A dar vueltas

A dar vueltas

Si no aprendemos de nuevo a callejear, las voces y los sonidos de la urbe solo serán imágenes.

11 de septiembre 2020 , 09:25 p. m.

La calle, lo más deseado durante el encierro, está ahora poblada de miedos y deseos contradictorios. Varios ciudadanos europeos se manifiestan en las calles contra medidas de bioseguridad, y al mismo tiempo más de la mitad de sus oficinistas (Channel Partner) deciden el teletrabajo; Bogotá, luego de la salida, sigue con varias zonas solitarias. Pero no estamos solos en la historia. Desde fines del XIX la arquitectura moderna nacía, en parte, como prevención a la tuberculosis: aquellos edificios blancos, levantados del suelo y con grandes ventanales, servían para prevenir la bacteria. Solo se sabía que se alojaba en lo sucio y encerrado; cuando Koch descubre el bacilo causante, el miedo se traslada a las casas: en algún rincón se agazapaba el enemigo invisible, y entonces había que crear muebles sin pliegues, que todo fuese exterior y resbalase por sus ángulos rectos: el diseño modernista.

La calle siempre ha existido con las ciudades. Para los romanos, fundar una ciudad era sagrado y se hacía nombrándola en una primera calle imaginada; entre los griegos era el camino que unía el gobierno, la plaza del pueblo y los recintos religiosos; o en la prehispánica de Teotihuacán, la calzada de los muertos era eje principal. Muchos años después, las calles en la era industrial tendrán otro actor muy significativo, los carros; incluso, en sitios como California de hoy no hay ciudad, solo urbanismo, “urbanismo sin ciudad”, y los predios suburbanos los unen callejuelas; no hay personas en las calles, solo autos que paran en gasolineras para mercar. Al contrario, a favor de la urbis hay un invento bogotano para enaltecer, las ciclovías, por las que el mundo tendría que estarle muy agradecido y sus ciudadanos debiéramos reconocerlas como su gran ícono, más que la plaza de Bolívar o que el ajiaco y las empanaditas calientes.

Es muy posible que necesitemos rehabilitarnos para no perder la ciudad. Junto con el lenguaje, son las dos grandes creaciones del ser humano, ambos significan el otro: hablar es traer al otro en la palabra; habitar una ciudad es vivir con otros tantos vecinos. El ‘corona’ no se inventó la arquitectura moderna, como hizo la tuberculosis, pero tal vez sí la ciudad digital que termina dominándonos. Si no aprendemos de nuevo a callejear o, dicho en el bello giro colombiano, a dar vueltas, las voces y los sonidos de la urbe solo serán imágenes y la ciudad real se irá yendo de nosotros, como cuando uno suspira.

Armando Silva
ciudadesimaginadas@gmail.com

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