Y el rancho ardiendo

Y el rancho ardiendo

Soluciones para detener la pavorosa deforestación hay muchas, pero falta voluntad política.

11 de agosto 2020 , 09:25 p. m.

Estoy como el coronel que no tiene quien le escriba, esperando, esperando que los honorables senadores y representantes muestren alguna preocupación por la pavorosa deforestación que aniquila nuestra Amazonia. Pero sé que me quedaré esperando.

Los entiendo perfectamente, ellos están calculando si el nuevo aumento del sueldo, que llega a 34 millones de pesos, les alcanza para medio sobrevivir decentemente. El Presidente anda ocupado defendiendo a capa y espada a Uribe, recogiendo los logros de dos años de gobierno y capoteando (más bien que mal) la pandemia. Y el Ministerio de Ambiente aparece de vez en cuando para darnos los números, cada vez más grandes, de la deforestación.

Y mientras tanto, nadie detiene la destrucción e incendios de nuestra Amazonia. Y en otras latitudes la barbarie no cesa. “Bolsonaro entregó el patrimonio forestal a criminales, ladrones de tierras públicas, mineros ilegales y deforestadores. El daño del país es irreversible”, dicen en Brasil. El incendio de Siberia es de dantescas proporciones, y el pantanal del delta del Paraná arde sin quien lo detenga. Mejor dicho, la Tierra, el rancho ardiendo.

Hay que aportar soluciones. He aquí una que ayuda parcialmente a solucionar el problema. Me la comparte Mauricio Soler, cartógrafo con maestría en Sistemas de Información Geográfica de la U. de Salzburgo (Austria) y especialista, formado en España, con amplia experiencia en el uso de drones: “Desde hace dos años las comunidades shipibos en Ucayali, en la parte este de la Amazonia peruana, han sido capacitadas por la entidad encargada de conservar las áreas protegidas del Perú para pilotear drones y con ello poder realizar un registro diario de los posibles focos de deforestación. Esa información la envían en las tardes, vía internet, a la sede central de la entidad estatal, que las utiliza como prueba para enviar presencia militar y realizar los respectivos decomisos de madera, parar las talas y, de ser posible, detener a los agresores ambientales. El Gobierno les paga a estas personas reinvirtiendo capital en proyectos productivos para la comunidad. Además, capacitan también a personas que antes fueron taladores ilegales, convirtiéndolos así en nuevos guardabosques.

Es una estrategia que ha tenido éxito, lo que ha llevado a que se implemente en mayor escala y cada día se encomienden a las comunidades mayores áreas para monitorear. Hoy en día, más de 15.000 hectáreas de bosques son monitoreadas en diferentes sectores por esta comunidad y se está combatiendo la tala, la minería ilegal e, incluso, el narcotráfico (rutas, laboratorios y plantaciones de coca).

El reto en Colombia sería garantizar la seguridad de las personas/comunidades que se podrían dedicar a esta labor, ya que podrían ser víctimas de la violencia por cuenta de los carteles que controlan las zonas monitoreadas”.

Soluciones para detener la deforestación hay muchas, pero falta voluntad política para convertir la ‘cháchara’ gubernamental sobre el tema en verdadera cruzada a favor de los bosques. En este terreno admiro a los países europeos que han ayudado a Colombia con apreciable cantidad de dinero, y más los admiro, pues siguen ayudando a pesar de que los dineros invertidos han servido para poco, pues la deforestación sigue tan campante, aniquilando nuestras selvas.

Se me ocurre una idea que puede ser la salvación como resultar una quijotada: ¿no es posible prohibir la ganadería extensiva en la Amazonia? Con ello, al quedar ilegalizada, se facilitan la confiscación de terrenos, propiedades y semovientes y la judicialización de los propietarios de las ganaderías. Con ello se logra que los ganaderos causantes de los posibles incendios se desanimen en sus criminales propósitos. Se debe, eso sí, ayudar al campesino que tiene su terrenito y sus vaquitas de subsistencia. ¿Será posible?

Andrés Hurtado García

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