Israel, en la encrucijada

Israel, en la encrucijada

Lo que más aleja la paz es la política de asentamientos ilegales de colonos judíos en palestina.

26 de agosto 2018 , 11:33 p.m.

Algunas voces que se han opuesto al reconocimiento de Palestina como Estado por Colombia sostienen que esta decisión es prematura. Todo lo contrario. La Conferencia de Madrid de 1991 concluyó que la paz en Oriente Próximo llegaría con el reconocimiento y la plena soberanía de dos Estados: Palestina e Israel. En esta línea, ya se estaba negociando secretamente en Oslo.

Pero en los últimos años nada se ha avanzado en este sentido. Nueve lleva gobernando la nefasta coalición derecha-extrema derecha que preside Benjamin Netanyahu, cercado últimamente por investigaciones sobre corrupción. Su política: desprecio al pueblo palestino, sus derechos y su historia, alianza contra natura con el islamismo suní para enfrentar a Irán, reforzamiento de su poder militar y de la actuación del Servicio Secreto, todo ello bajo el paraguas de Estados Unidos.

Lo que más aleja la paz es la política de asentamientos ilegales de colonos judíos en tierra palestina, condenados una y otra vez por la ONU y la justicia internacional. De hecho, la mayoría de los miembros del gobierno Netanyahu son colonos que viven en los territorios ocupados. Los ‘asentamientos’, desde el final de los años 60 hasta hoy, están diseñados para que Israel controle en torno al 40-50 % de Cisjordania, con el resto del territorio acotado y separado de Gaza, lo que viola los Acuerdos de Paz de Oslo, apadrinados por el presidente Clinton.

Pero, contra lo que muestra cierta propaganda, no hay unanimidad en Israel sobre estas políticas. Hay una fuerte oposición de centro e izquierda, y numerosas personalidades e intelectuales disconformes con la política oficial. Acaba de morir uno de ellos, Ury Avneri, con una larga trayectoria en la izquierda pacifista, fundador de Gush Shalom (Bloque de Paz), que reivindica la retirada integral de Israel de los territorios ocupados, el desmantelamiento de las colonizaciones y la autodeterminación de Palestina, según recoge el influyente diario ‘Ha’Aretz’ (‘El País’), un ejemplo de periodismo independiente.

El mayor factor desestabilizador que vive hoy Israel es la promulgación como norma fundamental de la ‘Ley del Estado-nación del pueblo judío’, que, según sus partidarios, “garantiza que el Estado permanecerá judío para las generaciones futuras”, y que, según la oposición, “atenta contra los valores de igualdad y democracia” y, en la práctica, convierte a la población árabe-israelí (un quinto del total) en ciudadanos de segunda, cuya lengua pierde el carácter cooficial, con el hebreo. Mientras decenas de miles de israelíes se manifestaban en Tel Aviv contra la ley, el escritor judío David Grossman declaraba que la norma “en la práctica, es el abandono de que algún día llegue a su fin el conflicto con los palestinos, el resultado de un complejo de superioridad étnica. El pueblo judío ha vivido durante milenios como una minoría en los países de residencia; hoy constituimos una mayoría en nuestro país, y eso entraña una responsabilidad humana”.

El gran músico Daniel Barenboim ha difundido en medios internacionales un artículo titulado ‘Por qué hoy me avergüenzo de ser israelí’, en el que afirma: “No creo que el pueblo judío haya vivido sufriendo persecución y soportando crueldad sin fin para ahora convertirse en el opresor que somete a los demás a sus crueldades”.

Estos días se ha recordado el texto de la Declaración de Independencia del Estado de Israel hace 70 años. “El Estado de Israel se consagrará al desarrollo de este país en beneficio de todos sus pueblos, se fundará en los principios de libertad, justicia y paz, reconocerá la plena igualdad de derechos sociales y políticos a todos los ciudadanos; garantizará la libertad religiosa, de conciencia, idioma, educación y cultura, con el compromiso de procurar la paz y las buenas relaciones con los pueblos vecinos”.

Esa es la encrucijada del Israel de hoy. Regresar al espíritu de los padres fundadores o, renunciando a una seguridad real y continuada, mantener una política agresiva y aplastante.

ANTONIO ALBIÑANA

Columnistas

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