La catástrofe de Irak

La catástrofe de Irak

Se conmemorarán 15 años de una acción militar internacional que provocó consecuencias catastróficas.

08 de abril 2018 , 04:30 a. m.

El próximo día 20 se conmemoran los 15 años de una acción militar internacional que provocó las consecuencias más catastróficas, desde el punto de vista humano, conocidas en las últimas décadas, y fue el origen del recrudecimiento exponencial del terrorismo de raíz islamista en todo el mundo: la invasión de Estados Unidos y sus aliados contra Irak.

El presidente George W. Bush trataba supuestamente de atacar las bases del terrorismo internacional y de destruir la supuesta capacidad iraquí para almacenar y usar armas de destrucción masiva.

Con fotos que luego se demostraron trucadas, su secretario de Estado, el general Colin Powell, trató de convencer a las cancillerías internacionales del peligro que suponían los arsenales de gran letalidad y potencia que poseía Irak. Paralelamente, como se ha sabido en libros de memorias, hasta dos meses antes de la operación, Powell intentaba convencer a su jefe Bush para que no emprendiera la aventura de invadir Irak, con la frase popular: “Quien rompe paga y se lleva los cascos”, pidiéndole sensatez.

Nada persuadió al presidente Bush. Su padre y predecesor, George H. W. Bush, sacó a Sadam Husein de Kuwait, que había intentado ocupar, y se paró en las fronteras de Irak, sin acometer su invasión. En contraste, su hijo envió el 20 de abril de 2003 a 140.000 soldados, disolviendo todas las estructuras militares y civiles y buscando a su presidente hasta apresarlo.

Balance: 460.800 iraquíes muertos, 430.000 heridos, 5.000 bajas entre los soldados estadounidenses, al tiempo que se favorecía el escenario de un cruento reñidero entre todas las tendencias del islamismo violento y se daba energía al llamado Estado Islámico, que se nutrió con efectivos y armas del ejército y la policía iraquíes, desmantelados inconscientemente durante la ocupación.

Según el antiguo secretario general de la ONU, Kofi Annan, “la crítica situación que hoy se vive en Irak es consecuencia de la invasión de Estados Unidos en 2003, que tuvo lugar sin el permiso del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. De la noche a la mañana se forzó la desaparición de las estructuras e instituciones del Estado, formándose un gran vacío”.

Pronto se desvanecieron los presuntos objetivos de la operación –acabar con las armas de destrucción masiva y con el terrorismo internacional presuntamente impulsado por Sadam Husein– para ponerse de manifiesto sus verdaderos móviles: el control del petróleo y la dominación de ese espacio geopolítico. El nuevo presidente, Barak Obama, inició en 2009 la salida de las tropas de Estados Unidos, que culminó en 2011 en medio de un caos que sigue hasta hoy.

Hoy no se vislumbra más posible solución que la reconstrucción del país mediante la cooperación internacional, el apoyo a elecciones libres, como las que tendrán lugar el próximo mes de mayo, y una verdadera independencia bajo supervisión de la ONU para la minoría kurda, que el dictador Sadam persiguió con armas químicas con el apoyo de Estados Unidos y de su aliado turco.

El caso de Sadam es curioso. De aliado fiel de los estadounidenses pasó a ser el enemigo número uno por abatir. Bush padre invitó a sus ingenieros nucleares para formarlos en la producción de armas avanzadas con las que combatir a Irán. Reagan lo sacó de la lista de terroristas peligrosos del Departamento de Estado para poder enviarle ayuda con la que combatir a los iraníes. Aliado fiel hasta que desobedeció órdenes, o tal vez no las entendió bien, según algunos analistas, y se le ocurrió invadir Kuwait. Así Sadam pasó a ser ‘el nuevo Hitler’. Tras la invasión de Irak, los estadounidenses lo capturaron y sometieron a un juicio sumario. Todo acabó el 30 de diciembre de 2006 cuando, con transmisión en directo, se lo situó encima de una trampilla y ajustaron una gruesa y oscura soga alrededor del cuello del sátrapa.

En lugar de seguir la máxima de Marco Aurelio, “El verdadero modo de vengarse de un enemigo es no parecérsele”, se aplicó la sentencia popular: “Muerto el perro se acabó la rabia”.

ANTONIO ALBIÑANA

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