Anuncio clasificado: ¡se busca editor en Colombia!

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¿No tengo derecho a ser publicado de nuevo en mi país?

20 de enero 2020 , 07:00 p.m.

A esta columna, texto, catarsis, especie de visceral “anuncio clasificado” sin orden, lo venía pateando por más de cinco silenciosos años; mas, como dice el refrán, “no hay plazo que no se cumpla y…”. Lo paradójico: jamás me imaginé que el detonante para tomar el valor y escribir estas líneas surgiera gracias a las primeras páginas promocionales del reciente libro de Héctor Abad Faciolince: Lo que fue presente. No lo he leído completo, pero la elocuencia de su entrada fue –para mí– el fiel reflejo de mis deseos y preguntas en el solitario campo de la escritura. Derrotero de síntomas demenciales que el trastornado lee ávidamente para identificar si su sufrimiento ha sido clasificado; para descubrir si su mal es una montaña de archivos clínicos ya tratados o si, lamentablemente, es aún una nueva y desconocida chifladura sin nombre.

¡Escribir y escribir! Verbo mutado en necesidad que atraviesa el espíritu de unos cuantos infelices en el mundo y es capaz de mortificarnos la existencia cuando dejamos de hacerlo; es también la más insípida, solitaria y triste de todas las drogas: no tiene efectos de euforia, felicidad o trance inmediato y, por encima de todo, renunciamos a curarnos de tan invisible adicción. Escribir de…, escribirse y terminar por escribirme se convirtió para mí en un enviciado oficio incapaz de dejar mi mente en paz. ¡No dejar de hacerlo siempre será la brutal condena por un delito genético que desconozco!

Las pocas líneas que tengo leídas de Lo que fue presente es un espejo de quienes –literalmente– vivimos y comemos gracias a las letras. Incluida la cátedra. Así, acompañado de mis aulladores complejos; las sospechosas conjeturas de una obstinación natural; mi velocidad de miope, daltónico e incoloro, abrí de nuevo las heridas de mis frustraciones y me sentí caer sin aire dentro de un tobogán señalado por el propio Héctor Abad para dejar de autocompadecerme, esconderme, evadirme de todo y todos.

Me siento muy afortunado al tener un editor en un idioma que conozco, manejo, me defiendo, ¡pero no es el mío!

Un día logré vencer la timidez (relaté esa historia para la revista Soho), fui capaz de manifestar el gusto por la poesía y mi deseo de escribir. Comencé mal, aún considero que no lo hago bien, pero me corrijo con disciplina. Mi primera novela tuvo un resultado muy regular, había sido “empujado” –en el buen sentido de la palabra– por una excorrectora editorial de Planeta Ecuador, Lorenza Correa. En la segunda novela todo fluyó de un solo plumazo; luego, como algo nunca soñado, Fernando Savater la avaló y gozó de una grata publicidad gracias al fragmento de una corrida (sin muerte al toro) y el Bolero de Ravel de fondo instrumental. Otros títulos llegaron y otras puertas, desde Francia, se abrieron para mí en Colombia como esta columna de la mano de don Ricardo Ávila, tribuna que me ha otorgado también muy buenos amigos. Después…

Era ya mi cuarta novela. Trabajé los capítulos en un tablero, utilizaba cambios entre la voz narrativa y diálogos. Había sido muy cuidadoso con los tiempos reales y los ficticios porque el marco histórico era el eclipse de sol de 1919 que había servido para confirmar la Teoría de la Relatividad de Einstein y un nacimiento en pleno fenómeno astral. Obtuve con esa novela una mención del jurado en un premio muy nombrado y –hasta el sol de hoy– nadie da razón de dicha mención, ¡¿se evaporó, se esfumó, se perdió, se la llevó el anterior editor?! ¡¿Qué hicieron con ella, por qué la novela al final no se publicó con la mención después de tantas promesas y felicitaciones?! ¡Nunca lo supe! Todo se fue transformando en tiempo perdido al teléfono, correos electrónicos con vagas y tontas respuestas que se fueron convirtiendo en largos y nutridos silencios. ¡Me cansé, estaba completamente agotado de lidiar mutismos!

El editor en Francia me preguntó cómo eran los criterios de los editores en Colombia y el manejo que se les dan a algunas obras; por mi parte, no supe qué responderle y él sintió mi incomodidad, mientras que yo, en tercera persona, sí me respondí: “nadie es profeta en su tierra. Aquí, por lo menos, tenés todo por lo que has trabajado y los acuerdos, salones editoriales ya surgen con un simple apretón de manos o una llamada”.

Me siento muy afortunado al tener un editor en un idioma que conozco, manejo, me defiendo, ¡pero no es el mío! Este asunto –considero– no es un ciego capricho, tampoco la abrupta terquedad de alguien que sueña con algo que nunca podrá tener por falta de capacidades, trabajo o talento, y la verdad es que considero el talento como una virtud entregada para muy pocos elegidos: el mundo musical estaría lleno de genios como Mozart. Le tengo más confianza a la disciplina del día a día que pule, corrige, cristaliza y poco a poco va revelando resultados; sin embargo, en ocasiones, con lecturas como las de Lo que fue presente, se agita dentro de mí esa punzante pregunta: ¿no tengo derecho a ser publicado de nuevo en Colombia? ¿En español mis obras no cumplen las expectativas editoriales, pero sí en francés? Pues bien, se busca editor para la novela de un eclipse solar, una emisora de salsa en los años 80, la revolución cubana y –como eje de todas las historias–, la teoría de la relatividad.

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