Palabra de mujer

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El el filme, la tradición wayú se ve enfrentada a la utopía del dinero fácil que da la droga.

25 de agosto 2018 , 09:24 a.m.

'Pájaros de verano' resume una tragedia nacional contada en varias claves cinematográficas: suspenso, acción, wéstern y documental. Ciro Guerra y Cristina Gallego han comprendido no solo el trasfondo cultural de sus filmes, sino a un “público nacionalista” que quiere emociones y disfrutar relatos que lo hagan sentir que son de verdad.

En este filme, sus directores privilegian el territorio, no lo ven como un espacio bidimensional que puede abstraerse en un mapa de un desierto, el mar y las rancherías, sino que va apareciendo como un lugar multidimensional de proximidad, consenso y conflicto, de hegemonías y traiciones. Llama la atención cómo se viaja de lo doméstico, las familias, los ritos del lugar, al campo político, en el que se toman decisiones públicas ante una nueva irrupción, eje del relato: la llegada invasora de la marimba a La Guajira. Esta relación de cultura ancestral de pocos recursos económicos –lejana del país nacional–, pero llena de ricas tradiciones en danzas, comidas, dotes, se ve confrontada por la consecuencia inevitable: el dinero de las mafias en la misma comunidad.

Ciro Guerra y Cristina Gallego han comprendido no solo el trasfondo cultural de sus filmes, sino a un “público nacionalista” que quiere emociones.

La tradición wayú se verá entonces enfrentada a la utopía del dinero fácil y rápido que da la droga. Lo que le pasa a La Guajira le ocurre a Colombia en las décadas de los 70 y 80, solo que este episodio no se había contado en esta forma. Medellín y su cartel han absorbido buena parte de esta negra historia nacional, pero dentro de un género narco, invención colombo-mexicana agotada en su vulgaridad y repetición, que hizo héroes a figuras como Escobar hasta llevarlo al nefasto altar de la pura acción y violencia: Netflix.

En 'Pájaros de verano', la cultura, al contrario, es el trasfondo, y las desgracias que le suceden al clan de la familia Pushaina le ocurren a su comunidad. Es acá donde sus directores se la juegan con la mujer como centro del acontecer que resguarda la tradición. Zaida, la bella y joven bailarina, en conflicto con su compra, por la cual se pagará una dote, y Úrsula, su madre, poseedora de calma y sabiduría. Ambas con excelente actuación, reemplazan en poder y protagonismo al palabrero, la autoridad de la comunidad. Los directores favorecieron un enfoque multifocal, de tal suerte que la violencia no es la de los narcos, sino los avatares que vive una sociedad que se debate para no sucumbir.

Nota: reconocimiento a la U. N. por estos dos buenos creadores que gestó.

ARMANDO SILVA

Columnistas

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