Un despotismo con fachada progresista

Un despotismo con fachada progresista

Es importante poner de presente ciertas actitudes y acciones del candidato Petro, como político.

21 de mayo 2018 , 02:39 a.m.

El gran filólogo, humanista y hombre de estado Miguel Antonio Caro, coautor con Rafael Núñez de la Constitución de 1886, solía decir que en Colombia siempre estábamos a la penúltima moda, con una visión parroquial bastante refractaria frente a los avances que experimentaban otras sociedades.

Años más tarde, Alfonso López Michelsen decía que Colombia era el ‘Tíbet de Suramérica’, se refería al aislamiento que se advertía en sus relaciones con la comunidad internacional, en especial con los países vecinos. Ponía como ejemplo el que, mientras otros países de la región se habían beneficiado de grandes corrientes migratorias de personal altamente calificado, que huían de la persecución nazi y, en general de los estragos ocurridos durante la Segunda Guerra Mundial, Colombia no tuvo una política proactiva frente a ese fenómeno, con lo cual quedó rezagada frente a los países que sí lo hicieron, especialmente los del Cono Sur.

Hoy observamos que, después de su estruendoso fracaso en toda Europa, como modelo de organización social y política, el colectivismo socialista se niega a desaparecer, y busca nuevos espacios en países en los que, por carencia de una sólida cultura política, quiere arraigarse con una especie de mutación de su perversa ideología totalitaria con el nombre de socialismo del siglo XXI.

Ese modelo populista y totalitario de gobierno ganó un espacio importante en América Latina con el auspicio del carisma de Fidel Castro y los petrodólares de Hugo Chávez, pero Colombia era una especie de excepción, como ha sido la tradición, mencionada atrás.

Sin embargo, las muertes de esos dos personajes, y el desastre de Venezuela dejó huérfanos y carentes de referentes a los líderes de países que habían abrazado esa causa y, quizás por ello, se produjo un efecto dominó que ha defenestrado a Lula y Dilma en Brasil, a los Kirchner en Argentina, a Mujica en Uruguay, a Bachelet en Chile y, quien lo creyera, a Rafael Correa quien ha sido víctima de su desmedida ambición de permanecer en el poder en Ecuador, con el cambio abrupto de política de su delfín Lenín Moreno.

Por lo anterior y ante la tozudez de los hechos, los promotores de tan perversa ideología no se resignan a esa derrota en esta región del mundo y, por ello, han puesto su empeño en salvar la cara con las próximas elecciones presidenciales de Colombia y México.

En Colombia, por supuesto, las apuestas de esos mentores ideológicos están con el candidato Gustavo Petro a quien, en alguna ocasión, Hugo Chávez calificara de practicar una “izquierda cobardona” y, en México, con el famoso Amlo, Andrés Manuel López Obrador.

Por ello resulta importante poner de presente ciertas actitudes y acciones del candidato Petro, como político y alcalde de Bogotá, que lo retratan como un personaje que sacrifica la verdad y manipula situaciones, en aras de vender unas promesas que los expertos que conocen de los temas saben que es retórica de corto plazo, pues los cambios que propone ni siquiera son posibles en el mediano plazo.

Por ejemplo, en su infortunado periodo como alcalde de Bogotá dio muestras de despotismo y actitudes mesiánicas que no se compadecían con su papel de gobernante de todos los residentes en Bogotá. Una de esas actitudes, que rayó en la descortesía, fue cuando el banquero y constructor Luis Carlos Sarmiento Angulo hizo entrega de las 600 viviendas donadas a sectores pobres de la ciudad afectados por las inundaciones de la ola invernal del fenómeno de la Niña, que les tocó a recibir al presidente Santos y a Antonio Navarro como secretario del Interior.

Antes de su posesión, Petro viajó a Francia invitado por ese gobierno para que conociera la experiencia de ese país en las diversas modalidades de transporte, especialmente el metro, la cual, según el mandatario, resultó exitosa. Una vez posesionado, las dos partes acordaron la visita de una misión de empresarios franceses y organismos vinculados al tema del transporte, y llegada la hora de la reunión, Petro brilló por su ausencia, dejó metido al embajador y sus invitados, y le tocó a Navarro atenderlos.

Hay otros eventos menores en los cuales Petro mostró su talante autoritario, como cuando no dio el permiso para un evento de jóvenes en una especie de olimpiadas de computación que debía realizarse en el recinto de la feria exposición, y cuando mantuvo en vilo, hasta última hora, la autorización de la maratón que anualmente se celebra como homenaje al cumpleaños de Bogotá y que ya está consolidada como un evento de prestigio en el calendario atlético internacional.

En la actual campaña, Petro se ha destacado como orador de plaza pública en donde expresa sus argumentos con mucha fluidez y convicción, que por supuesto nadie controvierte, pero ha evitado los foros gremiales en los cuales los expertos pueden ponerlo en evidencia.

En el último debate sobre Bogotá, Petro fue cuestionado varias veces por el también candidato Vargas Lleras, sobre el número de viviendas sociales construidas en su gobierno y Petro dijo que se atenía a las cifras del Dane que allí estaban disponibles y, finalmente, Vargas Lleras le dijo que esperaba que los técnicos aclararan esas cifras porque a él no le cuadraban.

De esa forma, Petro salió del paso con sus cifras amañadas, pues contó con la suerte de que ninguno de los participantes en el debate lo concretara, en cuanto al número de viviendas construidas y el presupuesto que el Distrito invirtió, pues los datos del Dane agregan la inversión privada en la materia que, irónicamente, pese a la forma como fue hostilizada por Petro ahora le sirvió de paraguas para camuflar sus debilidades de ejecución en materia de vivienda.

AMADEO RODRÍGUEZ CASTILLA

Columnistas

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