Cartagena y la revolución de las pequeñas cosas

Cartagena y la revolución de las pequeñas cosas

Lo que sigue es pasar a la acción con una estrategia de reordenamiento económico y social.

19 de noviembre 2019 , 11:06 a.m.

A lo largo de mis 15 años como columnista de EL TIEMPO, he dedicado varias columnas al acontecer de la vida política, económica y social de nuestro Corralito de Piedra, recordando con nostalgia la ciudad altiva de otros tiempos y la decadencia en la que había caído, víctima de la corrupción, el clientelismo y la indolencia conformista de los amplios sectores de la gente buena y decente que la habita, que no se atrevían a reaccionar frente a esta nueva forma de piratería, que con prácticas vitandas se tomó la administración por dentro, por elementos foráneos y advenedizos.

En mi última columna, ‘Cartagena: un buen consejo para un mejor Concejo’, me hice eco de un fenómeno nuevo como es la aparición, por las redes sociales, de opiniones críticas, unas radicales y otras más equilibradas, sobre el estado de postración en el que había caído la Administración de la ciudad, pero siempre con un tono pesimista en cuanto que los vicios derivados de la falta de cultura política se habían arraigado tanto en la ciudad que ya se los consideraba rémora estructural que hacía parte del paisaje.

Un hecho inesperado e insólito, como fue la divulgación, quince días antes de las elecciones, de unos audios de contenido escabroso, en los que sus actores, sin el menor pudor, decían cómo deberían repartirse las coimas en la adjudicación de grandes contratos, por la aguda periodista Vicky Dávila en su programa de La W Radio, causó un escándalo de colosales dimensiones que ha estremecido la conciencia nacional y llenado de vergüenza a la Cartagena decente.

Con esos antecedentes de empoderamiento moral e intelectual, William Dau llega a la jefatura de una ciudad postrada y envilecida por toda clase de malas prácticas

Sin embargo, ninguno de los analistas locales y nacionales daba un peso porque tal escándalo tuviera inmediatas consecuencias en los resultados de las elecciones del 27 de octubre. Pero, como decía el expresidente y escritor José Manuel Marroquín, en más de una ocasión sale lo que nadie espera. Y he aquí que los reflejos de dignidad de la ciudad ofendida se activaron y la hicieron volver por sus fueros de orgullo, altivez y amor por el terruño y les dijeron BASTA a sus tradicionales depredadores electorales, con la sorpresiva e inesperada elección como alcalde de William Dau Chamatt, uno de los catorce aspirantes, de quien muchas personas, entre ellas quien esto escribe, jamás habíamos escuchado como opción político-electoral.

Lo que a primera vista parecía un acto desesperado de despecho electoral de la gente decepcionada ha resultado, en el fondo, un acto de justiciero reconocimiento a un ciudadano que desde muy joven se dedicó, como veedor cívico, a denunciar en forma valerosa y documentada a todos aquellos partícipes de la corrupción, trátese de políticos, funcionarios públicos, judiciales y de los entes de control, por lo cual recibió muchas amenazas y tuvo que exiliarse, pero no como uno de tantos parásitos políticos que viven de ayudas y auxilios del país que les dio asilo, sino que puso su talentoso conocimiento y experticia al servicio de una de las firmas de abogados más importantes del mundo, de la cual llegó a ser vicepresidente.

Con esos antecedentes de empoderamiento moral e intelectual, William Dau llega a la jefatura de una ciudad postrada y envilecida por toda clase de malas prácticas, y con una sociedad expectante e incrédula que todavía no sale de su estupor ante tan inesperado resultado electoral.

Ya algunos aguafiestas han comenzado a cuestionarlo con argumentos ridículos, como, por ejemplo, que su programa de gobierno apenas tiene cinco hojas, en contraste con la hojarasca retórica con la que otros charlatanes embaucan a sus interlocutores y disfrazan sus protervas intenciones; otra ligera crítica es la de su desvinculación de la ciudad en los últimos años, ignorando que el desarrollo tecnológico actual permite tener información de primera mano, en tiempo real y desde cualquier lugar del mundo.

Lo que sigue es pasar a la acción con una estrategia de reordenamiento económico y social, con base en la selección meritocrática de los mejores talentos para liderar esta revolución súbita de las cosas pequeñas, que atañen directamente a la solución de la situación de pobreza en la que malviven amplios sectores de la ciudad, para tratar de equilibrar las cargas y que no se siga hablando, de manera caricaturesca, de las dos Cartagenas: la opulenta, de la cual disfrutan los privilegiados, y la miserable de la periferia, a la cual no le llegan el progreso ni el bienestar.

Estimulantes son las primeras declaraciones del nuevo alcalde cuando habla de soluciones sencillas de pico y pala, para ocupar a esos amplios ejércitos de personas no calificadas con base en las prioridades definidas por las propias comunidades, y la advertencia hecha a los concejales que pretendan chantajear a la Administración. Hay que volver a las ideas del gran pensador de El Cabrero e insigne estadista Rafael Núñez, quien creó la figura del cabildo abierto, como un canal efectivo de comunicación con la comunidad y que haga de la planeación participativa y comunitaria una realidad.

* Economista consultor

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