¿El periodismo debe silenciar un presidente, un político de turno?

¿El periodismo debe silenciar un presidente, un político de turno?

El rol del periodista consiste en vigilar libertades y en impedir que el mundo se derrumbe.

19 de noviembre 2020 , 09:20 p. m.

En muchas ocasiones ―cuando se requiere o se anhela un cambio― se debe descodificar por completo el reiterativo, acostumbrado y anestésico contexto para lograr que algo o una situación se modifique; es decir, el periodismo asume el artículo número diecinueve de La Declaración Mundial de los Derechos Humanos como regla de oro que se debe respetar. Vital, generalmente ese debe ser el orden lógico; luego, vienen los editoriales, las opiniones y, bajo el mismo proceder, los cambios o transformaciones ocurren gracias a una tendencia, aunque se requiera un poco más de tiempo. No obstante, cuando el periodismo evoca su mandamiento de la responsabilidad social, es puntual, confronta sin miedos al poder, cercena ―en el buen sentido de la palabra― la situación; entonces, los cambios son inminentes y casi inmediatos.

Riccardo Ehrman es aún un vivo ejemplo de lo anterior. El 9 de noviembre de 1989, él fue capaz de confrontar, como corresponsal italiano de la agencia Ansa en Berlín del este, al portavoz del Comité Central del Partido Comunista Unificado, Günter Schabowski. Infinidad de veces levantó su mano para preguntar si ―tal vez― el Partido Comunista no se había equivocado con la nueva ley de viaje que, en letra menuda, no había cambiado nada como respuesta poco clara al éxodo que se había presentado en el anterior verano y que se conoció como “votación con los pies”.

Ehrman, en todos los homenajes que le hacen por esta época, siempre ha declarado que en esa época el Partido Comunista no estaba acostumbrado a que les insinuaran equivocaciones y Schabowski, en plena rueda de prensa y al verse interrumpido por un periodista extranjero cerca de la mesa principal, respondió sin titubear, “¡Nosotros no cometemos errores!”. Y agregó, para salir rápido de la situación con Ehrman, “tengo algo por decir: todos los ciudadanos de Alemania Oriental pueden viajar sin necesidad de pasaporte o visa…”. Interrumpe Ehrman, “¿Es válido para Berlín Oeste?”. “¡¿A partir de cuándo?!”. Schabowski mira el documento y responde, “¡A partir de ahora mismo!”. La rueda de prensa era transmitida en directo por radio y televisión; Schabowski ―se supo después― no leyó la segunda hoja del documento que tenía todas las especificaciones. El muro de Berlín cayó esa misma noche y el resto es historia…

Aunque la historia jamás se escribe con supuestos, imaginemos, por un momento, la misma rueda de prensa, pero con Riccardo Ehrman respetando tácitos protocolos en silencio sin confrontar a Schabowski; sin hacer lectura mental de la situación para descodificarla y esperando que el vocero del Partido Comunista leyera el documento completo, incluidas las especificaciones que no eran más que restricciones disfrazadas de paliativos transitorios. Hubiera sido otra insustancial rueda de prensa.

La ética periodística de muchos amigos, colegas y directores fue muy homogénea, en tres aspectos, cuando les pregunté por la situación en la cual Donald Trump fue sacado del aire: “se debe respetar el derecho a la libre expresión porque es un presidente. (…) se le deben pedir pruebas y por último informar”. ¡Estamos completamente de acuerdo, señores! Pero ―por mi parte―, ante personajes como Trump, me inclino más con posturas como las de Hannah Arendt en Verdad y política y considero, además, deplorable la pasividad periodista que les da oxígeno a las redes sociales donde se gangrena toda la información; muy lamentable también este oficio ejercido sin valor y criterio con micrófonos abiertos sin ningún discernimiento ante aquellos ególatras capaces de atizar una guerra civil porque son incapaces de asumir sus derrotas; bufones transitorios en el poder que solo desean doblegar y adoctrinar una sociedad. Considero que un periodismo sin juicio que solo evoca “el derecho a la libertad de expresión” y no se compromete solo servirá para que Roma sea incendiada nuevamente. El rol del periodista, además de vigilar libertades, también consiste en impedir que el mundo se derrumbe.

Cuando todos estos factores, personajes y fenómenos se conjugan dentro de una realidad, el periodismo tiene que actuar, hacer valer su responsabilidad social con micrófonos sin indulgencias ante el embuste y la soberbia; por el contrario, si nos quedamos inmóviles ante estos discursos por aquello de “la libertad de expresión”, la información continuará siendo manipulada en el tabernáculo de la mentira; allá, donde se sojuzgan el pluralismo y la inmigración de la publicidad amenaza el sustento de la verdad; allí, donde personajes como Trump y otros, de su misma ralea, son monarcas indiscutibles: ¡las redes sociales!

P. S.: “La libertad de opinión es una farsa si la información sobre los hechos no se garantiza, si los hechos no están en el centro del debate”, Hannah Arendt.

*Ahí fue cuando le cortaron a Trump sus berrinches incendiarios, cuando el periodismo americano supo ganarles a las redes sociales. “Un país vale lo que vale su prensa”.

Andrés Candela@a_candla

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