El fútbol y la geopolítica

El fútbol y la geopolítica

Este deporte se ha expandido como pandemia, y con él los gobernantes reafirman su poder político.

18 de julio 2018 , 12:00 a.m.

Terminado con éxito el campeonato mundial de fútbol, con el triunfo de Francia y la hazaña histórica de Croacia como subcampeón, he querido apelar a mis recuerdos para hacer notar cómo este deporte se ha expandido como pandemia mundial y los gobernantes lo han utilizado para reafirmar los nacionalismos y, por contera, su poder político. De seguro que, en su momento, Carlos Marx y Federico Engels lo habrían calificado como otro “opio del pueblo”, tal como lo hicieron con la religión.

Durante un buen tiempo, y con el interregno de la Segunda Guerra Mundial, la periodicidad cuatrienal se alteró hasta la década de los cincuenta, cuando en Suecia aparece la magia brasileña de la mano de un mozalbete que a los 17 años, revolucionó los cánones hasta el momento conocido de ese popular juego, cuya onda expansiva se sintió y repercutió en todo el mundo.

Edson Arantes do Nascimento, la ‘perla negra’, o sencillamente Pelé, fue el imán que llevó grandes multitudes a los estadios en todo el mundo y, por supuesto, llenó las arcas de su equipo del alma: el Santos de São Paulo, en el cual jugó durante toda su vida activa de futbolista estrella, aun cuando después de oficializado su retiro lo llevaron a Estados Unidos como gran animador y promotor del fútbol de dicho país en el club Cosmos.

Finalmente, quien se ha llevado las palmas y el premio mayor en la materia, es Vladimir Putin, el zar moderno de Rusia, quien fue el gestor y organizador del campeonato mundial que acaba de pasar.

Colombia no fue ajena a la presencia de ese fenómeno, y fue así como, en un Campín abarrotado hasta las banderas, en un partido amistoso frente a Millonarios, al árbitro principal, el popular Chato Velásquez, se le dio por expulsar a Pelé por una de esas jugadas propias del fútbol sin que mediara advertencia previa, pues, en esa época, todavía no existían las tarjetas rojas y amarillas que hoy son los instrumentos que los árbitros utilizan para imponer su disciplina. El citado hecho provocó una rebelión grande del público asistente, pues decían, con razón, que ellos habían ido a ver a Pelé y, ante la eventualidad de una asonada, los directivos detuvieron el partido, desautorizaron al árbitro, quien se negó a seguir “pitando” y lo reemplazó otro árbitro que estaba de espectador: el colombochileno Mario Canessa.

En esa época, 1962, Colombia clasificó por vez primera a un mundial de fútbol, celebrado en Chile, después de un difícil triunfo ante Perú, en Lima, lo cual ocasionó graves problemas de orden público. Colombia jugó en la subsede de Arica con equipos de las entonces Unión Soviética y Yugoslavia, y Uruguay, en donde obtuvo un histórico empate a cuatro goles con la Unión Soviética, uno de ellos olímpico de Marcos Coll, hazaña que todavía se mantiene como evento único, como que fue ante el mejor arquero del mundo de la época, la ‘Araña Negra’ Let Yatsin.

Ese empate, con sabor a triunfo, fue más resonante dado que era la época de la Guerra Fría con Estados Unidos como cabeza del llamado “mundo libre” o de economías de mercado, y la Unión Soviética como cabeza de las economías socialistas que se autoproclamaban “dictaduras del proletariado”.

Por lo anterior se explica que el entonces presidente electo, Guillermo León Valencia, con su elocuencia piedracielista , terminara su mensaje de felicitación con la frase “… espero que la próxima vez triunfe la democracia sobre la dictadura”. También la picaresca bogotana hizo su contribución, al traducir las letras CCCP de las camisetas de los soviéticos con el calambur “con Colombia casi perdemos”.

Pero el nexo más evidente entre la geopolítica y el fútbol apareció en el mundial de Alemania, en 1974, en donde jugaron dos equipos de la Alemania dividida, la Federal y la Democrática, en el que Henry Kissinger, como invitado especial, se comprometió a promover el desarrollo del fútbol en Estados Unidos, cuyo éxito ha sido evidente. Otra prueba la tuvimos en el mundial de fútbol de 1978 de Argentina, cuando la muchedumbre, enloquecida por el triunfo de su equipo, no vaciló en aplaudir al general Videla y demás integrantes de la entonces junta militar como artífices de haber conseguido la sede, pese a los señalamientos y serias acusaciones sobre abusos y crímenes de lesa humanidad, como posteriormente se comprobó por la justicia.

Finalmente, quien se ha llevado las palmas y el premio mayor en la materia, es Vladimir Putin, el zar moderno de Rusia, quien fue el gestor y organizador del campeonato mundial que acaba de pasar, con una organización y logística impecables, que le han cambiado la cara favorablemente a ese que, para muchos, era un enigmático país.

AMADEO RODRÍGUEZ CASTILLA
* Economista consultor

Columnistas

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