La historia pasa factura

La historia pasa factura

¿Son culpables los españoles de hoy del daño que provocó 'la conquista'? Evidentemente, no.

15 de junio 2019 , 11:35 p.m.

Durante los últimos meses, en distintos países europeos y en Colombia he participado en conversaciones y actos en los que se ha planteado la demanda del presidente mexicano, Andrés Manuel López Obrador, para que España pida perdón por los daños y sufrimientos que provocó “la conquista” de varios países de la hoy América.

En su imprescindible ‘Historia de Colombia y sus oligarquías’ (Planeta), Antonio Caballero es concluyente: “El noventa y cinco por ciento de los pobladores indígenas perecieron en los primeros cien años después de la llegada de Cristóbal Colón, reduciéndose de unos cien millones a solo tres, por obra de las matanzas primero y de los malos tratos luego, de las inhumanas condiciones de trabajo impuestas por los nuevos amos y, sobre todo por las pestes”. ¿Son culpables los españoles de hoy de aquellas actuaciones que tanto sufrimiento causaron? Evidentemente, no. Otro asunto es el debate sobre la responsabilidad histórica. Creo que hay que mantenerlo abierto.

En las siguientes semanas se han acumulado las polémicas en las que la historia, hasta hoy mismo, pasa factura de actuaciones de diversas potencias. Por ejemplo, en Bélgica, diversos sectores académicos han reabierto el juicio sobre la actuación del rey Leopoldo II hasta inicios del siglo XX. Un gobernante modelo de voracidad colonialista que sometió al Congo como coto privado para extraer caucho y diamantes durante más de 40 años, usando a la población nativa como esclavos, con el saldo por malos y tratos y represión, según estimación de Bertrand Russell, de 8 millones de víctimas sobre 20 millones de población.

Por su parte, los parlamentarios griegos acaban de votar por amplia mayoría para que su gobierno dirija oficialmente una demanda por reparaciones contra Alemania por su actuación durante la Segunda Guerra mundial. Grecia le ha puesto cuenta de cobro y estima en 290 millones de euros el mínimo de reparaciones por crímenes de guerra, destrucciones de bienes y pillajes cometidos en Grecia por los nazis, según el relato de la revista alemana ‘Der Spiegel’.

La última explosión de hechos históricos en las manos de la actual ciudadanía se acaba de dar en Canadá, donde un informe oficial reveló en días pasados lo que su propio presidente, Justin Trudeau, conmovido, ha calificado sin rodeos como un “genocidio planificado, basado en la raza, la identidad y el género, que se habría producido durante muchos años en los que las mujeres y los niños indígenas han sufrido desapariciones y asesinatos, con base en estructuras colonialistas que aún perviven en el Estado canadiense”.

Las cifras más discretas, logradas a partir de testimonios de víctimas y expertos, hablan de 1.200 niñas y mujeres indígenas pertenecientes a grupos autóctonos (innu, cree, abenaki, mohawk y atikamekw) asesinadas o desaparecidas desde 1980. Por otra parte, se ha investigado la red de internados que funcionaron hasta hace poco y a donde más de 150.000 niños indígenas fueron trasladados por la fuerza para ser despojados de sus expresiones culturales a base de maltratos por los que unos 3.200 murieron, hasta 1996.

La historia devuelve a uno de los países más avanzados del planeta nada menos que un genocidio que desconocía, sucedido en sus entrañas hasta hace poco.

P. S. Agradezco al portavoz de las Confederaciones Judías de Colombia, Marcos Peckel, el seguimiento a mi pasada columna sobre Israel y la paz. Únicamente precisaría que en su respuesta no entra en la argumentación que allí se expone: corrupción de la actual dirigencia israelí, aplastamiento de Palestina con “asentamientos” ilegales en sus territorios, repetidamente condenados por la ONU, etc. En todo caso, me apoyé para mi trabajo en los análisis de intelectuales judíos como Uri Avnery (recientemente desaparecido), David Grossman o Daniel Barenboim. Por lo demás, la constatación de una “limpieza étnica” ejercida sobre los palestinos durante décadas es de un importante historiador hebreo, Ilan Pappé.

ANTONIO ALBIÑANA

Sal de la rutina

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