Hermosísima homosexualidad

Hermosísima homosexualidad

Hay ciertas actitudes y comentarios de atrevida ignorancia homofóbica que producen impotencia.

14 de junio 2019 , 07:03 p.m.

No sé cuántas veces −los demás columnistas− han llegado a considerar que algunas de sus antiguas columnas ya publicadas merecen ser leídas o rescatadas nuevamente. Me ocurrió hace ya algunos días cuando, muy ejemplarmente, René Higuita salió a defender públicamente el beso de dos hombres en un partido de Nacional; luego recordé unas antiguas líneas dedicadas a un antediluviano senador que, en tono muy peyorativo, se refirió a los homosexuales como personas que practican las “relaciones excrementales”. Rememoré, asimismo, la irritación que me produjo tan arcaico comentario, que pareciera ser una latente homosexualidad encadenada y maquillada con una obtusa moral.

Mi sexualidad y vida emocional −reitero− han sido con mujeres: ¡me encantan! Pero esa condición jamás me pondrá por encima de algún homosexual. También, algunas veces, he tenido que amarrarme fuertemente al barco, como Ulises, para soportar cantos de sirenas que harían chiflar al más monógamo; sin embargo, en mi condición de heterosexual, no me tiembla la palabra para defender y pedir igualdad ante el beso de dos hombres o las caricias entre dos mujeres; tampoco me permitiría abandonarlos a su propia suerte para que sean lapidados por una multitud camaleónica cuya moralidad ostenta, paradójicamente, ¡todos los colores! Sobre todo, los más erectos, los ‘machos’ aulladores; escasas y retrógradas mentalidades fálicas que aún creen que un estadio de fútbol es un lugar público homogeneizado en el cual ‘las conductas inadecuadas’ −como en lo que tanto adoran y veneran− están ‘fuera del lugar’.

Hay ciertas actitudes y comentarios de atrevida ignorancia homofóbica que producen impotencia y se manifiestan en un raso suspiro, sin ninguna palabra; después, personalmente, no pude evitar reírme de semejante oscurantismo y estrechez mental cuando los memes de tan grotesca noticia llegaron a mi teléfono: “Vicente Fernández rechazó un trasplante de hígado por temor a que el donante fuera homosexual”. Actitud de un auténtico ‘mero macho’ de pelo en pecho, con voz de trueno y barriga de capataz que −sin duda− debe ser eternamente idolatrado como uno de los pocos ‘iluminados’ en toda la irracional pradera homofóbica por sus ‘doctas’ declaraciones, cuyo fanatismo, sectarismo e intolerancia siempre serán abono para arengas de machismo y misoginia que mitigan transitoriamente cualquier borrachera; pero ¡nunca llegarán a ser versos o poemas!

Cuando el cristianismo tuvo el aval del Imperio romano, comenzó entonces a atribuir adjetivos ‘pecaminosos’ a diestra y siniestra, y Apocalipsis de Pedro (una especie de Infierno antes de Dante) indiscutiblemente sirvió para infundir miedo y cambiar el orden de ciertas conductas que antes eran actos corrientes o habían llegado a ser consideradas magnas herencias griegas poseedoras de indiscutibles ‘virtudes’, entre ellas la homosexualidad porque los filósofos socráticos estimaban que un ejército era más fuerte si en él se promulgaba el amor masculino.

He aprendido a dinamitar mis viejos prejuicios y a admirarlos; generalmente son personas muy bien preparadas, tienen un finísimo sentido del humor, son excelentes compañeros de trabajo y muy incondicionales; no obstante, también pueden ser personas –en ocasiones– muy hurañas, ensimismadas, acomplejadas... pero nunca por su condición sexual. Su conflicto se lo hemos atribuido nosotros mismos con ‘nuestro buen proceder’ y nuestro patético orden moral, que no es más que una solapada y prejuiciosa doble moral que apesta.

P. S.: Oscar Wilde y Freddie Mercury: dos genios –para mí– de una hermosísima homosexualidad.

Sal de la rutina

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