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La destrucción de la ciudad

La destrucción de la ciudad

Un extraño calmante los hace creer que acabar con la ciudad es acabar con el virus. Pero no es así.

26 de mayo 2021 , 09:25 p. m.

¿Es posible que un encierro tan prolongado afecte la razón de modo colectivo y creamos que nuestros actos están bien y realizados en su momento justo, a pesar de su locura evidente? ¿Fuimos afectados en Colombia por otro virus sin contagio físico? Miren ustedes. El modo como el covid-19 afecta al ser humano es por contagio; un infectado exhala gotitas y micropartículas respiratorias que contienen el virus para que se le pase a otro por alguna mucosa como nariz, boca u ojos; pero resulta que los pensamientos que tengamos de ese bicho raro se trasmiten igual por contagio. Dicho de otro modo, el virus químico y el virus imaginado (rumores, medios noticias falsas...) son de la misma familia de los contagiosos. Peligrosamente contagiosos.

Si uno juega con estos dos elementos, de lo real y lo imaginado, en las manifestaciones y protestas, en las que se marcha con cuerpos pegados y que hoy se toman las ciudades colombianas, se puede destacar esto: el paro en lo real se hizo en el momento más inoportuno, no porque no haya motivos, enmarcados en una reforma tributaria aún más a destiempo, sino porque salir a la calle y exponer a la población el contagio y, por tanto, ponerla al límite de la muerte era éticamente inaceptable. La ocupación de las UCI del 100 % como dato previo de lo real fue desatendida por las centrales sindicales que programaron el paro. Y el virus imaginado de la liberación, sobre el real, se extendió como pólvora, y poco a poco se llegó a los bloqueos, al desabastecimiento, a la violencia. El grafiti más sintético y desolador que apareció, ‘Nos están matando’, debe entenderse en su triple sentido: ‘nos mata la Fuerza Pública’ o ‘se mata a los de la Fuerza Pública’ y, sobre todo: ‘El virus nos espera para matarnos’.

¿Por qué las ciudades se convierten en los objetos de odio y venganzas? Se puede decir que es asunto de vándalos, pero ¿acaso no era previsible que estas nefastas figuras aparecieran? ¿Qué decisiones profundas de ideología llevan a exponer al pueblo a este límite de la vida? Una patria imaginada justa, superior, bella se evoca por algunos juveniles en las calles, y al mismo tiempo sus ojos ven incendiarse los entornos construidos por sus padres. Todos los manifestantes saben que se pueden infectar, mas un extraño calmante los hace creer que acabar con las ciudades es acabar con el virus. Pero no es así: el virus sobrevivirá a las ciudades destruidas.

Armando Silva
ciudadesimaginadas@gmail.com

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