Despierta el gigante ruso

Despierta el gigante ruso

El mundo contiene la respiración mientras diversos medios piden un análisis sereno geoestratégico.

02 de diciembre 2018 , 12:46 a.m.

Si el anuncio del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, de la intención de romper el acuerdo sobre armas nucleares, firmado por su antecesor Ronald Reagan en 1987, puede significar –como hemos comentado– una vuelta a la Guerra Fría, la escalada que se inició el pasado fin de semana en el mar Negro entre la Ucrania exsoviética y hoy asociada a la Otán y la armada de guerra rusa, con disparos, heridos y apresamiento de barcos de guerra ucranianos, puede significar el estallido de una escalada militar de imprevisibles consecuencias.

Para poner en contexto la situación en la que se ha producido tan grave incidente bélico, es importante recordar que, cuando el presidente ruso Gorbachov aceptó, en una gran concesión, que la Alemania unificada –un país que ha intentado destruir a Rusia en varias ocasiones– se uniera a la Otán –alianza militar liderada por la superpotencia oponente–, lo hizo con el compromiso de que esta no se expandiría “un centímetro” hacia el este. Rápidamente, este compromiso fue incumplido. Desde la presidencia de Clinton, Estados Unidos se puso en la tarea de ampliar la Otán hacia las fronteras con Rusia: Bulgaria, Rumania, Turquía, las Repúblicas bálticas, que fueron pasando a integrarse en la Alianza, hasta que, hace unos días, equipos militares estadounidenses llegaron a participar en una parada militar en Estonia, a pocos metros de la frontera rusa.

El emplazamiento de estructuras militares de la Alianza Atlántica, prácticamente en la puerta de su casa, ha despertado al Oso Ruso, decidido a levantar un nuevo Telón de Acero. Esta vez en el entorno del mar Negro, y poniendo a prueba la capacidad de reacción occidental con la anexión de la península de Crimea.

En junio de 1953, en medio de los vapores de una sobremesa con mandatarios ucranianos, Nikita Kruschev se permitió ‘regalarles’ la península de Crimea, una zona de excelentes balnearios que contenía al mismo tiempo, en Sebastopol, la mayor base naval soviética. En realidad, todo quedaba en casa, con los asuntos estratégicos manejados desde el Kremlin sobre los camaradas de Ucrania.

Pero llegaron la implosión de la URSS (Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas) y la progresiva aproximación primero, afiliación después, del entorno soviético independizado hacia el sistema defensivo occidental, la Otán. Rusia perdió la soberanía sobre el lugar donde tiene su flota de guerra, cercada por una Ucrania cada vez más hostil a la que tenía que pagar un alquiler de supervivencia. Así que, consciente de tener la mayor parte de la población de la península de su lado, Putin se anexionó Crimea ‘manu militari’ en 2014, después de celebrar un referéndum con la victoria rusa por un 96 %.

La comunidad internacional condenó esta acción, claramente ilegal, como lo fue, por ejemplo, la invasión de Irak por Estados Unidos y Gran Bretaña, aplicando sanciones de moderada eficacia y viabilidad. Mientras, Rusia ha continuado su acción de dominio de las aguas del mar Negro y el mar de Azov, dominando el estrecho de Kerch con la construcción de un gran puente que une Crimea al territorio ruso, hasta que, hace unos días, se produjo el incidente más grave desde la anexión de la península con el apresamiento a tiros de una flotilla militar de este origen, como comentábamos al inicio.

Inmediatamente, el presidente de Ucrania ha pedido ayuda militar al mundo, la Otán delibera secretamente sobre qué hacer, mientras que el miércoles pasado, los rusos, que ya tienen en Crimea cazabombarderos, bombarderos pesados, helicópteros de combate, fragatas y submarinos, iniciaron el desplazamiento de uno de sus más grandes buques militares, el Vicealmirante Zakhan, al mar de Azov, aguas que los ucranianos reclaman como suyas.

El mundo contiene la respiración mientras desde diversos medios internacionales se pide un análisis sereno geoestratégico que conduzca a una negociación de paz entre Rusia y Ucrania, con la supervisión de Naciones Unidas.

ANTONIO ALBIÑANA

Columnistas

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