Brasil: la democracia en juego

Brasil: la democracia en juego

Las próximas dos semanas son decisivas para la democracia en el mayor país de América Latina.

14 de octubre 2018 , 11:42 p.m.

“Observamos cómo aumenta en las encuestas el número de personas que no ven imprescindible vivir bajo un sistema democrático. Y al fondo, en algún lugar del futuro, atisbamos con pavor el rostro del fascismo”.

La reflexión del profesor Fernando Vallespín parece hecha a la medida del momento electoral que atraviesa Brasil, donde el discurso del vencedor en la primera vuelta, Jair Bolsonaro, antiguo oficial expulsado del ejército por mala conducta, abiertamente antidemócrata y valedor de la dictadura militar que sometió el país por más de 20 años, logró casi la mitad de los votos con su discurso racista, misógino, despreciativo hacia los derechos humanos y que incluye en su programa la redacción de una nueva Constitución por una “comisión de notables” que se salte todas las instituciones democráticas, además de la posibilidad de, por boca de su candidato a vicepresidente, un “autogolpe de Estado” si las cosas no le marchan bien.

Enfrente, en clara minoría, un académico y antiguo alcalde, Fernando Haddad, el candidato del Partido de los Trabajadores, que sustituye al expresidente Lula da Silva, quien, según las encuestas, de no estar impedido judicialmente por una condena, habría ganado la presidencia de Brasil en primera vuelta.

Es claro que el país atraviesa una situación de crisis en muchos campos, propicia para la llegada de un “hombre fuerte”. La corrupción endémica, que incluye una parte del PT (en menor medida que al resto de los partidos, incluidos los aliados de Bolsonaro) ha hecho mella en la opinión, sumada a la grave recesión económica que ha restado el 14 % de la renta de la familia media brasileña en los últimos tres años, y el incremento de la delincuencia violenta, circunstancia que favorece irracionalmente al candidato que propugna la libertad para el porte de armas, la formación de grupos paramilitares y el empleo de la tortura y la pena de muerte contra los delincuentes.

El PT de Lula y Haddad siempre ha respetado las normas democráticas, ganando limpiamente en tres elecciones presidenciales y entregando el poder pacíficamente, aun sabiéndose víctima de un golpe ilegítimo, en el caso de Dilma Rousseff. En cambio, a Jair Bolsonaro, al que no le importaría ser comparado con Hitler, pero se ofendería si lo llamasen gay, no le repugnaría una dictadura que suprimiera las instancias parlamentarias y judiciales.

Las próximas dos semanas van a ser decisivas para la supervivencia de la democracia en el mayor país de América Latina. El candidato Haddad tendría que hacerse con el voto centrista y de ciudadanos que reflexionen seriamente sobre el mensaje de Bolsonaro, quien tendrá difícil evadir los seis debates televisivos previstos. Parece que su retirada pública durante las tres semanas previas a la primera vuelta por un abominable atentado obra de un loco lo benefició en cuanto a su imagen, tanto como víctima, como por permanecer callado.

Algunos sondeos van contra la corriente dominante en los medios, que dan la victoria segura al candidato ultraderechista. Como uno de Datafolha que concluye que el margen de diferencia entre los dos candidatos no supera el 2 por ciento a favor de Bolsonaro (45 a 43).

En todo caso, una corriente de alarma se ha levantado en América y todo el orbe civilizado. Manuel Castells, el más destacado sociólogo español, difundió el martes pasado en los principales medios internacionales una “carta abierta a los intelectuales”. Sostiene Castells que, en una situación como la brasileña, “ningún demócrata, ninguna persona responsable del mundo en que vivimos puede quedarse indiferente (...) es un caso de defensa de la humanidad, porque si Brasil, el país decisivo de América Latina, cae en manos de este deleznable y peligroso personaje (Bolsonaro) y de los poderes fácticos que lo apoyan, nos habremos precipitado aún más bajo en la desintegración del orden moral del planeta a la que estamos asistiendo”.

ANTONIO ALBIÑANA

Sal de la rutina

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