Tormenta sobre Suecia

Tormenta sobre Suecia

Löfven ha mantenido una política amable con los inmigrantes y refugiados en el país nórdico.

16 de septiembre 2018 , 11:38 p.m.

Las elecciones que acaban de celebrarse en Suecia han puesto a prueba la sociedad más justa y solidaria del mundo. Por primera vez, un partido ultraderechista, denominado paradójicamente Demócratas Suecos y que propone acabar con algunos de sus más importantes logros sociales, ha alcanzado un resultado apreciable, el 17,6 % de los votos, que le otorgan 63 escaños en el Parlamento y la posibilidad de acceder al gobierno si la derecha acepta pactar con ellos.

Estos Demócratas Suecos alcanzaron sus primeros escaños en 2010, una vez se desembarazaron de sus elementos más descaradamente neonazis, la Alternativa para Suecia y otros ‘justicieros’, que mantienen como bandera básica la lucha contra los inmigrantes.

Tanto la izquierda (144 escaños) como la derecha (143) necesitan una alianza entre sus diferentes componentes para gobernar sin recurrir a los votos de la ultraderecha.

Estos cambios en el mapa político han hecho alzarse algunas voces que anuncian el ‘fin del modelo sueco’. Nada más lejos de la realidad. Que se dé una cierta ‘fatiga de los materiales’ respecto a los gobernantes no implica el fin de un modelo social enraizado en la sociedad, tal como he podido constatar ampliamente sobre el terreno desde el sur, la zona que más inmigrantes ha recogido y socializado, hasta el norte, en Kiruna, más allá del círculo polar ártico, cuna de un veterano sindicalismo ligado a las minas de hierro.

Hasta mediados del siglo pasado, los suecos constituían una sociedad campesina pobre. Un tercio de su población emigró a América del Norte a finales del siglo XIX, huyendo del hambre y buscando una vida mejor. Una ‘colonización’ que, a diferencia de la española en Suramérica, no buscaba arrancar y llevarse riquezas, sino estabilizarse y asentarse en nuevos enclaves humanos.

Desde los años 40, Suecia alcanzó una progresiva prosperidad a partir de la explotación de sus riquezas naturales y su situación geopolítica. La bonanza fue disfrutada solidariamente gracias a una política socialdemócrata que ha administrado el país en los decenios pasados, logrando una sociedad modélica en igualdad, calidad de servicios educativos –gratis desde 0 años hasta la universidad–, sanidad, asistencia a personas mayores, cuidados a menores y solidaridad con los refugiados del mundo. Proporcionalmente, Suecia recibe más refugiados y asilados extranjeros que todo el conjunto de Europa: un 16 % de sus habitantes son extranjeros. Todo ello con una alta fiscalidad aceptada por todos, en la que un defraudador es rechazado socialmente y no visto como un pícaro astuto.

El presidente Olof Palme fue la figura más destacada de la era socialdemócrata nórdica, volcada en la solidaridad. Durante su gestión como presidente recibió a miles de refugiados y solicitantes de asilo procedentes, sobre todo, de las dictaduras latinoamericanas.

El asesinato de Palme, cuando hacía cola con su mujer en la calle para comprar las entradas en un cine del centro de Estocolmo, muestra una forma de vida que odia los privilegios y las desigualdades. Su actual primer ministro, Stefan Löfven, es un sindicalista histórico, soldador de profesión, sin estudios universitarios, abandonado por sus padres cuando tenía 10 meses y adoptado por un leñador. Löfven ha mantenido en su gestión desde 2014 una política amable con los inmigrantes y refugiados, que en los últimos tiempos huyen de las guerras de Oriente Medio. Ahí se han cebado los emergentes del partido Democracia Sueca, en una corriente xenófoba que atraviesa Europa, desde Italia y Alemania hasta Austria.

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P. S. Se ha conmemorado en estos días el criminal atentado del 11S en Nueva York, que ocasionó 3.000 muertos. Es el momento de recordar el peor atentado terrorista en la historia estadounidense, cuando los británicos incendiaron Washington en 1814. En aquel caso no se trató de torres comerciales: el Capitolio y la Casa Blanca ardieron por los cuatro costados en una operación de venganza contra una ciudad desarmada.

ANTONIO ALBIÑANA

Columnistas

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