Luis Almagro y el rescate de la OEA

Luis Almagro y el rescate de la OEA

Aporta un discurso en torno a los principios que rigen la “Carta democrática” aprobada en Cartagena.

02 de agosto 2019 , 07:01 p.m.

Pocos saben que la OEA es la organización regional más antigua del mundo, pues fue creada en la primera Conferencia Internacional Americana, celebrada en Washington de octubre de 1889 a abril de 1890. Es decir que, durante la primera mitad del siglo XX, época de grandes conflictos como la revolución bolchevique en Rusia, las dos grandes guerras mundiales, el surgimiento y llegada al poder del nazismo en Alemania y el fascismo en Italia, además de la guerra civil española, la comunidad internacional no tenía ordenamiento y regulación alguna de carácter multilateral que pudiera mediar y procurar arreglos pacíficos de tales conflictos.

Terminada la Segunda Guerra Mundial con el triunfo de la singular alianza entre las grandes potencias occidentales y la Unión Soviética de Stalin, se celebró la famosa conferencia de Yalta, en la que, además de las sanciones a Alemania, se discutió sobre un nuevo orden económico y político mundial. En esa reunión, en la que solo participaron Roosevelt por Estados Unidos, Churchill por el Reino Unido y Stalin por la URSS, este último propuso el paradigma de que cada potencia tenía el derecho de imponer su sistema en los países a los cuales hubieren llegado sus ejércitos. De esa forma, la URSS se apoderó de media Europa y surgió la Guerra Fría, que era la emulación y confrontación entre los países de economía de mercado, o capitalistas, y los de economía centralmente planificada o socialistas.

Los países occidentales, liderados por Estados Unidos, se preocuparon no solo por la reconstrucción de la llamada Europa libre, sino de crear una serie de mecanismos que facilitaran el reordenamiento económico, social y político, como la ONU, el FMI, el Banco Mundial, el Acuerdo General de Aranceles y Comercio (GATT), y bajo la égida de la recién creada ONU se comprometieron a trabajar en la promoción de una era de paz, democracia y desarrollo para todo el mundo, lo cual incluía el proceso de descolonización. La URSS, por su parte, promovió la rebelión política armada como una forma de que los países entonces colonizados accedieran más rápidamente a la conquista de su independencia económica y política; por supuesto, bajo el tutelaje ideológico de esa potencia.

Por ello, cuando se crea el Sistema Interamericano en la conferencia de Bogotá en 1948, con ‘La carta de la OEA’, la región experimenta por primera vez el conflicto Este-Oeste, al que muchos analistas atribuyen el llamado Bogotazo, originado por el asesinato de Gaitán, dado que, como estaba prevista la presencia del general Marshall –cuyo nombre adquirió notoriedad mundial como el autor del plan que llevaba su nombre y permitió la reconstrucción de la Europa occidental–, la izquierda internacional se movilizó con miras a su boicot con la presencia de muchos universitarios y dirigentes extranjeros, entre los cuales se destacaron Fidel Castro y Rafael del Pino.

Ante el fracaso de esa intentona de socavar la OEA, no se necesita de análisis psicológico alguno para suponer que, desde esa época, Fidel Castro experimentó odio y hostilidad hacia esa organización, actitud que se incrementó cuando, ya en el poder por el triunfo de su revolución y su afán expansionista hacia la región, Cuba es expulsada de la OEA, situación que genera una etapa de denuestos e insultos de ese gobernante, quien no vacila en calificar la OEA como el “ministerio de colonias de los Estados Unidos”, expresión que es coreada por la izquierda recalcitrante de la región, en especial algunos sectores universitarios de entonces.

En ese contexto, la OEA se sumerge en una especie de letargo burocrático y se inicia una especie de coqueteo de algunos de sus países miembros que quieren una OEA sin Estados Unidos para complacer a Cuba, y otros que tratan de tender puentes para que Estados Unidos flexibilice su posición, especialmente en materia de sanciones económicas. Finalmente, sin que se diera un gesto amistoso de Cuba hacia la OEA, y dado que no existe norma sobre veto, se consigue la mayoría necesaria para la readmisión de Cuba, país que, sin embargo, no se da por aludido y permanece voluntariamente al margen de dicha organización.

Con la llegada de Luis Almagro a la secretaría general de la OEA, esta organización respira nuevos aires, con una dinámica presencia y un discurso renovado en torno a los principios y valores que rigen la ‘Carta democrática’ aprobada en Cartagena en 1985, que poco a poco ha ido aglutinando a los países democráticos de la región, que se sentían ideológicamente intimidados por el furor populista contestario del llamado socialismo del siglo XXI, quienes sin el menor recato y vergüenza habían venido apoyando las atrocidades de toda índole que la dictadura venezolana ha venido cometiendo en contra de ese noble y sufrido pueblo. Afortunadamente, los ciudadanos de Brasil, Argentina, Ecuador, Paraguay, Costa Rica y Honduras han sancionado electoralmente a esos irresponsables gobernantes y hoy, tanto en el grupo de Lima como en la OEA, hay un frente común mayoritario en contra de esa fracasada y falaz forma de gobernar.

Lo triste y decepcionante de esta historia es que el supuesto gran referente de la humildad y luchador y pregonero del respeto a los derechos humanos, don Pepe Mujica, prefirió seguir atado a la rémora ideológica que apoya al régimen de Maduro, irrespetando a su compatriota Almagro, quien fue su canciller por cinco años, con la lapidaria y despótica frase “lamento el rumbo por el que te enfilaste y lo sé irreversible, por eso ahora formalmente te digo adiós y me despido”.

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