Nicaragua, sin salida

Nicaragua, sin salida

Ortega no tuvo reparo en aliarse con la burguesía económica, mediante una política neoliberal.

21 de agosto 2018 , 12:38 p.m.

“Las banderas de la revolución se volvieron en la calle harapos”. La frase es de Sergio Ramírez, el número dos en la dirección de la revolución sandinista, que en los años 80 despertó un gran entusiasmo y terminó con el sangriento régimen de Anastasio Somoza.

¿Cómo se ha llegado a la actual situación, en la que los nietos de aquella revolución han salido a la calle para enfrentarse a la fuerza pública y a las milicias paramilitares en una protesta que lleva cerca de 400 muertos desde que estalló el pasado mes de abril?

Todo empezó en 1990, cuando el sandinismo perdió las elecciones ante un bloque opositor presidido por Violeta Chamorro, en el que, por cierto, estaba integrado el Partido Comunista.

Los jefes sandinistas aceptaron la derrota, pero antes de abandonar el poder emitieron leyes por las que se hacían cargo de múltiples propiedades de Somoza y su entorno. Así, varios de los 9 comandantes se convirtieron en grandes propietarios, cuando no multimillonarios, en lo que se denominó ‘la piñata’. En ese momento se alejaron del sandinismo oficial dirigentes como Sergio Ramírez, Ernesto Cardenal o la comandante Dora María Téllez. Quedaron solo tres comandantes: Ortega, Bayardo Arce y Tomás Borge, un personaje especialmente desaprensivo.

Cuando el Frente Sandinista regresó al poder en 2006, poco quedó de los contenidos libertarios que entusiasmaron de la rebelión que hizo caer la dictadura de Somoza. Ortega no tuvo reparo en aliarse con la burguesía económica, mediante la aplicación de una política neoliberal, o hacerse aliado de la Iglesia, llegando a pedir al arzobispo Obando, que había sido enemigo acérrimo de la revolución, que oficiara su boda con Rosario Murillo. Antes, la bancada sandinista apoyó la prohibición del aborto terapéutico, para congraciarse con la jerarquía eclesiástica. El colmo de la obscenidad llegó cuando Ortega se alió con el expresidente Arnoldo Alemán, uno de los jefes de Estado más corruptos que en el mundo han sido.

La descomposición del bloque sandinista y de su apoyo social, el autoritarismo político de los Ortega, la pareja presidente-vicepresidenta, con sus hijos controlando los grandes negocios del Estado, avanzó mientras la opinión internacional miraba hacia otro lado. Las izquierdas del mundo, cuya posición podría haber sido decisiva, se abstuvieron de criticar lo que ocurría en Nicaragua.

En su orgía de autoritarismo y corrupción, el régimen ignoró las crecientes protestas sociales y las tensiones que se acumularon sin que se notara. Su explosión, cuando llegaron a Managua con el 70 % de las carreteras del país bloqueadas, solo encontró como respuesta la acción represiva. El desencadenante fue una reforma pensional para cuadrar las cuentas del Estado que se tuvo que cancelar. Pero la mecha ya estaba prendida. Es la rebelión de una gran parte de la sociedad, incluyendo importantes sectores de la revolución sandinista. Han sido también la juventud y el estudiantado movilizados espontáneamente a través de las redes sociales, aprovechando el acceso libre a internet que el Gobierno instaló en todos los parques.

Ante el volumen de la represión y sus centenares de muertos, la Iglesia y la opinión internacional han dado la espalda a un Ortega que ya no tiene capacidad para volver a su modelo de estabilidad autoritaria. Tampoco puede encabezar una transición democrática para la que está moralmente derrotado, aunque juega con la incapacidad de los sectores opositores para organizar una alternativa de poder. Nada puede excluirse hoy en Nicaragua. Ni siquiera un baño de sangre.

P. S. “Bad time, no doubt. Noam”. Me escribe Chomsky después de leer la columna Banalidad de la tortura. Pide información sobre el asesinato de líderes sociales en Colombia, siempre atento a los problemas de derechos humanos. Me permito recomendar vivamente su último libro, Quién domina el mundo (Ed. B).

ANTONIO ALBIÑANA

Columnistas

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