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El fracaso de una ‘guerra universal y eterna’

El fracaso de una ‘guerra universal y eterna’

Queda reflejado en el hecho de que dentro del yihadismo global existen hoy más organizaciones afines

07 de octubre 2021 , 08:00 p. m.

La salida precipitada de los ejércitos estadounidenses y aliados de Afganistán, después de 20 años de estéril ocupación, ha merecido multitud de análisis en la prensa mundial y, a nivel doméstico, un serio desgaste en la presidencia del demócrata Joe Biden. Se aproxima un aniversario concatenado con la campaña afgana: la declaración solemne por parte del presidente George W. Bush en 2002 de la ‘Guerra global y eterna contra el terrorismo’, a como diera lugar, incluyendo la violación a gran escala de los derechos humanos, como han supuesto las cárceles no declaradas en distintos lugares del mundo (Polonia, Rumania, Lituania) o las conocidas en Guantánamo o Abu Ghraib. Una guerra que habrá terminado, como señala el politólogo Lluis Bassets, como “la madre de todas las derrotas”.

(Lea además: La izquierda moderada avanza en Europa)

Recapitulemos. Como ha recordado la analista iraní Nazanin Armanian, George F. Kennan (uno de los ideólogos de la Guerra Fría) declaraba en 1996: “Si la Unión Soviética se hundiera bajo las aguas del océano, el complejo militar industrial estadounidense tendría que permanecer hasta que se pudiera inventar algún otro adversario”. Unos años después, el Pentágono inventó la “guerra infinita contra el terrorismo islámico”, para justificar la continuidad de la Otán una vez desaparecido el Pacto de Varsovia. En el terreno “ideológico”, Samuel P. Huntington ofreció una salida eficaz en la búsqueda de un enemigo tras la caída de la URSS: “El choque de civilizaciones”. Occidente, con el liderazgo de Estados Unidos, estaba condenado a colisionar con el mundo islámico.

La guerra mundial contra el terror quedó servida cuando, el 11-S de 2001, el mayor ejército del mundo tropezó con un grupo de árabes desarrapados, con tanta astucia como escasos medios materiales. Amenazando a las tripulaciones de cuatro aviones con cuchillos de plástico, consiguieron atacar los mayores centros de poder estadounidenses. De milagro no llegaron hasta la mismísima Casa Blanca. De inmediato se decretó la invasión de Afganistán, que teóricamente albergaba a los asesinos (en realidad procedentes de la aliada Arabia Saudí), y que ha terminado con más pena que gloria (incluyendo un dron enviado como despedida, que hizo blanco, tal como había advertido la propia CIA, contra civiles inocentes).

Una guerra que habrá terminado, como señala el politólogo Lluis Bassets, como “la madre de todas las derrotas”.

Para Moussa Bourekba, del importante centro de pensamiento Cidob (Barcelona), tras dos décadas de “guerra global contra el terror”, en la que han muerto 800.000 personas de 80 países, “hay que reconocer que, más que interminable, se ha tratado de una guerra imposible de ganar o, simplemente, de una guerra perdida”. Según el gran experto Fernando Reinares, del Real Instituto Elcano: “Lo fallido y contraproducente de la denominada guerra contra el terror queda reflejado en el hecho de que dentro del yihadismo global existen hoy más organizaciones afines o asociadas a Al Qaeda que hace 20 años”.

P. S. Periodismo. Se retira del oficio la más importante figura del periodismo español, Iñaki Gabilondo. Los años y la crispación ambiental le han aconsejado salir de la escena. Iñaki ha sido un referente en espacios de radio y televisión durante décadas, y es autor de ensayos decisivos sobre el papel de la prensa. En una época contribuimos a fundar las primeras organizaciones democráticas de periodistas en España. Juntos acudimos a negociar con el primer Gobierno democrático (sin mucho éxito) una nueva legislación de prensa que arrumbara a la de la dictadura franquista. Una anécdota. Habiendo concertado para su programa de televisión una entrevista con un importante miembro del Gobierno, recibió la llamada de su jefe de prensa pidiéndole el cuestionario de las preguntas que se le iban a plantear, para aprobarlo y preparar la intervención ministerial. “Dígale al ministro –respondió– que yo no trabajo así, y que más bien me remita las respuestas que piensa dar, para ver si me interesa hacer la entrevista o no”. Esta forma de ejercer el periodismo, sin sumisión a poder alguno, me ha recordado, no sé por qué, a Antonio Caballero.

ANTONIO ALBIÑANA

(Lea todas las columnas de Antonio Albiñana en EL TIEMPO, aquí)

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