Y la paz abrió el camino

Y la paz abrió el camino

La cultura política empezó a transformarse positivamente a través de la irrupción de nuevas fuerzas.

08 de septiembre 2018 , 12:00 a.m.

En el lapso transcurrido entre las diez rondas previas herméticamente adelantadas para la configuración de la agenda que dio paso a aquella primera reunión de Oslo, el sábado 18 de octubre de 2012, y los “acuerdos del teatro Colón”, suscritos en Bogotá el jueves 24 de noviembre de 2016, arduas pero civilizadas e inteligentes discusiones entre los delegados del Gobierno y la insurgencia armada de las Farc dieron lugar al diseño y concreción del acuerdo “para la terminación del conflicto y la construcción de una paz estable y duradera”.

Se precisa un enorme esfuerzo de imaginación y realismo crítico para darle cabida desprejuiciada y ponderar toda esa creativa elaboración de mecanismos superadores de la violencia armada de cincuenta años y de construcción de un futuro de paz, así como para entender la prolija edificación de instrumentos procedimentales como la Comisión de la Verdad, la JEP y el papel del Congreso de la República y de la Corte Constitucional en la implementación de los acuerdos y la verificación de su identidad jurídica con la Constitución colombiana, orientados a atender normativamente el posconflicto. Una construcción jurídico-política ampliamente enaltecida por la comunidad internacional.

Cuando en sectores cortoplacistas se frotaban las manos esperanzados en un eventual rompimiento de los diálogos, en la mesa de conversaciones –en donde se pensó siempre en el largo plazo– surgieron ideas creativas, ingeniosas propuestas como aquella inédita fórmula de negociar en medio del fuego a instancias del gobierno y la sorpresiva declaratoria de una tregua unilateral decretada por tres meses –entre noviembre de 2012 y enero de 2013– por las Farc-EP, que sorprendió a la delegación gubernamental y desconcertó a las fuerzas extremas –incluidas algunas supuestamente de izquierda– que le jugaron siempre al fracaso de los diálogos de La Habana.

Contra toda esa pesadumbre política, el proceso de paz ha jugado su apuesta democrática por la paz y la convivencia civilizada.

Al propio tiempo, era previsible que sectores dominantes de la sociedad, encarnados en un proceso de evolución adaptativa hacia la guerra, propugnaran con todos los medios a su alcance el restablecimiento de la larga atmósfera de confrontación armada. Para ello, han contado con el fácil expediente de gobiernos con bajos niveles de institucionalización; una sistemática fragmentación del tejido social y la crónica abstención electoral como causa eficiente facilitadora, además de las alianzas entre sectores poderosos de la economía, actores armados ilegales y reconocidos grupos políticos de ultraderecha que han ejercido su vocería legislativa para ordenar el curso del Estado en función del incremento constante del gasto militar, en beneficio de la prolongación de los conflictos y con la finalidad última de controlar la propiedad rural.

Contra toda esa pesadumbre política, el proceso de paz ha jugado su apuesta democrática por la paz y la convivencia civilizada. Hasta el punto de que algunos actores representativos de las élites nacionales han llegado a reconocer –con base en el cumplimiento de los acuerdos y la voluntad propositiva de la insurgencia– los serios fundamentos sociopolíticos de las Farc que podrían darle curso a una conflictividad social sin víctimas, tanto como a la afirmación de un proyecto de amplia participación política de la sociedad y al despertar cultural de la comunidad toda en una lucha sin tregua contra la corrupción público-privada.

Bien es sabido que quienes intervinieron en el proceso de diálogos de La Habana no lo estaban solo para decretar el fin de la combatividad armada y sus actividades conexas. En el caso de los actores de la insurgencia, negociaban para adquirir el estatus de fuerza política y alcanzar el logro máximo de una democracia moderna con justicia social para todo el pueblo colombiano.

Sin embargo, sometidos a la prueba ácida de un inexplicable plebiscito de refrendación, convocado por el gobierno, tales acuerdos no fueron aprobados por la mayoría mínima: el 50,2 % de los votantes –despistados por las ‘fake news’ uribistas– optaron por el No, mientras que el 49,7 % lo hicieron por el Sí.

Paradójicamente, a partir de allí, la cultura política de los colombianos empezó a transformarse positivamente, a expresarse a través de la irrupción de nuevas fuerzas (51% en la primera vuelta presidencial entre De la Calle, Petro y Fajardo) y nuevas propuestas de cambio y reorientación política: La primera prueba de ello fueron los casi nueve millones de votos por el candidato de la Colombia Humana, Gustavo Petro, y la segunda, los cerca de doce millones de tarjetas depositadas contra la corrupción, en agosto inmediatamente anterior, a despecho de la política tradicional y su perniciosa conducta moral. Nuestro país ya no será el mismo de antes de la guerra.

ALPHER ROJAS

Columnistas

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