El contrapoder crítico de la calle

El contrapoder crítico de la calle

Esos movimientos sociales constituyen una expresión saludable de las ciudadanías democráticas.

29 de julio 2019 , 07:48 p.m.

La extraordinaria y pacífica movilización humana y popular del viernes 26 de julio está llamada a figurar entre las más significativas expresiones democráticas de la historia reciente, tanto más si se tiene en cuenta su heterogénea composición en términos de procedencia social, origen geográfico, edad y género, así como la relevante característica ética comprobada, según la cual todo lo necesario para su realización fue autocosteado por cada participante. Ni clientelismo ni ‘mermelada’.

No obstante la ausencia de organización, las multitudes desbordantes en la marcha de Bogotá (la plaza de Bolívar fue colmada sucesivamente en varias oportunidades desde las 3 p. m., así como las carreras séptima y octava y las avenidas 26 y Jiménez), revivieron en el recuerdo de historiadores, sociólogos y politólogos la marcha del silencio convocada en el mismo sitio el 7 de febrero de 1948 por Jorge Eliécer Gaitán, bajo el gobierno conservador de Mariano Ospina y su partido ultraderechista encabezado por Laureano Gómez.

Este viernes, en todas las capitales y las principales poblaciones de Colombia, hubo conmovedores despliegues ciudadanos, convocados por la misteriosa ley de ‘vasos comunicantes’, que recorrieron –cargados de simbolismo– grandes distancias con banderas enormes, pancartas de estéticos diseños, atuendos típicos regionales, consignas, versos alegóricos y galerías fotográficas de las víctimas. No faltaron bellas canciones por la paz interpretadas por coros y bandas juveniles, ni el “mambrú” del estribillo infantil. En suma: una fiesta por la vida.

Desde luego, allí no estuvieron (salvo las fotografías de los victimarios) las ‘malas hierbas’ del uribato, Y hasta el propio presidente Duque fue abucheado al intentar inmiscuirse de manera provocadora en las marchas de Cartagena.  

No se trataba exclusivamente de un ritual conmemorativo, sino de la primera gran manifestación en homenaje a las víctimas de ejecuciones extrajudiciales (‘falsos positivos’) y asesinatos de líderes sociales. Una movilización dinamizadora del vínculo social y, sin que fuera ese su principal objetivo, revitalizadora de los sectores alternativos. Una suerte de ‘contrapoder crítico’ que llegó para quedarse.

Convengamos que este poderoso recurso cultural es el tercer escenario estimulado por la nueva atmósfera de los acuerdos de paz. La primera fue la consulta anticorrupción el 26 de agosto de 2018, que obtuvo 11’674.951 votos y a la que deliberadamente Duque y Uribe dieron la espalda.

La siguiente, también producto del influjo de convivencia de esos acuerdos, fue en la segunda vuelta presidencial. Gustavo Petro sacó 8’034.189 votos, la más alta votación de la izquierda en la historia electoral. Si Sergio Fajardo hubiese apoyado con sus (escasos y tibios) cuatro millones de sufragios al candidato de la Colombia Humana, este hubiese derrotado al binomio derechista por más de dos millones de votos.

Este viernes, a la multitudinaria participación en las marchas en todo el país y de colombianos en el exterior se le calcularon cientos de miles de ciudadanos partidarios de la paz. Es la clara notificación de que ha hecho presencia –sostenida, y probablemente duradera– un nuevo escenario democrático de participación y de transformación política que busca preservar e incrementar su sentido de identidad colectiva, impulsar el dinamismo social y clarificar las fronteras grupales.

Esos movimientos sociales constituyen la expresión saludable de ciudadanías democráticas preocupadas por intervenir conjuntamente en el diseño de su vida, compartida con los sectores progresistas y humanistas. Sus contribuciones sensatas a la vida y a la cultura democrática influirán, sin duda –como sus banderas de lucha contra la corrupción y el cambio climático– en la apertura institucional hacia la deliberación pública de los más acuciantes problemas sociales y económicos, así como en la transformación de las costumbres políticas.

Aunque persisten problemas graves como la corrupción electoral, el clientelismo de los barones electorales y el cohecho contractual con los bienes públicos en territorios y localidades en donde se celebrarán los comicios el próximo 26-10-19, no es menos evidente que las organizaciones sociales y colectivos especializados como el Movimiento de Observación Electoral estarán vigilantes para prevenir y contrarrestar los brotes de fraude y corrupción generados desde el régimen neoliberal.

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