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El Quindío, una pasión florecida

El Quindío, una pasión florecida

Un modo de ser regional basado en una especial cosmovisión de la existencia.

11 de octubre 2021 , 08:00 p. m.

Aquella “mariposa verde” –sugestiva metáfora creada por el poeta Luis Carlos González para definir la configuración geográfica del Gran Caldas– que aparecía asentada descansando, con sus grandes alas de esmeralda sobre el corazón de Colombia, fue súbitamente descuartizada por fríos legisladores nacionales, para conformar tres nuevas entidades territoriales, una de ellas el departamento del Quindío, cuya capital, Armenia, cumple 132 años de fundada este 14 de octubre.

(Lea además: Un proyecto histórico para transformarnos)

Desde entonces, la pujanza de sus pobladores quedó alinderada en un triángulo, que irriga a la economía nacional con su generosa producción agrícola. Es una ola vegetal que se desprende desde la cordillera Central en reiteradas ondulaciones, hasta reclinarse plácidamente en un feraz valle a orillas del río La Vieja.

Esta tierra viva y cálida (“la mejor y más saludable del país”) acogió los errantes pasos de migrantes santandereanos (Ocaña, de donde provino la primera planta de café, llegada allí desde el cuerno del Africa), boyacenses, caucanos y antioqueños (los llamados ‘paisas’ que se inventaron la fábula de la colonización antioqueña, tomada del geógrafo norteamericano James Parsons, quien asoció los procesos de ocupación e incorporación del suroccidente colombiano a una supuesta y excluyente colonización).

El proceso dio lugar a la configuración de un tejido social humanista, una amalgama de costumbres y de virtuoso sincretismo cultural y productivo, un heterogéneo cuadro social que, por lustros, creó industria derivada del café y la convirtió en una de las regiones más prósperas del país y cuya laboriosidad y cuidado sostenible llevó a las Naciones Unidas (Unesco) a incluirla dentro del paisaje cultural cafetero como “patrimonio cultural de la humanidad”. (25 de junio de 2011).

La pujanza de sus pobladores quedó alinderada en un triángulo, que irriga a la economía nacional con su generosa producción agrícola.

El hombre quindiano es un ser estremecido por la belleza exuberante de la naturaleza. Ese contacto asiduo con el aroma vegetal de su campiña con su tierra labrantía le aporta valores de sencillez a su carácter y complementa un modo de ser regional basado en una especial cosmovisión de la existencia. Desde esta perspectiva, los librepensadores y los artistas –nefelibatas y malacólogos– encuentran en el territorio quindiano el jardín adecuado para plantar los poderosos arrayanes de su rebeldía.

A finales de 1927, Armenia, un incipiente poblado de arquitectura de guadua, acogió el innovador ideario de Darío Echandía, quien le dio a cambio una carta de navegación social, política y administrativa para que se aproximara con decisión al futuro. Por esos mismos años, el calarqueño Luis Vidales subvertía los cánones poéticos para hacer resonar los timbres de la modernidad. El cementerio Libre de Circasia, creado por el patricio Braulio Botero, se convirtió en símbolo de mentalidades democráticas y progresistas que, frente a la persecución y al marginamiento de los cuales eran objeto, proclamaron que ni la misma muerte podría ser causa de subyugación física o espiritual.

Son dueños nuestros campesinos de una excepcional narrativa oral que ha servido de fundamento para la elaboración de obras ya inscritas en la literatura nacional. A la plasticidad de sus historias de duendes y fantasmas que suelen contar en las noches de luna, sentados en taburetes de vaqueta, mientras silba el viento sobre las anchas hojas de los platanales, añaden las propias experiencias de su temple, de su valentía sin sombras para afrontar los peligros y los grandes desafíos en las sórdidas cantinas de la vereda bajo la violencia conservadora.

Sin embargo, hoy toda esa época nefasta de barbarie ha sido contrarrestada: las aulas de la Universidad del Quindío, abiertas a las corrientes universales del pensamiento contemporáneo, constituyen un signo de progreso y de convivencia que le ha aportado a la región el bagaje de una bien cimentada formación académica con la cual se han rastreado los laberintos de la historia reciente y remota para proyectar en sus habitantes una base cultural que les permita sobrevivir en medio del tráfago aculturizante de los tiempos actuales.

Sobre las bellas y verdes colinas del Quindío, cuando el sol de los venados plasma su iridiscente atardecer, una mariposa con el fresco verdor de su anatomía palpitante aletea para anunciar la posible unificación de los municipios hermanos en una vigorosa área metropolitana que determine la unidad perdida de su pueblo.

ALPHER ROJAS C.

(Lea todas las columnas de Alpher Rojas en EL TIEMPO, aquí)

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