Jorge Arango Mejía

Jorge Arango Mejía

Su trabajo ético y la modernización institucional lo consagraron en la administración pública.

24 de julio 2018 , 12:00 a.m.

En su dilatada trayectoria pública, Jorge Arango Mejía fue un ilustrado ciudadano que vivió intensamente el siglo XX. El país pudo apreciarlo como uno de los actores de primer orden en el universo jurídico de los últimos tiempos, con esporádicas incursiones en la práctica política, actividades en las que su pensamiento y su acción pudieron conocerse y valorarse en su extensión y riqueza, siempre que las circunstancias degradadas del discurso político o la crítica situación del país –¡o la corrupción público-privada en su región!– así lo demandasen.

Fue un eficiente gobernador de su departamento, Quindío, y destacado jefe de misión diplomática en Praga (la tierra de Kafka), que desempeñó sus cargos sin fanfarrias mediáticas ni grandes pretensiones ulteriores. No aspiraba a convertirse, entonces, como ha sido habitual en los 'viudos del poder', en una figura pública de bulliciosa y persistente resonancia hasta conquistar un escaque en el tablero de las élites nacionales. Solo que su trabajo ético sin pausas y sus acertadas fórmulas de modernización institucional lo condujeron lenta, pero efectivamente, a su progresiva consagración como jurisconsulto de quilates y tratadista brillante en el ámbito complejo de la administración pública.

En la Universidad Externado de Colombia –bajo la guía ejemplar del rector Fernando Hinestrosa–, siendo muy joven, “con su mirada penetrante para contemplar el mundo”, había construido la imagen de fervoroso y disciplinado estudiante por su cartesiana actitud y su justa valoración de los hechos notorios. Sabía discernir racionalmente entre los protagonistas de la historia o las aristas de los acontecimientos que interesaban a la opinión pública. Deducía con idoneidad qué, quién y por qué lo eran y por qué merecían el rechazo o la aceptación social, amparado, antes que en prejuicios moralistas o en preconceptos dogmáticos, en una noción prístina de los derechos humanos y en la ética pública, instrumentos de teoría humanística que fueron como faros orientadores en sus decisiones.

Arango Mejía ganó su última batalla un poco antes de que su pulcra figura emprendiera el viaje definitivo. Aplausos a su vida y a su obra.

Su preocupación por las cuestiones que interesaban a todos los sectores no fue solo y únicamente para criticarlas como patologías sociales desde su perspectiva jurídica o filosófico-política, sino más bien para resolverlas de manera constructiva y, ojalá, concreta y eficazmente. Y lo hacía con gran propiedad e ilustración basado en los códigos prescriptivos de la experiencia y en su profunda vocación de estudioso del derecho. Se deleitaba embebido en sus libros mejores y disertaba con propiedad y sabiduría acerca de sus contenidos, metodologías y formalidades más allá del convencionalismo crítico.

Pero su admirable carrera pública de gobernante, juez, embajador y magistrado partió de esa capacidad de combinar atributos y virtudes de ilustrado, de sus severas lecturas históricas, económicas, políticas y literarias, tanto como de sus relaciones culturales con los productores del conocimiento. Con ese bagaje llegó a ser parte de los comités presidenciales de Carlos Lleras Restrepo y Luís Carlos Galán.

Siendo miembro de la administración subnacional del Quindío, tuvo la oportunidad de proveer al nuevo gobernador del Cesar –expresidente Alfonso López Michelsen– de un equipo de asesores formados por él para contribuir a la estructuración administrativa de esa nueva unidad territorial. Fue veedor estricto del Partido Liberal, y mientras lo fue ningún indigno logró su aval.

En 1994, el doctor Arango Mejía sería seleccionado para desempeñarse como uno de los integrantes de la Corte Constitucional de Colombia, y su presidente en 1994. De esa Corte Admirable hacían parte, entre otros, Carlos Gaviria Díaz, José Gregorio Hernández y Fabio Morón Díaz, prominentes juristas del país que contribuyeron a estructurar ese gran proceso civilizatorio constituyente de 1991.

Cuando se dieron las condiciones, regresó a su tierra amada, Armenia, en donde se irguió solitario y digno para emprender una lucha sin cuartel contra el cartel de apostadores (que había capturado la política y el presupuesto público) con gran peligro para su vida, desde sus columnas semanales en el diario La Crónica del Quindío.

Armenia es una ciudad que tiene más casinos que librerías, y más puntos de venta de chance que universidades. Los dos últimos alcaldes (Luz Piedad Valencia y Carlos Mario Álvarez), encarcelados por delitos contra la moralidad administrativa, constituyen elocuente testimonio de cómo el Partido Liberal manipula el patrimonio moral de los armenios, desde las casas de apuestas.

Arango Mejía ganó su última batalla un poco antes de que su pulcra figura emprendiera el viaje definitivo. Aplausos a su vida y a su obra.

ALPHER ROJAS

Columnistas

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