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Dios, pandemia y ciencia

Dios, pandemia y ciencia

Los creyentes estamos convencidos de que todo lo que se mueve en este mundo es por voluntad de Dios.

La pandemia de la que hoy padece el mundo es una especie de versión perversa de la globalización que se ha formulado y querido aplicar como modelo eficiente de gestión económica por los grandes centros de poder a nivel mundial.

Contrario a las otras epidemias, originadas en el llamado tercer mundo y que, con cierto tono despectivo eran calificadas como enfermedades tropicales, asociadas a condiciones sanitarias deficientes y a una subcultura del atraso y descuido, esta pandemia se inició en la segunda potencia económica mundial, como es China, y de ahí saltó a Europa, ocasionando muchos estragos, desde donde se ha expandido al resto del mundo.

El escenario derivado de esta crisis epidemiológica ha sido de dimensiones planetarias en la salud, la economía, la organización social y, paradójicamente, ha representado un respiro pausado para la naturaleza y el medioambiente, como ha sido la reaparición de especies animales que se habían escondido en las profundidades selváticas, algunas que se creía extinguidas, y la reducción de la contaminación del aire y los océanos.

Hemos visto, también, una respuesta pronta y de óptima calidad de la ciencia, que a los siete meses ya se tenían prototipos de vacunas, en diversas naciones, para un virus totalmente desconocido y que, por consiguiente, planteaba un desafío investigativo de grandes proporciones.

También se ha puesto de manifiesto la discusión sobre la vigencia de ciertos valores que orientan la conducta de los seres humanos, y el modelo de organización social en el cual se desempeñan.

Hemos podido advertir cómo cuando las organizaciones sociales creen que con el desarrollo científico y tecnológico tienen el control suficiente del desarrollo material y humano con sus estilos de vida y bienestar, surgen eventos que ponen a prueba la creatividad y capacidad de reacción para superarlos.

En esta crisis hemos sido testigos de lo que algún hombre público dijera hace muchos años, “los hombres somos briznas de hierba en las manos de Dios”, de lo cual se deriva que, así como Adam Smith decía que la dinámica de la economía dependía de una especie de mano invisible, los creyentes estamos convencidos de que todo lo que se mueve en este mundo es por el poder y voluntad de Dios. Y esta pandemia es una prueba de ese enfoque, pues no se siente en el ambiente ni se ve, y solo quienes la padecen pueden dar el respectivo testimonio. A riesgo de incurrir en una irreverencia podemos decir que, como a Dios, no la vemos ni observamos, pero que está en todas partes.

Esta situación me ha hecho recordar a un sector de científicos quienes creyeron encontrar el origen del universo en un experimento extremadamente costoso, realizado en Suiza, que implicó la construcción de un túnel de 45 kilómetros, con un enjambre de sofisticados aparatos, especialmente acondicionado para simular las condiciones previas al nacimiento del universo, y en el que el objetivo era identificar una partícula que les hacía falta para que el modelo, construido por ellos, funcionara.

En palabras de la científica española Mariam Tórtola:

“Quienes nos dedicamos a investigar esta rama de la física pensamos, porque así lo dicen los mejores modelos que tenemos, que cuando el universo acababa de nacer, solo una millonésima fracción de segundo tras su inicio, eso era lo que había. Nada más que esas partículas fundamentales y una gigantesca energía, o lo que es lo mismo, calor, y el espacio y el tiempo que acababan de nacer. De las interacciones entre esas partículas surgió todo lo que ahora forma el universo”.

A esa partícula fundamental derivada de tal experimento la llamaron, inicialmente, “el bosón de Higgs”, pero el entusiasmo por el ese hallazgo fue tal “que el premio nobel de Física Leon Lederman escribió un libro de divulgación sobre las partículas elementales que se llamó La partícula de Dios. “Y en él, Lederman cuenta que él quería llamar a su libro La maldita partícula (The Goddamn Particle) porque su detección se resistía con tozudez, pero los editores pensaron que podía resultar ofensivo y se inclinaron por La partícula de Dios, (The God Particle), que les pareció mucho más comercial”.

Agrega la física Mariam Tórtola que “el libro fue un éxito y popularizó esa fórmula para referirse a un bosón, el de Higgs, tan esquivo para la ciencia y del que se esperaba que resolviera una buena parte de lo que se desconocía sobre los primeros instantes del universo”.

Las citas anteriores solo tienen la finalidad de mostrar lo que fue un momento de soberbia y autosuficiencia de un sector de los científicos, quienes creían haber descubierto el origen del universo, pero a quienes el nombre de Dios les sirvió para una operación de mercadeo en gran escala.

Sobre dicho evento, y el calculado estremecimiento de conciencia que se produjo con ese promocionado descubrimiento, la mejor crítica que este columnista ha leído fue una estupenda caricatura del maestro Héctor Osuna en El Espectador, en la que aparecen san Pedro con sus famosas llaves y un Dios preocupado por su protagonismo, y el primero le dice al segundo: “Tranquilo que apenas van en una partícula”.

Amadeo Rodríguez Castilla
Economista consultor

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