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Memoria histórica y democracia

Memoria histórica y democracia

La guerra contra la historia es una guerra contra la democracia.

09 de septiembre 2021 , 08:00 p. m.

En dos países tan distintos y distantes como Estados Unidos y España, la memoria histórica como materia docente y legislativa está siendo motivo de enconadas polémicas. A la hora de reconocer su pasado de racismo y esclavitud, los estadounidenses se dividen entre quienes quieren ignorar ese pasado y quienes piensan que reconocer estos fenómenos como decisivos en la fundación del país y aun en aspectos de su presente debe contribuir al conocimiento histórico de las nuevas generaciones. Por su parte, en España, el Gobierno socialista acaba de aprobar una “Ley de memoria democrática” cuyo debate parlamentario se anuncia como tempestuoso.

Más allá del aspecto punitivo –como el que se ha producido en las últimas semanas contra torturadores de las dictaduras del Cono Sur en los años 70 y 80–, en Estados Unidos y España el debate de estos días es sobre la asunción de un pasado que hay que superar conociéndolo a fondo. En el caso español, cuando han pasado 86 años desde el golpe de Estado franquista, tratando de resarcir a las víctimas, al honrarlas como merecen. En ambas situaciones no se trata de establecer ninguna ‘versión oficial’ sobre la historia pasada, sino de llegar a una ‘verdad de los hechos’ como base para el progreso democrático.

La verdad, la investigación sincera de la historia y el reconocimiento de los crímenes del pasado y su repercusión en el presente es lo único que puede unir a una sociedad.

Sin proponer la búsqueda de ‘culpables’ que ya no existen, la ley de “memoria democrática” que ha enviado al Parlamento el gobierno de Pedro Sánchez trata de exhumar en centenares de fosas comunes, cunetas, descampados y arroyos a republicanos que la dictadura de Franco asesinó sin juicio ni razón alguna (podrían llegar hasta 100.000) y devolverlos a sus descendientes para un entierro digno. Tal vez el caso más conocido sea el del gran poeta Federico García Lorca, fusilado en Granada junto con dos maestros y un torero anarquista, por el ‘delito’ de ser fieles a la democracia republicana con la que arrasó el general Franco, arrojados a un barranco aún desconocido. La nueva ley pretende situar en primer plano a las víctimas de la Guerra Civil (iniciada en 1936) y de la dictadura (que se prolongó durante 4 décadas), con medidas para su reconocimiento y reparación, destacando “el trabajo de las mujeres en la defensa y conquista de los valores democráticos y los derechos fundamentales”. Inmediatamente se han levantado voces en la ultraderecha, desde los que denuncian que la ley de memoria democrática remueve viejas heridas hasta los que sostienen que lo de Franco no fue una dictadura. Se anuncia así en España un ‘otoño caliente’.

En Estados Unidos se está produciendo, en el regreso a las clases, una gran tensión estatal en torno a la enseñanza de la historia real y el pasado de racismo y esclavitud. Veintiocho estados, la mayoría con gobiernos republicanos, han tomado medidas para restringir las enseñanzas sobre raza e historia; mientras que otros 15, de mayoría demócrata, se han pronunciado en sentido contrario. Según The New York Times, “el centro del debate es un concepto universitario moderno consistente en analizar el racismo a nivel sistémico”, que Donald Trump consideró un ejemplo de “propaganda tóxica” divisionista y promoviendo, por el contrario, la creación de una Comisión para la “enseñanza patriótica”. Que los chicos estadounidenses conozcan que la esclavitud no fue abolida hasta después de 100 años de fundado el país, o que el presidente Jefferson, uno de los “padres de la patria”, tuvo varios hijos con su esclava negra Sully Hemmings debe quedar fuera de la enseñanza, según el trumpismo. Para el conocido investigador Timothy Snyder, la guerra contra la historia es una guerra contra la democracia: “Al final, la verdad, la investigación sincera de la historia y el reconocimiento de los crímenes del pasado y su repercusión en el presente es lo único que puede unir a una sociedad”.

ANTONIO ALBIÑANA

(Lea todas las columnas de Antonio Albiñana en EL TIEMPO, aquí)

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