Mentiras y libertad de expresión

Mentiras y libertad de expresión

La desinformación es un problema muy grave que ataca el propio derecho a la libertad de información.

22 de noviembre 2020 , 12:31 a. m.

El pasado día 5 todas las cadenas de televisión estadounidenses, incluida la progubernamental Fox News, decidieron interrumpir la transmisión de la rueda de prensa del presidente Trump, estimando que estaba difundiendo falsedades sobre el proceso electoral y estimulando tácitamente a sus partidarios a posibles hechos violentos. Unos días después le sucedió lo mismo a la portavoz de la Presidencia. El presentador de Fox declaró en el momento de interrumpir la transmisión: “Creo que tenemos que ser muy claros, la portavoz de la Casa Blanca está acusando a la otra parte de permitir el fraude y el voto ilegal. A menos que tenga más detalles para respaldar eso, no puedo seguir mostrándola”. Por su parte, Facebook cerró la cuenta de los partidarios de Trump ‘Stop the Steal (‘parar el robo’) por incitar a la violencia.

¿Pueden ser catalogados estos hechos como actos de “censura” que socavarían la libertad de expresión, uno de los principios básicos y constitucionales de la democracia? ¿No se debería haber dejado hablar a Trump, aunque luego se lo criticara o se lo desmintiera? The New York Times dio la respuesta: “No debemos dejar nunca que la verdad compita con la mentira como si se tratase de dos opciones con la misma dimensión moral”. El problema es universal. Según el español Jesús Maraña: “Mentir a sabiendas no está protegido por ninguna Constitución, sino que es un ataque directo al derecho a la información, un derecho que es de los ciudadanos, no de los periodistas, ni de los tuiteros ni de los políticos, un derecho básico en democracia”. Algunos analistas estiman que en 2022 el público occidental consumirá más noticias falsas que verdaderas, con la mentira como un hecho “normalizado”.

La desinformación, que se ceba últimamente en el mundo digital, es un problema muy grave que ataca el propio derecho a la libertad de información, el pluralismo y la libertad de los ciudadanos para formarse libremente sus propias opiniones. Siguiendo a Hannah Arendt, no puede haber libertad en una comunidad que carece de la información necesaria para detectar la mentira.

Ante este panorama, en el que en ocasiones están involucradas potencias extranjeras no comunitarias intentando desestabilizar, la Unión Europea pasó a la iniciativa, emprendiendo un Plan de Acción y pidiendo a los Estados miembros la “detección, análisis y denuncia de la desinformación” a la que definió como “información verificablemente falsa o engañosa que se crea, presenta o divulga con fines lucrativos o para engañar deliberadamente a la población a la que puede causar un perjuicio...”. A partir de esas directrices, el Gobierno español acaba de emitir un Procedimiento de actuación contra la desinformación, depositando su gestión en manos de los servicios secretos, un Comité de situación y una “Comisión permanente contra la desinformación”.

De inmediato, por parte de la oposición, de importantes medios y de algunos periodistas y líderes de opinión, se han desencadenado las más feroces críticas a esta disposición del Gobierno socialista a la que tachan de poner en peligro el ejercicio de la libertad de expresión, incluso de tender a crear un orwelliano “ministerio de la verdad” a través de nuevas formas de censura.

Según mi criterio, la intención del decreto del gobierno Sánchez es buena, pero no se debe dejar el control de la desinformación en instancias oficiales ligadas al Poder Ejecutivo, sino que este debe ejercerse a través de los propios medios, de las asociaciones de periodistas y de instancias de la sociedad civil que garanticen la libertad de expresión. Pero algo hay que hacer, ya que como plantea el politólogo Juan Carlos Monedero: “¿Por qué no se puede vender pescado podrido y sí puede venderse información podrida?”. En todo caso, la manipulación desinformativa, por medio de la difusión más o menos sofisticada y digital de la mentira, es uno de los grandes problemas de nuestro tiempo.

ANTONIO ALBIÑANA

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