Las dudas de Trump

Las dudas de Trump

Se está consolidando una doctrina inédita en las relaciones internacionales.

28 de junio 2019 , 08:20 p.m.

El mundo asiste en las últimas semanas a complicadas situaciones geopolíticas creadas por el que se considera el presidente más errático que haya sufrido la primera potencia del planeta. El Fondo Monetario Internacional advierte que, de seguir su guerra comercial decretada contra China, se plantearía una amenaza a nivel mundial. Por otra parte, se están creando las condiciones para una guerra en Oriente Próximo, para determinar “el fin oficial de Irán”, según anunció en un tuit el propio Donald Trump, como antes amenazó por el mismo medio “destruir totalmente a Corea del Norte”.

En la práctica, Trump está consolidando una doctrina inédita en las relaciones internacionales y en la credibilidad de sus líderes: amenazar, incluso imponer graves sanciones previas, para luego plantear una negociación. Lo hizo con el presidente Kim Jong-un antes de sentarse varias veces con el sátrapa norcoreano, que lo va aventajando en habilidad para ganar tiempo y aliados. Lo está haciendo, con peor suerte, con Irán. Primero suspendió en el último minuto (según la narración oficial difundida) un ataque militar preparado contra objetivos militares como represalia por el derribo de un dron espía estadunidense, por la “desproporción” que la acción podría causar en vidas humanas. Unos días después, el lunes pasado, incrementó un nuevo paquete de presiones económicas sobre Irán. Todo ello antes de manifestar su deseo de negociar con los dirigentes islámicos, eso sí, con la omnipresente amenaza: “No quiero una guerra con Irán, pero si se produce, habrá destrucciones nunca antes vistas”, según declaraciones a la NBC.

En definitiva, lo que Trump buscaría, impulsado por sus asesores y los aliados en la zona –Arabia Saudí e Israel–, sería fortalecer a los más duros del régimen de los ayatolás e impulsarlos a usar el arma que tienen más a mano, el control sobre el estrecho de Ormuz, por donde circula un tercio del petróleo del planeta, y cuestionar su adhesión al tratado de no proliferación nuclear para usos militares, que hasta ahora han respetado.

Rodeado de ‘halcones’, Trump se resiste a abrir nuevos frentes militares, pero ha decretado el “estado de máxima alerta” en Oriente Próximo

Donald Trump ha ido prescindiendo de su entorno más civilista y sensato para quedar sometido al exdirector de la CIA Mike Pompeo y al actual secretario de Seguridad Nacional, John Bolton. En la situation room, la sala de crisis de la Casa Blanca, al menos en tres ocasiones ha planeado el espectro de una nueva guerra de consecuencias imprevisibles. Por ejemplo cuando, el pasado mes de abril, llamó “animal” al presidente, sirio Bashar al Asad, prometiéndole una ración de misiles “preciosos, nuevos e inteligentes”. Finalmente, el terror a un enfrentamiento directo entre Rusia y Estados Unidos en territorio sirio pudo sobre las baladronadas trumpistas.

Pero Trump no quiere llegar a las elecciones presidenciales de 2020 con una tercera guerra en Oriente, sin haberse deshecho de Irak ni, más allá, de Afganistán. Ante sus fieles, que le piden dedicación a los asuntos internos de Estados Unidos, prometió, después de las elecciones de 2018: “Acabar con un ciclo destructor de intervenciones y caos” y “poner fin a los cambios de regímenes extranjeros de los que no sabemos nada y con los cuales no deberíamos sentirnos implicados”.

La dialéctica, entre impulsivos recién llegados como Trump y representantes de una cultura milenaria como la iraní, es compleja. Cabría recordar cuando su antecesor en el bando republicano Ronald Reagan suplicó al ayatolá en 1980, a través de enviados directos, que no dejara libres a los rehenes de la embajada de Estados Unidos secuestrados en Teherán, antes de las elecciones presidenciales, para no brindarle un triunfo al demócrata Carter. Lo que consiguió.

Rodeado de ‘halcones’, Trump se resiste a abrir nuevos frentes militares, pero ha decretado el “estado de máxima alerta” en Oriente Próximo. En todo caso, como sentencia su antiguo secretario de Defensa Jim Mattis: “Cuando no se gasta en diplomacia, hay que gastar en más munición”.

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