Tarde en el tema: ideologías y cátedras

Tarde en el tema: ideologías y cátedras

La cátedra sin fronteras, sin dogmas ni limitantes, es precisamente eso, ¡un paraíso!

12 de abril 2019 , 07:00 p.m.

Llego demasiado tarde a la discusión. Lo sé, lo asumo. Pero todo ocurría simultáneamente cuando el Ministerio de Educación en Francia evaluaba, por un determinado periodo, mis cátedras; además, me es imposible, como profesor, marginarme de un tema sumamente potencial en el cual les podemos ayudar a los alumnos en el análisis de los eventos históricos −con las ideologías presentes, los indicadores y sus respectivos resultados−; por el contrario, si los castramos de entrada con la prohibición que propuso el señor Edward Rodríguez, estaríamos retomando el mejor detonante para la investigación personal; es decir, tengo una fórmula que me sirve algunas veces, pero sé que no puedo abusar de ella: ¡la ‘prohibición’ tácita de un texto! Subestimo premeditadamente a los alumnos con frases como, ‘aún no están preparados para dicho texto, no lo comprenderían, es muy complejo…’. El resultado: los ‘informes’ expuestos tienen mejor calidad que el texto programado en el plan de trabajo semestral.

Sentenciar determinadas ideologías es como querer educar de nuevo, como en épocas oscurantistas, con irrefutables dogmas de fe que terminan por despertar la curiosidad humana: ‘¡¿por qué no lo puedo preguntar, por qué debo aceptarlo sin conocerlo?!’ ¿Para qué me sirve entonces creer que existo dentro de un ‘libre albedrío’ cuando también hay dogmas de fe que limitan mis sentimientos, pensamientos, dudas y preguntas?

El intolerante –en cualquiera que sea su ideología− todo lo sataniza, no dialoga porque su empobrecido criterio lo traiciona haciéndole creer que lo demás está mal.

En las observaciones de mi experiencia como profesor también hay sentimientos encontrados, dudas que surgen incluso en medio de un diálogo normal de clase, porque no se poseen respuestas para todo, para cada controversia. Incluso, la diversidad del tema nos lleva a querer conocer la fuente del fanatismo que también es muy intrigante e interesante: ¿qué o por qué nos lleva a seguir una idea, sostenerla y defenderla contra otras? Pensamientos que se manifiestan como enfrentamientos cuando los vemos bajo el prisma preconcebido de que el bárbaro o bruto es el otro y nosotros, ‘por fortuna’, nunca estaremos equivocados.

El intolerante –en cualquiera que sea su ideología− todo lo sataniza, no dialoga porque su empobrecido criterio lo traiciona haciéndole creer que lo demás está mal y su obligación moral es erradicar la equivocación que tienen los demás sin preguntarse si −quizás− el equivocado sea él, y, de inmediato, acallar al otro es abrir las puertas del paraíso.

La catedra sin fronteras, sin dogmas ni limitantes es precisamente eso, ¡un paraíso! De todos los árboles se come, no hay ninguno prohibido, todas las ideas son muy enriquecedoras cuando enseñamos a nutrir con argumentos, dominar la pasión y el respeto por la opinión del otro. Lo contrario a lo anterior es sinuoso; exponemos a los estudiantes a la maleza del pretexto, el prejuicio y la disculpa para perder el argumento y la palabra como herramienta primordial del equilibrio en todas las relaciones humanas.

Las ideologías −indiscutiblemente− deben enseñarse con todas sus historias en las aulas de catedra; sin embargo, el asunto que tal vez no se ha tocado con mayor precisión es cuál debe ser el rol del profesor. Un aula −para mí− no es un pulpito. Mi deber no es evangelizar con todo lo que yo personalmente comulgo o es de mi gusto personal. Sé muy bien, y de sobra, que si en mis clases entro a hablar del Che Guevara, tengo que mostrar −como lo determina el Ministerio de Educación en Francia− sus dos facetas: el joven médico idealista que viaja por toda Suramérica y, también, su historial de mercenario como jefe de la Cabaña y responsable de gran cantidad de fusilamientos, y luego los estudiantes deciden libremente qué momento histórico prefieren del personaje.

El deseo del fanático por silenciar al otro es tan viejo como la noche. Es más viejo que el conjunto de ideologías existentes. Es un elemento intrínseco de nuestra condición humana del cual no podemos evadirnos genéticamente; no obstante, a medida que se avanza con preguntas más complejas sobre qué o cuál ideología es la mejor, también −para el energúmeno− surgirá en su propia impaciencia la construcción de sus amañadas respuestas: sean de izquierda o derecha. Edificará pretextos sin argumentos que le señalen ‘indiscutiblemente’ que su doctrina es la perfecta para todo, mientras él continúa silenciando, sentenciando y satanizando ideas para la erradicación de todos los problemas de la humanidad.

Sal de la rutina

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