Soso testigo en ‘El olvido que seremos’ (II parte)

Soso testigo en ‘El olvido que seremos’ (II parte)

Hoy –en fecha– se cumple el pasado que un libro socorrió. Rememoro al hombre sin haberle conocido.

25 de agosto 2018 , 12:00 a.m.

En ‘El olvido que seremos’, escucho la voz relatora de Héctor Abad Faciolince como el cronista de un Medellín sepultado; un Caronte que va y viene sin remilgos, sin la necesidad de una moneda, sin pedirlas; mas, todos esos relatos y fieles descripciones se escuchan en mi cabeza con la edad que él tenía en 1987, porque los años del presente ya son una sopesada distancia en los acontecimientos del pasado, un recurso literario que ejerce un muy buen equilibro; es decir –como lo dice una frase en una canción de Queen, que citaré de nuevo–, “pensando como joven, envejecer no es un pecado”. 

Tampoco recordarlo para escribirlo y que jamás se convierta en lo que Héctor Abad Faciolince logró evitar para su padre, “¡un olvido!”. Asimismo para que ese silencioso relato cultivado entre pasado y presente permitiera encumbrar bellezas, y por qué no –pienso yo–: establecer hermosuras como una necesidad; fundarlas como quien conquista mundos y ejecutarlas como leyes rebeldes que se sublevan ante cualquier poder.

La belleza –en cualquiera de sus presentaciones y depende del ideal estético– siempre será muy sobrecogedora, y silenciosas serán también las emociones que se avivan cuando sucumbimos en un estado de absoluta contemplación, pero crear belleza, considero, es una virtud de muy pocos, de aquellos capaces de hacer transpirar el mínimo indicio de iluminación para, finalmente, lograr beldades que nos hacen suspirar.

Como a todo héroe atemporal, la historia siempre le socorrerá aquello imposible de exterminar o silenciar, ¡el relato de toda su memoria!

En esas contemplaciones y recuerdos de “bellezas” leídas, pocos han sido mis sensatos comportamientos en la vida o tal vez solo uno: estar a tan solo un brazo de Amos Oz en un salón y decidí no acercarme. No quería quebrantar la silenciosa plenitud que he tenido al leerlo, aunque al comienzo –con mi absoluta ignorancia– lo juzgué como un escritor de muy poca velocidad pasando por alto su esencia. Y como el abrupto más desmedido que he tenido con un autor y su obra, recuerdo muy bien el que me ocurrió con mi amigo y colega Esteban Constaín: le pregunté sobre un evento de trazos sumamente reales cuando lo leía; mas, era ficción. No me perdonaré jamás haberle preguntado eso, “maté la dicha y el placer” de una hermosa invención histórica que el libro de Esteban me había otorgado mientras yo lo disfrutaba como un legado de “verdades” narradas.

Esa vergonzosa experiencia –desde ese día– se convirtió en una inquebrantable línea amarilla con los libros escritos por amigos y colegas. “No hay que intentar ir más allá de todo lo que ofrezca el libro; no se deben intentar golpear aquellas puertas que el autor señaló, pero que no abrió ni abrirá porque solo aquel que se dedica al oficio de escribir sabe muy bien hasta dónde quiere relatar, plasmar, ofrecer, entregar y, sin duda, su entrega sea absoluta para su público, pero él siempre se preservará una parte, una página completa, un capítulo entero”, fue lo que me dije cuando estuve ante unas finas líneas de Héctor Abad en ‘El olvido que seremos’. Un fragmento que podría ser mucho más que dos hojas y media en su última edición; pero –para mí– es eso y mucho más que un recuerdo eternizado por el autor.

En esas diminutas costuras hilvanadas para el paso de una luz muy leve; en esa especie de rito tácito que el doctor Héctor Abad Gómez quería establecer con su distraído hijo, percibí –creo– equilibrios, luchas, interrogantes personales, innumerables dilemas entre lo divino, lo humano y el placer de sentarse a cuestionar el pasado con condicionales muy antojados de todo aquello que nos hubiera encantado “ser” en algún momento, o solo por un instante de la vida, como lo hacemos todos; luego, se mira el presente y se encuentra una vida plena de bellezas ya establecidas como las que albergó también un hombre que no merecía ser silenciado simplemente por demostrar que todo, sin ideales temporales que prometen o asustan, sí era posible.

Hoy –en fecha– se cumple el pasado que un libro socorrió. Rememoro al hombre sin haberle conocido; intento imaginar la mirada del padre que observó una monja sin juzgarla para no sentenciarla, pero la comprendió con una sonrisa llana y, también hoy 25 de agosto, considero tajantemente que su asesinato –como vilmente lo imaginaron sus verdugos– no cristalizó triunfos eternos, tampoco protegió poderes; no obstante, como a todo héroe atemporal, la historia siempre le socorrerá aquello imposible de exterminar o silenciar, ¡el relato de toda su memoria!

P. S.: La corrupción no se soluciona con una onerosa consulta. Hasta por redes sociales se podría hacer. ¡Educación es y será siempre la solución! Pero algunos políticos –parece ser– jamás entenderán eso, y solo les interesa “mojar” prensa.

ANDRÉS CANDELA

Columnistas

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