El guerrero de la paz y el desarrollo

El guerrero de la paz y el desarrollo

Un hombre visionario que dejó honda huella de servicio a los demás y al país.

16 de agosto 2019 , 07:00 p.m.

Carlos Ossa Escobar nunca hizo parte de capillas ideológicas contestarías, liberal en el sentido filosófico y político, era de un talante tolerante, abierto al diálogo y al entendimiento con sus ocasionales interlocutores, que fueron de las más variadas orientaciones. Vivió las facetas clásicas de nuestro entorno empresarial, en el gremio agroindustrial Asocaña y como presidente del gremio cúpula del sector agropecuario como es la SAC, y en el sector público institucional como viceministro de Agricultura, alto consejero de paz y gerente del Incora en el gobierno Barco, miembro de la asamblea nacional constituyente de 1991, miembro de la junta directiva del Banco de la República, concejal de Bogotá D. C. y aspirante a su alcaldía, Contralor General de la República, rector de dos universidades, una privada, la Autónoma de Colombia, y otra pública, la Distrital.

Hombre visionario que dejó honda huella de servicio a los demás y al país, en el amplio espectro en el cual se desempeñó, pues no se resignó al simple y rutinario cumplimiento de funciones burocráticas, sino que, con visión prospectiva, se comprometía con responsabilidades de más amplio alcance con una concepción holística de su quehacer misional.

Esa actitud la vimos cuando sacudió al Incora del marasmo institucional de muchos años, que después de un arranque muy dinámico y promisorio en el gobierno Lleras Restrepo, sufrió un frenazo abrupto con el pacto bipartidista de Chicoral, que fue la respuesta de la clase dirigente de entonces a las acciones de hecho de una organización campesina, que fue desbordada por elementos extremistas que prohijaron las tomas violentas de tierra.

No se resignó al simple y rutinario cumplimiento de funciones burocráticas, sino que, con visión prospectiva, se comprometía con responsabilidades de más amplio alcance

Ossa se esforzó por hacer cumplir las modificaciones que se dieron del estatuto agrario, con la ley 30, en la cual se definió que la reforma agraria era “una responsabilidad integral del Estado” y que a su finalidad y cumplimiento debían concurrir todas las entidades públicas con presencia en las zonas rurales. El desarrollo de ese nuevo paradigma implicó una reforma institucional de gran alcance, con la creación de un sistema de planeación de aplicación en un nuevo mapa de acción con las zonas de reforma agraria, cuyos fundamentos eran la capacitación para la participación campesina y la gestión comunitaria con base en la asistencia empresarial rural (AER). Esas zonas de reforma agraria se conformaron al estilo de la teoría de los polos de desarrollo, del francés François Perroux.

Una vez nombrado como miembro de la junta del Banco de la República, llamó la atención del gobierno de turno sobre la inconveniencia de adoptar la liberación cambiaria primero que la del comercio exterior, y explicó que el país se expondría a la masiva llegada de flujos monetarios de toda índole al volver a las épocas de la “ventanilla siniestra”, expresión que en su momento puso en boga el patriarca manizaleño Leonidas Londoño y Londoño, al registrar el hecho de que cualquier ciudadano podría ir a un banco a vender dólares sin que aquel le preguntara por el origen de los mismos. Risible fue la respuesta del gerente del BR de la época, quien, con su sutileza y fino humor santafereño, respondió que ese no era un tema para las autoridades económicas sino para la policía. La dura experiencia que vivió el país como meca de lavado de activos le dio la razón a la oportuna advertencia de Carlos Ossa.

Conocida es su gran labor de modernización de la Contraloría General de la República, en la cual acabó con el clientelismo reduciendo el tamaño de esa entidad de 17.000 a 4.200 funcionarios, de los cuales el 90 por ciento quedó incorporado a la carrera administrativa después de haber aplicado eficientes filtros para acceder a la misma.

Los lectores de este libro encontrarán muchos pasajes de la vida profesional y personal de Carlos Ossa Escobar, que hacen parte de su legado y que nos quedan como lecciones de vida de quien, sin uno saber si era agnóstico o creyente vergonzante, califica en grado sumo para entrar en la categoría del humanismo cristiano del que hablara, en estupendo ensayo, el gran pensador católico francés Jacques Maritain.

* Economista consultor

** Esta columna hace parte del prólogo al libro póstumo de Carlos Ossa Escobar ‘No más historias fallidas’, publicado por Intermedio Editores y que está a la venta en las librerías Nacional y Panamericana.

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