todavía de voz y de lengua, es nada menos que el primer encuentro con otro: es su origen memorial. En muchas maneras se sale para sentir y recoger abrigo; el espacio público será el intento de crear mundo en común con todos los sentidos actuando.

Pero el miedo sale con nosotros. La mixofilia, que era el principal atractivo de la vida urbana, se transforma en mixofobia: miedo al otro. No solo vemos al otro enmascarado, sino a dos metros de distancia social; no es la amenaza la que provoca el miedo, sino el miedo el que provoca la amenaza, recuerda Isabella Prezzini. Tanto miedo y tanta prevención están llevando a los ciudadanos a salir y asumir la infección. Uno por otro.

Hoy como nunca estamos conectados, pero la paradoja es que no nos podemos tocar. La pandemia la vivimos como espectadores, gran parte de ella la conocemos por los medios, en especial los audiovisuales, pero estos padecen una extraña atracción por escenificar miedos y se han encontrado en este virus el mayor miedo de todos los miedos: la muerte, imaginada a diario. Elegir entre los miedos de los medios y el de la calle es una decisión que parece resuelta. El mundo desde la pantalla y la ventana parece, al menos por un tiempo, llegar a su fin. La calle nos llama de nuevo, pero una calle incierta. No es la calle que habíamos dejado, ahora por cada ciudadano hay un fantasma que me persigue, y yo corro para que no me toque.

Armando Silva
ciudadesimaginadas@gmail.com

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