Redes sociales y democracia

Redes sociales y democracia

Lo más conveniente para atajar el uso nocivo de las redes son los programas educativos.

12 de enero 2019 , 11:57 p.m.

El pasado día 3, los alemanes despertaban con la filtración masiva de datos oficiales y personales de más de mil dirigentes políticos de todos los partidos, excepto –curiosamente– los de la ultraderecha. Los usuarios de las redes sociales pudieron ver los datos personales y la información privada, cartas, comunicaciones y señas privadas, de toda la dirigencia germana, incluyendo a la canciller Angela Merkel y al presidente Steinmeier. También de periodistas y gente de la cultura.

La alarma fue general, y la propia ministra de Justicia, Katarina Barley, declaró de inmediato que se trataba de “un intento de sabotear la democracia y sus instituciones”. Inicialmente se acusó a los servicios rusos que inutilizaron en 2015 toda la red informativa del Parlamento y en mayo de 2017 entraron en los sistemas de comunicación de los ministerios de Exteriores y Defensa. A los pocos días, la policía descubrió que el ciberataque era obra de un joven ‘hacker’ residente en el estado de Hesse y que, según sus declaraciones, habría obrado por despecho hacia los políticos. En todo caso, en la conciencia de los ciudadanos de la primera potencia europea quedó la idea de la debilidad de las democracias occidentales ante ataques de origen poco conocido que unas veces pueden ser obra de un desconocido desequilibrado y otras, un intento de influenciar la opinión pública mediante campañas que puedan incidir en el voto ciudadano.

El famoso historiador israelí Noah Harari va más allá y sostiene en un reciente ensayo que la democracia liberal está en crisis porque ya no existe el libre albedrío: “Nuestras decisiones (incluido el voto) y sentimientos son manipulados de manera cada vez más personalizada”. Sostiene el autor de ‘Sapiens’ que somos “animales pirateables”; si los gobiernos y las empresas “consiguen conocernos mejor de lo que nos conocemos a nosotros mismos, podrán vendernos todo lo que quieran, ya sea un producto o un político”. “Cómo funciona la democracia liberal en una era en la que los gobiernos y las empresas pueden piratear a los seres humanos”, se pregunta Harari.

Así se han ido probando en los últimos años dos cuestiones decisivas: que por el uso de las redes somos vulnerables a la manipulación y que el propio uso de estas fomenta la mentira, las ‘fake news’, que han pasado a llamarse, tras las últimas elecciones en Estados Unidos y Brasil, ‘noticias basura’, según conclusión del Oxford Internet Institute, cuyos estudios han confirmado “el predominio de estas noticias basura en el universo desinformativo de las redes”.

Recordemos una de las imágenes decisivas (trucada) en las recientes elecciones brasileñas, que presentaba a la presidenta por el PT, Dilma Rousseff, del brazo de Fidel Castro celebrando el triunfo de la revolución en La Habana, cuando Dilma tenía en ese momento 11 años (!). O evoquemos a Trump empleando su fraseo tuitero compulsivo en las noches de la Casa Blanca como instrumento básico de la política internacional de la primera potencia del mundo, en sustitución de la diplomacia, con millones de seguidores.

Para el escritor Manuel Vicent: “Las redes conceden al idiota, al fanático, un poder omnímodo increíble con solo apretar las yemas de los dedos sobre un teclado. Hoy, el bien y el mal se debaten en la forma como se utilizan las redes. Constituyen una nueva manera de pensar, de comunicarse, de inventar un nuevo idioma universal, poder convocar una hecatombe con una simple llamada”.

La solución, en mi modesta opinión, nunca será la censura. Después de comprobar más de 50 casos de injerencia rusa vía internet en situaciones como el referéndum del ‘brexit’, diversas elecciones o, incluso, la crisis de Cataluña, el Parlamento Europeo ha decidido que lo más conveniente para atajar el uso nocivo de las redes son los programas educativos y la autorregulación, sin excluir luchar contra los contenidos delictivos y las interferencias en el funcionamiento de la propia democracia.

ANTONIO ALBIÑANA

Columnistas

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