El problema no es la desigualdad sino la inequidad

El problema no es la desigualdad sino la inequidad

El tecnocratismo clasista va en contra del anhelo de condiciones dignas de los colombianos.

05 de abril 2019 , 07:00 p.m.

Desde los inicios de la humanidad los problemas de la riqueza, el bienestar y la justicia han sido objeto de preocupación y debate entre los líderes de cada época. Muchas guerras y conflictos se han suscitado por el deseo de dominio de unos pueblos sobre otros, con el afán expansionista y de apropiación de recursos.

Si nos remontamos al surgimiento del cristianismo observamos que, al tiempo que Jesucristo promovía una cultura de la caridad y el amor al prójimo, también destacaba la necesidad del esfuerzo individual como legitimador de un cierto nivel de bienestar. Por ejemplo, cuando en alguna de sus enseñanzas ambulantes sus discípulos se distraían con problemas de pobreza de la comunidad en la cual se encontraban, Jesús los reprimió diciéndoles: “Pobres siempre tendréis entre ustedes, pero a mí no siempre me tendrán”. Fue más explícito en la famosa parábola de los talentos, cuando un gran patrón se va de viaje y escoge a algunos de sus servidores y les entrega cantidades diversas para que la inviertan y le rindan cuenta a su regreso, proceso que, al cumplirse, da lugar a felicitaciones a dos de ellos por la rentabilidad obtenida; mientras que al tercero, que guardó lo recibido y lo devolvió igual, lo regañó por su actitud indolente y displicente al no atreverse a invertir la suma recibida.

Ese antecedente nos muestra cómo, a la luz de la historia, son los talentos y las dotaciones intangibles las que permiten que cada individuo tenga un proceso de formación y desarrollo diferente al de los demás, lo que, por consiguiente, se traduce en mejores oportunidades de bienestar y de riqueza. Eso lo estamos viendo en los numerosos deportistas, artistas, modelos, cantantes, locutores, presentadoras, pintores, escritores, profesionales, científicos, diseñadores, etc., que a base de tenacidad y talento se han ganado un espacio importante en su respectiva especialidad, y eso a los colombianos de bien nos hace sentir orgullosos. Pero no ocurre lo mismo con los empresarios que, arriesgando sus capitales, crean riqueza y generan empleo, quienes son objeto permanente de estigmatizaciones por parte de los personeros locales de la ‘necrofilia ideológica’ atrás mencionada. A estos sectores recalcitrantes habría que recordarles lo que alguna vez dijera un dirigente de la entonces democracia cristiana europea: “La revolución no se hace por odio a los que tienen sino por amor a los que no tienen”.

Lo anterior no implica prohijar prácticas de capitalismo salvaje que, en muchos casos, se convierten en canales de explotación de los individuos más vulnerables, lo que va en contravía de las condiciones dignas de las cuales deben disfrutar el resto de los ciudadanos, lo que nos conduce a la equidad en el trato y en la generación de ingresos. Esto se obtiene con buenas políticas públicas de dotación de bienes básicos colectivos y políticas salariales y sociales que incidan positivamente en la generación de empleo e ingresos que permitan el fácil acceso a los bienes y servicios básicos.

Pero ese escenario en Colombia se ve perturbado por ciertas fuerzas que actúan en contravía de esos anhelos y que, en cierta forma, le dan argumentos a los enemigos de la economía de mercado para su discurso populista.

Esas fuerzas son el tecnocratismo clasista y el gremialismo cerrado y egoísta, de lo cual expongo algunos elementos:

1. En Colombia no impera una racionalidad económica competitiva sino acumulativa, de la cual se derivan prácticas oligopólicas que permiten negociar desde posiciones de fuerza. El caso más relevante en la materia sucedió con la defenestración del sistema Upac, que funcionaba con base en la variable de mercado como es el IPC y nuestros tecnócratas lo fueron marchitando, hasta llevarlo a funcionar solo con la tasa de interés corriente, variable oligopólica, que los bancos cobraban a sus clientes. Ello causó la quiebra del sistema y la pérdida de sus viviendas de muchos deudores, pues la perversidad de la situación los llevó a que la deuda fuera mayor que el préstamo inicial. Después de muchas disputas judiciales, los dolientes obtuvieron un fallo favorable de la Corte Constitucional y, cuando un reportero le preguntó a uno de esos tecnócratas sobre si no temía una acción de repetición, el funcionario sacó su chequera y desafiante dijo: “¿A quién le giro el cheque?”.

2. Organismos como el Icetex y el Fondo Nacional de Ahorro, que fueron creados como organismos de fomento de la educación en el exterior y de la vivienda para los empleados del sector público, fueron convertidos, por la acción ‘diligente’ de nuestros tecnócratas y el lobby oficioso del respectivo gremio, en organismos financieros, lo cual cambió su naturaleza y los puso al mismo nivel de la operación bancaria corriente. Hoy vemos a un Icetex con las arcas llenas y con una larga lista de empresas de cobranzas, hostigando a sus usuarios, es decir, a los estudiantes, amenazándolos con cobros judiciales si no se ponen al día.

3. Caso Ecopetrol. Según recientes declaraciones de su presidente, dicha empresa tiene alrededor de 260.000 pequeños accionistas; pero, por arte de birlibirloque, quien representa a esos accionistas es la entidad de investigación Fedesarrollo, sin que se sepa cómo se realizó esa designación. Por ello, el famoso escándalo de Reficar pasó inicialmente de agache en esa junta directiva y todavía el país no conoce ni la sanción ni el valor del daño y menos los responsables. Creo que tal cosa no habría ocurrido si en esa junta hubiera estado presente la entidad sindical USO.

*Economista consultor.

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