La necesaria gobernanza global

La necesaria gobernanza global

La posibilidad de un orden global va a ser mucho más compleja de lo que ya era antes de la pandemia.

28 de junio 2020 , 01:09 a.m.

Nadie sabe cómo acabará reconstruyéndose el orden mundial después de la pandemia, cuyas consecuencias finales, especialmente económicas, se desconocen. Según el analista Ignacio Ramonet: “Ya nadie ignora que la pandemia no es solo una crisis sanitaria. Es lo que en ciencias sociales se califica como un ‘hecho social total’ en el sentido de que convulsiona el conjunto de las relaciones sociales y conmociona a la totalidad de los actores, de las instituciones y de los valores”.

Según algunos historiadores, como Frank Snowden, las epidemias permiten explicar cambios históricos, desde Atenas. Pero, a diferencia de otras, la epidemia del covid-19 ha tenido un alcance global. Como señala Lluís Bassets, “no es un virus, es una época”, modificará el mundo tal como lo hemos conocido. A nivel planetario, bloques, liderazgos, ideologías y sistemas de cohesión social están siendo puestos a prueba. El mundo de hoy aparece día a día cada vez más desordenado, y la posibilidad de un orden global va a ser mucho más compleja de lo que ya lo era antes de la pandemia, pero absolutamente necesaria.

Para un viejo zorro de la geopolítica como el exsecretario de Estado norteamericano Henry Kissinger, “los gobernantes deben empezar a prepararse para la transición a un orden mundial nuevo tras el coronavirus”. Prácticamente ninguno se va a librar de un balance desastroso de la pandemia. El debate en los centros de pensamiento de todo el mundo gira en este momento sobre la cooperación internacional, o sobre quién se hará con el liderazgo del mundo posvirus: dos narrativas encontradas. Una salida contra la cooperación global es la de incrementar el nacionalismo y la existencia de un mundo bipolar en el que, según la ONU, la relación entre las principales potencias nunca ha sido tan disfuncional. Como dice Edgar Morin: “Para que pueda haber un gobierno de la humanidad, primero nos tenemos que constituir como humanidad, de momento estamos constituidos por naciones”. Es la política de fronteras: desde la caída del de Berlín, se han levantado miles de kilómetros de nuevos muros.

Frente al pesimismo de Morin, hay que considerar el avance que constituyó la creación de Naciones Unidas tras el mayor ejercicio de destrucción de la historia humana, dos guerras mundiales casi seguidas. ¿Podría considerarse hoy un planteamiento en este sentido, que vaya hacia una gobernanza global, tras la catástrofe del coronavirus? Nunca ha sido tan necesaria la existencia de instituciones globales, que inventen soluciones globales desde la cooperación, y las actuales no acaban de estar a la altura de las circunstancias. Como señala Ramonet: “Nos hallamos ante una situación enigmática, sin precedentes. El planeta descubre, estupefacto, que no hay comandante a bordo”.

P. S. Impunidad. No han cesado las amenazas de la Presidencia de Estados Unidos contra el Tribunal Penal Internacional (TPI) y quienes colaboren con él. Un tribunal respetado por 123 países, firmantes del Estatuto de Roma. Esta semana se ha incrementado la presión sobre el Reino Unido para llevarse a Julian Assange, una vez que Suecia ha levantado los cargos contra él. El creador de WikiLeaks reunió más de 200.000 folios sobre la actuación de las tropas estadounidenses en Afganistán que probarían ampliamente la acusación del TPI de cometer “actos de tortura, tratos crueles, ultrajes contra la dignidad personal, violación y violencia contra detenidos...”, incluyendo bombardeos indiscriminados con cientos de víctimas civiles, una gran cantidad de ellas niños, de los que algunos supervivientes fueron enviados a Guantánamo. El presidente Clinton firmó el Estatuto de Roma, origen del TPI, pero su sucesor, Bush, anuló la firma anunciando veladas amenazas para los países que colaboraran con él en casos que implicaran a estadounidenses. Ahora Trump ha incrementado las presiones, mientras que su secretario de Estado, Pompeo, califica al TPI de “tribunal renegado e ilegal”.

ANTONIO ALBIÑANA

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