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¿Nos vemos?

¿Nos vemos?

¿Qué puesto ha ocupado la necesidad de ver al otro en los encierros de la pandemia?

09 de abril 2021 , 09:25 p. m.

Si hay un misterio en el cuerpo humano es la vista, con ella aprendemos a ver el mundo y poco a poco pasó a ser sinónimo de entenderlo. Pero cuando nacemos no vemos, exceptuando algunos rayos de luz. La fase del espejo constata (Lacan) que solo alrededor de los 8 meses, cuando empieza el lenguaje articulado, el infante puede verse, y lo fascinante es que podrá reconocerse en el espejo cuando ve a otro que no es él, lo que ya marca la naturaleza social de la mirada y el inicio del deseo de ver. Si los sentidos se agudizan ante la abstinencia del deseo, me he preguntado: ¿qué puesto ha ocupado la necesidad de ver al otro en los encierros de la pandemia?

En una investigación que adelanto (Unal) sobre los encierros ciudadanos durante el covid-19 compilando modos de representación de los ciudadanos, ha salido a flote que el mayor deseo durante el encierro era abrazar a seres queridos. En encuestas se ha encontrado poco anhelo de ver, mientras mucho que se quiera tocar. ¿Acaso el deseo de ver está, en parte, satisfecho por la conectividad digital? Las plataformas tipo Zoom permiten estarnos viendo, pero no tocarnos ni olernos: nos vemos, pero falta cuerpo. En la lista de las nostalgias aparecen deseos expresos como: “besar a mi novia”, “oler a mi abuela”, “tocar a mis amigos”, “sonar las copas”. El ver se infiere, pero no se pronuncia de modo explícito.

El ver conlleva una inscripción profunda en nuestra memoria y cerebro. En estos días santos se recordaba que Dios creó al humano “a su imagen y semejanza”, pero si Dios es invisible, ¿de qué semejanza se habla? ¿Será al contrario? ¿Creamos a Dios a nuestra imagen? M. Denis recordaba que un cuadro antes de ser un caballo, una mujer u otra cosa es esencialmente una superficie plana cubierta de colores puestos en un orden. Creer que un cuadro es una mujer es nuestro atributo humano. Ejemplar aquel relato de un emperador chino que pidió se borrara la cascada que había en la pared de su alcoba porque el ruido del agua le impedía dormir.

La imagen, pues, está asociada a Dios, la magia, el arte, la belleza y mucho a la muerte. Ver al muerto en una foto perturba, y por eso nos cuidamos de no mirarla por un tiempo, el del duelo. Y acá puede hallarse una clave. La pandemia se ha relacionado con la muerte, y por eso es mejor cubrir al querido. El deseo de belleza visual se puede calmar con la fantasía de que al fin del encierro (ya vacunados) puedo ver (y tocar) a mis amores sobrevivientes.

Armando Silva
ciudadesimaginadas@gmail.com

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